Juan Pablo Cárdenas S.
El mundial de fútbol es la competencia deportiva que concita el mayor interés en prácticamente todos los países de la Tierra. Aunque las selecciones que participan en esta contienda son pocas en relación a la cantidad de naciones del mundo, lo cierto es que quienes no son clasificados para llegar a este evento vibran de la misma manera con cada uno de los partidos e inmediatamente se preparan para llegar a esta contienda en cuatro años más.

En medio de severos conflictos bélicos, La FIFA hace caso omiso a esto y se permite organizar el mundial en cualquier continente. En este caso, incluso, repartiendo actividades en México, Canadá y los Estados Unidos, a pesar de las tensas relaciones de dos de estas naciones con el país que gobierna el insensato e imprevisible Donald Trump.
Se trata de una fiesta que protagonizan miles de futbolistas, entrenadores y empresarios del fútbol y que logra repletar numerosos estadios, pero, sobre todo, atraer a millones de televidentes de todas las latitudes. Un enorme espectáculo que mueve muchos millones de dólares como no hay otro en el mundo y en el que somos capaces de observar la gran diversidad de sus actores principales, los futbolistas. Blancos, negros, mulatos, amarillos y de todas las expresiones étnicas, bajo el imperativo de respetar la identidad de cada cual y abstenerse de cualquier manifestación racista en las canchas y las tribunas.
A todos nos sirven estas bregas para darnos cuenta de la diversidad física y cultural de nuestra población mundial. Lo que se nota antes del inicio de los partidos, por ejemplo, con las distintas invocaciones religiosas de los jugadores, ajenas a toda suerte de fanatismo o intolerancia.
Ojalá que las organizaciones multinacionales y los gobiernos de los países sacaran lecciones de un evento tan importante. En especial una entidad como las Naciones Unida tutelada por las naciones más ricas y poderosas de Planeta y que se inhiben de intervenir allí donde reina la injusticia, bloqueos como el de Cuba y Palestina, la flagrante discriminación racial, el menosprecio a los derechos de las mujeres y los abusos contra la naturaleza.
El Mundial llena estadios y audiencias mediáticas en regímenes segregacionistas y en el ancho mundo que hoy se opone a las migraciones que, como en el caso de Chile, anda ahora a la caza de los “ilegales”, un verdadero eufemismo que se utiliza para expulsar de nuestro territorio a venezolanos, colombianos, peruanos, bolivianos, haitianos y otros hermanos latinoamericanos. No solo a los que sí han venido a delinquir sino a los miles de trabajadores convertidos en un soporte fundamental de nuestra economía, ya sea en el agro, la minería o los servicios.
Las migraciones son un fenómeno antiguo y universal. Partiendo por Estados Unidos, siguiendo por toda Europa y observando también como ha ido variando la demografía en nuestro propio país y nuestros vecinos. Un fenómeno que se puede apreciar muy nítidamente en las canchas del Mundial de fútbol. En las selecciones europeas es visible el enrolamiento permanente de africanos, asiáticos y latinoamericanos. Así como en la de Estados Unidos es muy difícil encontrar a un jugador nativo y que no haya sido capturado y nacionalizado por los millones de dólares dispuestos para ese fin. Lo mismo que consiguen en el atletismo y otros deportes para que sean deportistas con la bandera estadounidense los que suban a los podios.
Son muchos los deportistas nacionalizados por los países ricos para tener una mejor participación en este Mundial, tanto que físicamente las antaño rubias selecciones suecas, francesas, inglesas y otras hayan cambiado abruptamente de color y en las ligas deportivas de este continente destaquen actualmente deportistas brasileños, argentinos, colombianos y hasta chilenos.
Y aunque esta realidad llegue a irritarnos por nuestra inferioridad económica, finalmente debemos agradecer la acogida y el éxito de tantos talentos deportivos que en nuestros países posiblemente no llegarían tan alto. En la mayoría de los casos, futbolistas surgidos desde la pobreza y las carencias de sus hogares.
El Mundial nos da una magnífica posibilidad de reconocer la diversidad humana y de las naciones. Aceptar y apreciar, asimismo, los procesos de migración. Esos aplaudidos futbolistas evidentemente son inmigrantes que, la gran mayoría de las veces, tuvieron que enfrentar severas dificultades para ingresar al llamado Primer Mundo y obtener triunfos allí.
Felizmente, sin embargo, la fortaleza futbolística y deportiva de los países ricos, en el caso del futbol, todavía deja espacio al buen desempeño de las selecciones de Hispanoamérica, África y Asia que sí son constituidas por deportistas nativos. Algo que, desgraciadamente, ya no ocurre en otros deportes en que el poder del dinero ha logrado romper absolutamente los equilibrios, lo que bien puede apreciarse en las Olimpíadas y otras contiendas deportivas.
* Periodista y profesor universitario chileno. En el 2005 recibió en premio nacional de Periodismo y, antes, la Pluma de Oro de la Libertad, otorgada por la Federación Mundial de la Prensa.