Betina Stein
El 30 de julio el presidente argentino Javier Milei anunció que enviaría al Congreso un proyecto de ley para reformar la Carta Orgánica del Banco Central. El Presidente justificó la modificación del mandato múltiple de la entidad afirmando que así se termina con “la bestialidad de cinco objetivos para un instrumento” y que la misión fundamental del Banco Central “vuelve a ser preservar el valor de la moneda”.
La referencia presidencial resulta, cuanto menos, imprecisa. El artículo 3° de la Carta Orgánica vigente no establece cinco objetivos sino cuatro: “El banco tiene por finalidad promover, en la medida de sus facultades y en el marco de las políticas establecidas por el gobierno nacional, la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social”.
Queda claro que todo esto es en el marco de las políticas fijadas por el Poder Ejecutivo y dentro de las facultades asignadas por ley a la entidad.
En los Estados Unidos la propia Reserva Federal (que tiene las facultades de un Banco Central) explica que la Junta de Gobernadores y el Comité Federal de Mercado Abierto deben conducir la política monetaria de manera de promover tres objetivos: el máximo empleo, la estabilidad de precios y tasas de interés de largo plazo moderadas. Es el conocido “doble mandato” de la Reserva Federal, al que la legislación estadounidense agrega el objetivo de tasas de interés de largo plazo compatibles con esos fines.
La situación no es diferente en el Banco de Israel. Este establece expresamente que sus objetivos, definidos y jerarquizados por la ley, son mantener la estabilidad de precios, apoyar los demás objetivos de la política económica del Gobierno, especialmente el crecimiento, el empleo y la reducción de las brechas sociales, y contribuir a la estabilidad del sistema financiero.
No hay, entonces, nada de extravagante ni de “bestial” en que un banco central tenga objetivos múltiples. Se sabe que la política monetaria produce efectos sobre el empleo y la producción. Por eso, las leyes en las principales economías del mundo exigen que sus bancos centrales ponderen el impacto que las decisiones de política monetaria tendrán sobre la población.
¿Qué sucedería si mañana se produjera en una provincia una inundación de características extraordinarias y fuese necesario transferirle ayuda económica? Si estuviera vigente una prohibición absoluta de emitir moneda, encontrándose el país impedido de acceder a los mercados internacionales, sería imposible acercar recursos a la población de esa provincia, lo que generaría retracción del consumo y desocupación.
La verdadera bestialidad, entonces, consiste en creer que una economía puede sostenerse solo con una moneda estable, sin empleo, sin crecimiento y sin desarrollo.
En definitiva, este gobierno deja de concebir a la política monetaria como una herramienta al servicio de las personas para transformarla en un fin en sí mismo. Es una decisión ideológica, diametralmente contraria a lo que se hace en los países que el presidente Milei dice admirar.
*Abogada, ex Directora del Banco Central.