La emotiva despedida de Messi se vio en todo el mundo
«Las Malvinas son Argentinas» fue una consigna que también atravesó al festejo. El trapo que los jugadores desplegaron después de la victoria ante Inglaterra en las semifinales del Mundial llegó al Monumental: la bandera estuvo apoyada en el pasto mientras Fabio Santana, ex combatiente en Malvinas, cantaba el Himno Nacional Argentino.

Un Dios con dos manos y una Pulga
El fútbol, perdonen la obviedad, es la religión más seguida de la Tierra. Reina todos los años, y cada cuatro se queda con la humanidad. Es una religión con todos sus matices, donde caben los niños y los viejos, los de derechas y los de izquierda, los intelectuales y los analfabetos, los poderosos y los vulnerables, los sanos y los enfermos. El sumo sacerdote de esta religión se va, y nace un nuevo Dios, con dos manos y una pulga.
Messi introdujo a ese dios en su cerebro, y le bastaba con una flexión de cadera para sacarlo por la parte más inesperada del cuerpo. Al leer su fútbol, resulta imposible no estremecerse. Esa interpretación del fútbol sublime, sostenido en el arte de la seducción, de la belleza simple, concreta. Sin saberlo, nos trasladó a los olores de la infancia, a ese fútbol nuestro pordiosero, con vocación de vagabundo.
Nos llevó de la mano a los olores del ayer: a la gambeta fina, limpia, desbocada; al olor a linotipia que emanaba de los cromos antiguos; al pestazo a alquitrán en las cicatrices del asfalto en las canchitas de la calle; al balón de cuero recio al que había que hinchar con un bombín y darle grasa para ablandarlo y ocultar sus heridas. A esos olores del pasado que se conservan intactos en los recovecos del cerebro.

Habría que saber cómo sería aquel homínido que, después de darle una patada a un coco, sintió placer al comenzar a correr detrás hasta alcanzarlo. Ni los espíritus más líricos podrían afirmar que la esencia del fútbol de hoy son los niños que juegan con una pelota en la calle y en los colegios. Hay mucho de despacho, de agencias, de representantes, de intereses. Sabemos que el dinero no escucha, que por lo general razona desde los genitales. Su redención es inútil, y en el fútbol de hoy no se reencarnan los ricos, se reencarna su dinero. Pero hay un Messi que nos sigue proporcionando la sensación de ver algo hermoso, que arrincona nuestro fanatismo y lo convierte en belleza.
Puesto que el fútbol se ha convertido en una religión planetaria, sabemos que, ahogando los servicios públicos, sanidad, educación, les estamos forzando a nuestros jóvenes a soñar únicamente con hazañas deportivas, negándoles una futura condición de médicos, profesores, científicos, gente de oficios. Es que ha renacido una nueva “religión” que nos devora: el ultraliberalismo.
Se fue un genio irreemplazable. Este país lo recordará siempre. Curiosamente, la palabra pasión deriva del verbo latino padecer. Cómo vamos a “padecer” esta ausencia. Nunca la razón llegará a comprender esta descarga emotiva, que fue fuente de tantas alegrías y hoy, de tantísimas lágrimas.
Dos leyendas: Diego Armando Maradona le entregó la camiseta y el balón a Messi
(*) Periodista, ex jugador de Vélez Sarsfield, clubes de España y campeón mundial en 1979