Fusilar el odio desde la ternura

A Maricarmen y los acampados en la Puerta del Sol, España

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Kintto Lucas

Esa ciudad no tiene mar. ¿Y cómo es posible que una ciudad sin mar haga olas? Que el mar inunde calles y veredas. Que el silencio grite en medio de los truenos. Que miles de rayos estallen en las llaves y alumbren de colores el amanecer. Que una tempestad crezca desde el horizonte y miles de carpas de colores se instalen en la conciencia del sol, de Sol, para proteger la alegría. Que suban o bajen de cada barrio tantos ríos como gente buscando el mar. Que la Cibeles explote las entrañas de la ciudad y reubique el mar en el centro, o sea en el sol, en Sol, para regresar al origen de la vida, cambiar el rumbo y volver a empezar. Que a unas rematadamente locas y locos se les ocurra que es posible sembrar esperanza y cosechar ternura en esa ciudad.
En esa ciudad hay dos ciudades. Una hace olas y reclama que las llaves abran algún día la casa prometida, las cercas, las ventanas, los caminos y el mar.
En la otra hay un perro herido que llora al amanecer creyendo que la jaula es el destino manifiesto de quienes buscan romper barrotes para llegar a la libertad, hay una caja registradora custodiada por un buitre, una presidenta que sueña con monedas, unos guardaespaldas de cartón y algunos micrófonos.
Pero las llaves suenan como campanas, como guitarras, como violines que anuncian una nueva sinfonía desde el centro del silencio y dice que tanto amor no se ha de gastar en vano. Porque si ya lograron abrir el mar para llegar a esta ciudad, es seguro que abrirán la mirada, la piel y el pensamiento de algunos muchos y de otras más de la otra ciudad.
Cuando Maricarmen decidió navegar hacia un mar desconocido, después de tantos portazos en su cara, tanta estulticia para comprender su mirada, sus manos y el ruido de sus llaves, la ciudad se hizo gente y la gente ciudades en cada país del país.
Pero esa ciudad es dos ciudades. Una que se mira en el amanecer que pintó Federico desde Wall Street, otra que siente que la piel del sol, de Sol, es su propia piel como un campamento dulcemente levantado en medio de las olas.
En esa ciudad, y los países de este país, todavía hay mucho por sembrar para que un día cercano las llaves abran la memoria del futuro y la piel de la historia, más allá del invierno.
Si Vallekas es un puerto de mar en el sur, ¿cómo es posible que esa ciudad no haga olas? Pero cuántas calles tendrán que recorrer las olas para desembocar en la conciencia. Manifestantes acampan en la Puerta del Sol de Madrid contra los desalojos y la crisis de vivienda
Las carpas rojas, verdes, azules, negras, las sonrisas, las lágrimas, vienen de muy atrás. Hace un siglo cuando empezaron a levantar campamentos en las fronteras y los caminos eran ríos rumbo al destierro, se empezaron a diseñar las carpas, las banderas y el mar de ahora.
En esa ciudad, esos muchos locos y locas de remate saben que son  necesarias carpas que resistan tempestades, bombas, balas y, sobre todo,  odios. Saben además, de tan rematadamente locos y locas, que a veces sangra lagrimas la esperanza.
¿Cómo es posible no ver tanta ternura en la piel del sol, de Sol, y en los ríos que siguen yendo hacia el mar? ¿Cuántas llaves se precisan para abrir el mar?
Ahora bien, amigos, amigas, compañeros, compañeras:, ¿cuánta ternura será necesaria para fusilar el odio en esa ciudad?
* Escritor y periodista uruguayo-ecuatoriano. Ex vicecanciller de Ecuador. Colaborador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)