Caravana migrante: «Hasta que se logre… o que Trump se canse»
Desde Honduras hacia EEUU
Resumen CLAE
En las últimas dos semanas, cerca de 600 personas, entre ellas niños y adolescentes no acompañados, salieron caminando en caravana desde Honduras con la meta de cruzar varias fronteras para llegar a Estados Unidos. Al movimiento lo llamaron “Fe y esperanza” y ya pasó por Guatemala, donde el grupo se redujo casi a la mitad. Antes de seguir camino, recibió el apoyo de la Iglesia Católica y de la Red Jesuita con Migrantes, que brindó ayuda económica (cien dólares a cada migrante, como ayuda a personas en tránsito).
Keily Salinas, hondureña de 30 años, y Julissa Herrera, nicaragüense de 26, tienen ampollas en las plantas de los pies. Ahora que se han dado una ducha y se han cambiado de ropa, no pareciera que han recorrido varios kilómetros a pie, bajo el sol, con una mochila sobre sus hombros. Sin embargo, las llagas en sus pies delatan el largo camino que han atravesado. Sus rostros revelan que desde hace tres noches no han logrado dormir bien y han comido solamente una vez al día.
«Es traumático, es cansado, es duro». Así describe Julissa el trayecto que han enfrentado desde la noche del domingo 20 de septiembre, cuando salieron de la Gran Central Metropolitana de Transporte en San Pedro Sula, Honduras. Partió con algunos lempiras en la bolsa, una mochila y su hijo de 11 años a su lado. Junto a ellas, otras 400 personas, principalmente hondureñas y de otras nacionalidades, se reunieron para conformar una caravana con rumbo a Estados Unidos.
Desde 2018 hasta ahora, más de una decena de caravanas de personas centroamericanas han partido desde Honduras y El Salvador. El denominador común ha sido la búsqueda de mejores oportunidades y condiciones de vida dignas. «No somos 400, somos más de 500, porque detrás de nosotros se vienen sumando más personas», aseguran.
La información sobre la caravana surgió a través de redes sociales. «En Tik Tok vimos que había una fecha y nos metimos a un grupo de Whatsapp en donde nos enviaron información». Las personas que viajan con más recursos, indican, son las que han logrado avanzar más rápido, mientras el resto, como ellas, se han quedado rezagadas mientras recolectan dinero para los pasajes y para su alimentación.
El sábado, la caravana avanzaba por Chiapas, integrada por migrantes hondureños y por guatemaltecos y haitianos que se sumaron.El recurso “tiene el fin de fortalecer la autonomía, priorizando y atendiendo las necesidades básicas inmediatas (alimentación, salud, transporte, alojamiento, comunicación, artículos de higiene, educación, integración, reintegración u otras otras necesidades básicas prioritarias). La utilización del apoyo en efectivo queda bajo total responsabilidad y criterio de la persona beneficiada”, señala el comprobante.
Habitualmente las organizaciones no gubernamentales brindan asistencia en especie, como alimentos, agua, atención de salud, artículos de higiene y otros, a las personas en condición de movilidad, pero no se conocía de entrega de dinero que incentive la migración, aun cuando llegar a Estados Unidos se ha vuelto más complicado por el endurecimiento de las políticas del presidente Donald Trump.
La decisión de llegar a Estados Unidos sorprende en un contexto marcado por las duras políticas antimigratorias de Donald Trump y las amenazas de Tom Homan, el “zar de la frontera”, quien ya advirtió que podrían deportar a los integrantes de la caravana a terceros países. Una de las posibles causas de este nuevo éxodo es la devastadora sequía en el corredor seco centroamericano, que ha ocasionado que familias huyan de sus lugares de origen.
Paradójicamente, mientras miles de personas huyen del país, el gobierno de Trump también ha convertido a Honduras en un “tercer país” receptor de migrantes. En marzo de 2025, ambos gobiernos firmaron un acuerdo para “acoger” personas con necesidades de protección, sin establecer responsabilidades claras.
“Yo lo admiro porque si fuera otro niño me diría que no sigamos, pero él me dice que sigamos adelante, que no llore, que sigamos para arriba», cuenta una madre migrante que viaja con sus hijos en la caravana. El domingo pasado, una caravana de más de 400 personas salió de Honduras hacia Estados Unidos. Los testimonios coinciden: Van en busca de mejores oportunidades para construirse una vida mejor. En el trayecto enfrentan desde hambre hasta extorsiones.
Keily Salinas, hondureña de 30 años, y Julissa Herrera, nicaragüense de 26, tienen ampollas en las plantas de los pies. Ahora que se han dado una ducha y se han cambiado de ropa, no pareciera que han recorrido varios kilómetros a pie, bajo el sol, con una mochila sobre sus hombros. Sin embargo, las llagas en sus pies delatan el largo camino que han atravesado. Sus rostros revelan que desde hace tres noches no han logrado dormir bien y han comido solamente una vez al día, relata la periodista Kimberly Rocío López en Plaza Pública.
«Es traumático, es cansado, es duro». Así describe Julissa el trayecto que han enfrentado desde la noche del domingo 20 de septiembre, cuando salieron de la Gran Central Metropolitana de Transporte en San Pedro Sula, Honduras. Partió con algunos lempiras en la bolsa, una mochila y su hijo de 11 años a su lado. Junto a ellas, otras 400 personas, principalmente hondureñas y de otras nacionalidades, se reunieron para conformar una caravana con rumbo a Estados Unidos.
Desde 2018 hasta ahora, más de una decena de caravanas de personas centroamericanas han partido desde Honduras y El Salvador. El denominador común ha sido la búsqueda de mejores oportunidades y condiciones de vida dignas. «No somos 400, somos más de 500, porque detrás de nosotros se vienen sumando más personas», aseguran.
La información sobre la caravana surgió a través de redes sociales. «En Tik Tok vimos que había una fecha y nos metimos a un grupo de Whatsapp en donde nos enviaron información». Las personas que viajan con más recursos, indican, son las que han logrado avanzar más rápido, mientras el resto, como ellas, se han quedado rezagadas mientras recolectan dinero para los pasajes y para su alimentación.
La multitud que partió inicialmente se fue separando en grupos más pequeños, de 20 ó 30 personas, conformados principalmente por hombres jóvenes, aunque también figuran mujeres embarazadas, núcleos familiares, niños y niñas en brazos de sus padres, y personas con discapacidad que han quedado atrás.
Sin precisar el dato, el Instituto Guatemalteco de Migración (IGM) aseguró que el lunes 21 registró el ingresó de unas 400 personas migrantes que llegaron a la frontera El Cinchado, ubicada en Izabal. Más de 250 ingresaron de manera regular y a más de 100 se les expidió la sanción de abandono del país por ingreso irregular.
La sanción de abandono del país, aseguran las autoridades, se aplica a las personas que ingresan a Guatemala de manera irregular, es decir, sin cumplir con los requisitos establecidos para su ingreso.
Al recibir esta sanción, la persona cuenta con un plazo de 24 horas para abandonar el país y, en caso de que sea identificada dentro del territorio nacional, será retornada al punto de control fronterizo correspondiente.
Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) se contabilizaron 413 personas en la frontera entre Honduras y Guatemala. Entre ellas, Keily, Julissa y su hijo.

En busca de una vida mejor
En Nicaragua, Julissa trabajaba en un comedor en donde su salario era de 3,050 córdobas quincenales (Q 633 aproximadamente). Tiene 26 años y es madre de dos niños, de 15 y 11 años. Al mayor no lo pudo traer con ella. Estudió hasta cuarto grado ya que se convirtió en madre siendo una niña. «Es la situación económica la que me empujó a venirme», dice, mientras descansa junto a su hijo en la Casa Myrna Mack, un albergue para personas migrantes, ubicado en la Ciudad de Guatemala.
Es uno de los pocos momentos de su trayecto en el que han podido descansar. Después de tres días, pudieron bañarse y tener un tiempo de comida completo. «Ya estoy topada, estoy muy cansada porque el no dormir bien, el no comer bien, el estar viendo al niño, el estar moviéndome con él», explica.
Al igual que ella, otras personas emprendieron el viaje junto a niños o adolescentes. Según los datos recopilados por la OIM, del total de personas que conforman esta caravana, unas 20 son niños, niñas y adolescentes que viajan acompañados de sus padres. En territorio guatemalteco, las autoridades identificaron al menos a 8 menores de edad no acompañados.
Uno de los grandes temores de Julissa es que le roben a su hijo. «Lo traigo amarrado a mí todo el tiempo para que no me lo roben. Al llegar a la frontera de Guatemala y Honduras, en el albergue lo primero que me dijeron fue que es un gran peligro el que estamos tomando, que estamos tomando malas decisiones porque allá en México roban niños, violan, secuestran, matan», añade.
El miedo aumenta debido a que desde el día en que partieron, han dormido a la intemperie, en terminales de buses y la noche del martes 22, en los alrededores de la Plaza Central de la Ciudad. Al despertar, el único celular con el que viajaban había desaparecido. Eso las dejó incomunicadas, no pueden avisarle a sus familias que se encuentran bien o que necesitan ayuda. «Es difícil, es traumático, es cansado», repite Julissa.
Ella no había caminado más de 4 horas cuando sintió el impulso de abandonar la caravana. Ya perdió la cuenta de la cantidad de veces en las que se ha roto en llanto frente a su hijo. Sus ojos cansados e hinchados lo confirman.
Es su hijo, confiesa, quien la anima a no parar. «Yo lo admiro porque si fuera otro niño me diría que no sigamos, pero él me dice que sigamos adelante, que no llore, que sigamos para arriba».
Esta madre se aferra a la posibilidad de darle una mejor vida a sus hijos. Aunque Nicaragua no publica cifras oficiales de pobreza desde 2016, encuestas independientes ofrecen aproximaciones a la situación económica de los hogares nicaragüenses. Los datos reflejan una brecha importante entre el ingreso y costo de vida. Una parte significativa de la población reporta ingresos inferiores a los 7,000 córdobas, muy por debajo del costo real de la vida.
Esas estimaciones explican el deseo de Julissa de salir en busca de una vida distinta. Mientras observa las ampollas en sus pies, insiste en que salir de su país era su mejor opción.
«La gente cree que muchos migran porque quieren. No, no es porque queremos, sino que sentimos la necesidad de tener algo propio, una casita en donde vivir, de ser alguien, porque si no somos nada, tampoco nos tratan bien en la sociedad. Si no tenemos, nos tratan mal. O sea, para ellos no somos personas, somos indigentes, somos cualquier cosa», lamenta.

Entre su madre y Trump
La motivación de Keily, es su madre. Tiene 30 años y es hija única. Padece de lupus y del síndrome antifosfolípido, un trastorno debido al cual aumenta el riesgo de que se formen coágulos en la sangre. En Honduras, no cuenta con atención médica o un tratamiento adecuado para su condición. Tampoco su madre, de 56 años, que sufre diabetes y no tiene acceso a atención médica adecuada.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), en Honduras un 18 % de la población no tiene acceso a servicios de salud. «En Honduras, si usted va por la obra de Dios a un hospital, lo único que le dan es acetaminofén o ibuprofeno, independientemente que vaya herido de bala, eso es lo único que le dan», critica Keily.
Este es su segundo intento por llegar a Estados Unidos. El 31 de agosto del 2024 fue deportada a Honduras, después de haber estado 9 años en Houston, Texas. En ese tiempo trabajó en restaurantes de comida rápida y en entrega de comida a domicilio. Allá tenía acceso a un tratamiento para el lupus y asistía a controles frecuentes. De hecho, fue cuando iba en camino a una quimioterapia cuando la detuvieron.
«Me pidieron mis datos y vieron que tenía una orden de deportación porque asistí en la fecha incorrecta a una corte, en seguimiento a un proceso de asilo. Pero yo pensé que me iban a dar alguna opción para quedarme, por mi condición de salud, y no les importó», relata. Aunque les indicó a los oficiales su condición médica, le aseguraron que no podían hacer nada. Sin embargo, asistía diariamente a una consulta médica. «Todos los días me llevaban al hospital, pero iba esposada, así como una pandillera. Para ellos eso es normal, hacían su trabajo, te tienen que tratar como alguien que invade su
país», opina.
Todos los días me llevaban al hospital, pero iba esposada, así como una pandillera, denuncia Keily, de Honduras.
Tras un mes en un centro de detención, fue retornada a su país. Desde entonces no ha tenido acceso a un tratamiento o intervenciones para mejorar su condición. Las molestias que siente las alivia con medicamentos genéricos.
Tras las horas que ha caminado, en su rostro comenzaron a aparecer erupciones rojizas debido al lupus, una enfermedad crónica que empeora con la exposición al sol. «En el camino me regalaron una gorra», dice, como señalando que ha encontrado la solución al problema.
Luego de ser deportada intentó reinsertarse laboralmente. Trabajó como ayudante de albañil. Ganaba 400 lempiras (Q115 aproximadamente), cuando tenía suerte. Pero en su país, dice, el trabajo es escaso y mal pagado. «Si uno quiere vivir de forma honrada lo mejor es emigrar», sentencia.
Cuando a Keily le duelen mucho los pies, o la ataca el hambre o el agotamiento hace efecto, piensa en su mamá. «No le dije que venía aquí porque no la quiero preocupar, por su salud, es diabética. Mi plan es llamarla cuando llegue a un lugar en el que pueda quedarme», cuenta.
En redes sociales, ha visto las advertencias del gobierno de Estados Unidos y del presidente Donald Trump: que no se arriesguen a llegar a la frontera porque no pasarán.
Xavier Billingsley, consejero de Diplomacia Pública de la Embajada de Estados Unidos, envió la siguiente declaración a Plaza Pública respecto a la caravana: «La frontera de los Estados Unidos está cerrada a la migración ilegal». Keily sonríe ante el aviso. «Voy a seguir, a seguir, a seguir y a seguir hasta que se logre. De pronto se cansa Donald Trump de tanto ver mi nombre o bien me canso yo de tantas veces que me va a deportar, pero voy a seguir. Yo pienso que si no se hace la lucha, no vale la pena el esfuerzo; mientras se pueda, vamos a seguir».
