Dale tu mano al Indio
Jorge Elbaum
No toda despedida es una clausura. Algunas inician una pregunta acerca de cómo se gestiona una fractura emocional: ¿Qué hace un pueblo con aquello que ama?
La lógica del cuidado, a la que se refiere la histórica compañera del Indio, remite a una tarea común, una práctica de auxilio grabada en el gen ancestral de la especie. El tejido que enlaza puentes hacia las y los semejantes. Hacia la realidad de otra criatura que espera y necesita ese lazo. Una conexión sin la cual no lograría sobrevivir. Ese es el sentido profundo del abrazo. Cuando la tristeza nos asedia, cuando la negatividad perfora nuestro estado de ánimo, el abrazo puede volverse esquivo, distante, refractario.
Nuestro contacto sólo puede darse en el rumor de la familiaridad, la intimidad, la franqueza y la confianza. Por eso debemos «cuidar nuestro estado de ánimo». Porque las pasiones tristes sólo nos arrastran hacia la soledad, el aislamiento, la angustia. La rebeldía es esa fuerza que se resiste a dejar de lado la consideración hacia el semejante. Es el motor que nos ayuda a no bajar los brazos para estirarlo y llega a aquel/ella que nos necesita tanto como nosotros los necesitamos.
Hay despedidas que no pueden guardarse únicamente en el cofre de las lágrimas privadas. Rebasan. Requieren un acuerdo de tristeza compartido. Un desfile de agradecimientos, una música colectiva. Esa piba de Rafael Calzada lo dijo sin ambigüedad: «Sentía que si faltaba no tenía dónde poner esta tristeza». Muchos pensaron que sus lamentos se pudrían en la soledad. Necesitaban una travesía en procesión. Una rememoración de todas esas excursiones a parajes descampados donde se preveía que ingresaran cientos de miles, ataviados con remeras sublimadas de insubordinación, pintadas con letras que raspan el sentido y que se registran en la memoria ROM de una biografía.
El Indio estuvo relacionado toda su vida con esa trayectoria de jóvenes errantes, transeúntes de una urbe que los atraía y los despreciaba. Que los congregaba en sus estaciones de trenes para iniciar peregrinaciones interminables sostenidas por zapatillas deshechas. Ese duelo no podía convertirse en una ceremonia introspectiva. Fue una concentración aluvional sin cita previa. Una vibración urbana. Columnas en despedida que ofrecían simplemente un agradecimiento nublado y, paradójicamente, amargamente festivo.
Un encuentro final del que se sintieron partícipes por una afinidad cardíaca. Un evento religioso, dado a religar a sus feligreses en una «misa», cuya etimología deriva de la frase «Ite, missaest», cuya traducción es: «vayan, han sido enviados» para compartir el mensaje y celebrar el encuentro con su gente, en su vida cotidiana. Un «hasta luego» con mandato de divulgación, de difusión por abajo, lejos de la mercantilización corporativa del marketing que valida a la «bestia pop», y cerca de las melodías callejeras que fueron uno de los pocos consuelos y soportes. La misa habilitó un cruce. Ahí había lugar para la Argentina marrón, la viajera. Esa turba que no se quejaba de los largos desplazamientos. Que coreaba con una lengua propia defendida como una forma de identidad y reconocimiento.
Ese sábado 6 de junio desfilaron kilómetros. Laburantes con o sin trabajo. Caminaron con estribillos de respeto y agradecimiento. Ese adiós ordenó el dolor. Lo hizo espeso y profundo. Convocó a varios pogos pequeños entre quienes conocían ese oficio. Le brindaron disposición, ritmo y memoria. Muchos de quienes saltaban guardaban en su currículum recitales en común. Una memoria que, sentían, debía pisar esas calles de Avellaneda. Recordaron aquellos saltos, los amontonamientos nerviosos y los empujones pocas veces leves. Los pueblos, cuando veneran, tienen la capacidad, a veces enigmática, de honrar mientras se gime. Esa forma de la tristeza que, por porfiada y memoriosa, se niega a hundirse o a ser asociada con alguna de las hilachas del desánimo. Desde esa forma sutil de la bondad es que el Indio nos convoca a cuidarnos. A protegernos. A ser parte de su legado de amistad indeleble: «Aquí está tu ángel – nos obsequia – / para que te cuide / para que te lleve / a donde tú quieras».
El desfile final por el Indio tuvo sede oficial en el partido de Avellaneda. Atravesó kilómetros con una procesión opuesta al silencio luctuoso. Se transformó en una melodía entrecortada que avanzó por una ciudad orgullosa y resquebrajada que vio alguna vez transitar columnas con brújulas hacia Plaza de Mayo. Cuadras largas que vieron transitar a decenas de miles de cuerpos apenados, pero que no se asumían como partícipes de una docilidad fúnebre.
Era una muchedumbre de insumisos practicantes de una sabiduría plebeya, que los observadores asépticos muy pocas veces logran captar. Familias completas desfilando en un lenguaje de cuerpos coordinados que portaban una historia musical que muchos catalogaron como incomprensible sin detenerse en su volumen emocional. La multitud que fue a despedirlo escenificó el sentido de una lírica callejera emplazada en un teatro urbano iluminado por las lamparitas de una lluvia intermitente.
¿Qué se les jugaba a quienes dijeron presente? Un rechazo a la estructura impuesta por la dopamina que sacraliza el ombligo, la fragmentación y la desconexión. Quienes concurrieron a esa larga fila se diferenciaban, a su manera, de la superficialidad mediática que el Indio repudió de forma metódica: «La bestia pop te da de comer / la bestia pop te da de beber / la bestia pop te da de amar / la bestia pop te va a devorar». Las luces deformadoras del escenario y los maquillajes cremosos de los sets televisivos resplandecen mientras te esclavizan y te destruyen.

Carlos Solari metió a millones de argentinos en una poética del margen. En un teatro afónico, plebeyo y luminoso donde podía entrar la devoción, la biografía velada, la bronca y la intemperie. Esa mixtura de audacias que hace posible crear una original representación de la alegría entre quienes saben que nadie les regala nada. Este territorio laburante no terminó dibujando una postal sentimental. Fue un taller de razones íntimas del desconsuelo. Pero, al mismo tiempo, un engranaje de dolencia y maravilla.
Costra y relámpago. Derrota y belleza pulida a martillazos por un Indio que combinaba a Roberto Arlt con los surrealistas, a Mario Rodríguez Cobos (Silo) con los situacionistas. A los poetas malditos con un aire de tango entrerriano. Y al octubre de la revolución rusa con Alejandra Pizarnik. Cruces ajenos a los sobadores de bibliotecas. Una mezcla química que fabricaba perros dinamita al tiempo que rechazaba los ágapes donde se servían los banquetes finos de la cultura.
El Indio hizo de la niebla una certidumbre. No explicaba: tiraba señales. No bajaba con el dedito pedagógico a iluminar a los bárbaros; hablaba como quien sabe que el otro también tiene laberintos, fiebre, lucidez, mala suerte y derecho al enigma de su propia vida. Esa fue una de sus decisiones más ferozmente populares: no simplificar al pueblo, no compendiar saberes, no convertir al auditorio en un dócil receptor de un manual escolar. No subestimarlo. No sermonearlo con la voz prolija del vanguardista engreído que apostrofa sobre el sentido ajustado y válido. De ese respeto se originó la confianza. Y, desde esta tribuna, el impulso hacia la cofradía.
El pelado les habló a pibes y muchachas de tres generaciones. Lo hizo sin traicionarse. Un logro inusual para la obsolescencia acostumbrada en el mundo de la sobreexposición pública que supone el rock y la escena musical. Hizo ese tránsito sin concesiones ni letras de cortesía. Jugó con las palabras como le salían de las entrañas. Sin concesiones otorgadas a los puristas. Sin estribillos pegadizos. Sin fraseologías artificiales.
Dedicándole su ternura blindada a quienes, incluso, arribaban desde las sombras.
Esas que venían en procesión de baile, superando la mochila del cansancio. Cuando les hablaba, ellas y ellos sentían que los interpelaba en su intimidad. Que los señalaba con complicidad y que los reconocía como actores estelares – aunque fuesen desconocidos – de una odisea suburbana que viajaba a lomo de tren y a baches de colectivo, señalados por focos vaporosos de un conurbano marcado por el desamino, el coraje y la violencia.
El indio los señala. Les dice que fueron sus «únicos héroes en este lío». Los ricoteros no fueron consumidores pasivos de canciones. Fueron intérpretes activos de una región delimitada por apetencias de fraternidad. En el viaje, en el recital, en la espera interminable, en el regreso con la garganta rota, se consolidaba una comunión. Una religión sin sotana: cuerpos pegados, frases como amuletos, tatuajes en las venas, fidelidades de perro flaco y una liturgia de santos profanos, alumbrados por reflectores.
Sin embargo, como en otras oportunidades – cuando la efervescencia popular asoma la cabeza en Argentina – irrumpe el ancestral odio de clase, ese policía de sótano que teme a las multitudes. Cuando el subsuelo social, lo plebeyo en sus diferentes formas culturales o artísticas escala a la superficie de la visibilidad, una parte del país se agarra la nariz. No recela sólo al desorden: teme que esos cuerpos, tantas veces tratados como amenaza, demuestren que también son patria, memoria, cultura y derecho a la hermosura. Teme, sobre todo, que esa movilización humana termine reconociendo su poder colectivo y lo derive a otros territorios de disputa. La muchedumbre nunca fue confiable para los poderes minoritarios. Siempre pueden generarse estampidas. Y hay que impedir – por todos los medios posibles – cualquier pedagogía que les exhiba el tránsito errabundo hacia alguna de esas potenciales explosiones.
Un día antes, miles se habían reunido, espontáneamente, en la Plaza de Mayo y en el Obelisco. Buscaron tramitar un adiós en un punto neurálgico de la argentinidad, acorde con la centralidad que tuvo el músico en sus vidas. Se concentraron en una ciudad que sueña con muros contra el conurbano, que se esmera en imponer una frontera geográfica contra los salvajes. La aduana moral que evite el contacto con la negrada ricotera. La cuadrícula propone la separación entre el ciudadano blanquisado, con papeles en regla y autopercepción de propietario. Del otro lado de la verja, con la ñata frente al vidrio del que mira con paciencia y resentimiento, la multitud sospechosa, los cabecitas, los sucios, los choriplaneros, las que bajan de los trenes cansados. Una gran cantidad de aquellos que intentaron la despedida en formato porteño venían del sur y del oeste.
De calles con alisado, a veces sin número, cargando en sus espaldas las mochilas de una espera de colectivos retrasados y trenes abarrotados. Por eso la represión integra el protocolo de la ciudad limpia, para evitar que la chusma desordene la armonía pública. Es una radiografía moral: la supremacía bienpensante no puede alojar el dolor popular: cataloga a la muchedumbre como un conglomerado delictivo. Como un espectáculo de sujetos metiendo las patas en la fuente de la urbe tersa y ordenada. Donde había cantos, vio amenaza; donde había duelo, imaginó invasión; donde había raíces populares, divisó una masa desobediente que puede y debe ser corrida, gaseada, devuelta a su agujero.
Es que la cultura ricotera, sin siquiera proponérselo en un programa, desarma esa mirada porque no pide permiso para existir. Canta en una lengua mestiza: rock, barrio, literatura, callejón, ironía, alucinación y corteza sagrada. En sus canciones, el pibe del margen no aparece como estampita piadosa, como un sicario del olvido ni como un formulario de expediente policial.Aparece entero: con violencia y ternura. Con enteraza y herida. Con astucia de sobrevivencia y cansancio. Con hambre de fiesta y experiencia de abandono. Ahí está la clave de sol. El Indio nombró a quienes casi siempre son aludidos para ser vigilados.
No los tradujo al idioma baboso de la lástima ni al prontuario de la sección de policiales. Los metió en una épica torcida, con imágenes rotas, relámpagos verbales y profecías de esquina. Les dio una expectativa de resonancia. No un retrato domesticado para consumo de almas sensibles. La movilización de los ricotreos no sólo fue una festividad. También se convirtió en una seña de identidad. En una visibilización populosa que se incrustaba a la fuerza en la agenda pública.

En ese marco, el pogo no fue sólo festejo. Fue una filosofía de bronca larvada, exorcizada a empujones. En una sociedad entrenada para separar, clasificar y sospechar, el pogo juntó cuerpos dispuestos a chocar para teatralizar unas vidas de permanentes colisiones vitales, ajenas a cualquier fiesta. Un pogo peligroso – como sus biografías – donde caían, eran levantados y convertían la fricción en pertenencia. La ciudad neoliberal enseña distancia; el recital aconsejaba, entre sudor y codazos, una forma tumultuosa del baile.
Scalabrini Ortiz llamó a esos intrépidos pasajeros del transporte urbano como integrantes del «subsuelo de la Patria sublevado». Ese sujeto colectivo puede irrumpir cantando y vociferando como un tembladeral de música tocando acordes de sótano. En los ricoteros, ese subsuelo encontró su música, un calendario, una contraseña para decir: acá estamos, aunque les moleste. Se sintieron unidos en una corriente común. Por eso la sentencia de Scalabrini, la que nombra a la Argentina plebeya, asume parte de una identidad local, particular, nacional.
Un imán que obliga a mirar con asombro y cuidado. La potencia de esa cultura está precisamente en su rugosidad. En esas canciones hay derrota, violencia, deseo, cinismo, amor, traición, celebración y amenaza. No es un cuadro embellecido por la distancia estética: es una pieza de pensión, una fábrica cerrada, un bar de madrugada, una calle donde el encanto puede aparecer con la camisa manchada.
Por eso, varias de sus canciones se volvieron proféticas, sin siquiera limpiarse el barro de los zapatos. «Ji ji ji» no anticipa apenas una crisis: condensa una fiebre histórica. La «noche de cristal que se hace añicos» reaparece cada vez que la fiesta del poder muestra sus grietas, cada vez que el verdugo cena distinguido y el subsuelo aprende cómo desafiarlo. Toda vez que el golpeado, con resentimiento lucido, toma conciencia acerca del lado de la mecha en la que se ubica. Solari lo expuso con claridad: sus intervenciones artísticas no estuvieron orientadas al entretenimiento. Fueron una forma de combate.
Esa energía se mantuvo coherente. Fue mantenida durante más de cuatro décadas. Transitadas por detrás de bambalinas del exhibicionismo, cuando bajaba del escenario. Los ricoteros siempre le agradecieron esa autopreservación. La asociaban a la autenticidad. Coincidía con lo que ellos silbaban cuando repetían las melodías que les traían sus auriculares. Nadie sigue durante décadas a un artista sólo por nostalgia. Se repite su melodía cuando su obra se ajusta, de alguna manera, a su cotidianidad, a su intimidad de amores vapuleados, a las desgracias de algún otoño. Una canción, si logra ingresar por la aorta, transforma la herida en orgullo. Incluso puede convertirse en contraseña para las noches de intemperie o la soledad vestida de tren.
Sus estrofas fueron usadas como pertrechos de sobrevivencia, aptas para reconocerse y no quedar del todo solos, a merced de la narrativa impuesta por los esbirros del corsé precordial, que conjugan estilización con crueldad. La despedida, entonces, no podía ser un homenaje prolijo. No contaba con la posibilidad de convertirse en una simple postal emotiva. Derivó en una hilera de buzos húmedos que caminaban bajo una lluvia de agujas pequeñitas y persistentes. Su vida, y la compañía que él significó para esa muchedumbre, se instaló en cada garganta.
En esa última cita se confirmó algo que los poetas saben desde Enheduanna: que ciertas obras sobreviven, trascienden, porque no cierran el sentido, sino que lo dejan ardiendo. Cada generación encuentra alguna clave para recobrar ese designio que traduce los motivos ancestrales de la fiesta, la furia, la vida, la rebeldía, la pertenencia, el deseo y la belleza.
Lo más sugestivo del balance vital del Indio indomable es que desafió – a su manera – ordenados muros culturales y algoritmos de obediencias canallescas. Para fastidio de los prohombres aspiracionales, además, se empecinó en recordarles que la cultura no es adorno de living ni un entretenimiento de plástico inocente. Puede ser refugio, archivo, intemperie compartida e incluso conocimiento útil arrancado del pavimento. Que puede ser apropiado por una multitud para identificarse, sin pedirle permiso al magistrado de la lengua. Por eso incomodó a varios monigotes radiales y televisivos que no lograron entender el cariño por un músico.
El ensayo de esa multitud no se escribió en papel, sino en la calle. Su sintaxis fue una especie de himno; su puntuación, el golpe de los cuerpos; su argumento, la terquedad de una memoria que no acepta CEOS ni gerentes. Ahí donde el poder impone el silenciamiento, hubo un coro. Donde pretendía frontera, hubo peregrinación. Donde quería miedo, apareció esa ceremonia amorosa de la despedida. Ahí está, quizás, otra lección con borcegos: no toda despedida es una clausura.
Algunas inician una pregunta acerca de cómo se gestiona una fractura emocional. ¿Qué hace un pueblo con aquello que ama? Lo canta, lo discute, lo defiende, lo vuelve mito. Lo carga y lo acaricia como quien arrastra las pertenencias de alguien que fue decisivo en nuestra vida. Lo defiende porque sabe que en esos bártulos hay objetos sagrados.
Solari no fue sólo una voz ni una figura del rock. Fue una zona de choque entre literatura, suburbio, política, mística plebeya y desobediencia estética. Por eso, cuando lo despidieron, repitieron el mantra de que algo de ellos se iba con el Indio. Hay canciones que no terminan cuando dejan de sonar en vivo. Siguen trabajando en la memoria de quienes las cantaron, en las calles que fueron tarareadas, en los cuerpos de quienes también empujaron para no caerse solos. En ese movimiento, la pérdida deja de ser pura ausencia y se convierte en legado. Son carbón de esa ceniza. Esperando que otra multitud vuelva a soplar ese rescoldo. Para que el fuego, nuevamente, logre ponerse de pie.
*Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, periodista, escritor, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)
