¿Fracasaron las izquierdas o nunca las dejan gobernar?

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Pedro Brieger

Las últimas elecciones en Argentina, Bolivia, Colombia, Chile y Perú mostraron victorias de partidos políticos de derecha y extrema derecha.  La opinión más generalizada es que se debe al fracaso de los gobiernos de izquierda y que por eso habrían sido castigados en las urnas.  Si se realiza un análisis con perspectiva histórica lo primero que resalta es que –contrariamente a lo que se piensa- las izquierdas que intentaron reformas estructurales por la vía electoral en América Latina no gobernaron casi nunca.  Gustavo Petro en Colombia, Rafael Correa en Ecuador o Evo Morales –para citar solo algunos- son una excepción en la historia latinoamericana. 

Desde las independencias en el siglo XIX, todos los países estuvieron gobernados por partidos conservadores o liberales que representaron los intereses de las clases dominantes que construyeron las naciones y diseñaron sus leyes para gobernar a favor de sus propios intereses.  Es así que armaron estructuras jurídicas y sistemas electorales que les permitieran ganar casi siempre, incluyendo todo tipo de fraudes.  Y si por algún extraño motivo triunfaba un candidato que no era afín, tocaban las puertas de los cuarteles para que las Fuerzas Armadas los derrocaran.

En el siglo XX, ninguno de los gobernantes que intentó impulsar cambios estructurales progresistas a favor de las grandes mayorías y llegó al poder por la vía electoral, fue derrotado en las urnas.  Todos terminaron derrocados por golpes de Estado.  Los cinco más emblemáticos fueron: Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955); Jacobo Arbenz en Guatemala (1951-1954); Juan Bosch en República Dominicana (menos de siete meses en 1963); Joao Goulart en Brasil (1961-1964) y Salvador Allende en Chile (1970-1973). 

Salvo la reelección de Perón en 1951 los otros no pudieron plebiscitar sus reformas porque ni siquiera pudieron completar sus mandatos.  Hugo Chávez, que accedió a la presidencia en 1999, sufrió un fallido golpe de Estado apenas tres años después de asumir.  De todas maneras, el chavismo es más un fenómeno del siglo XXI.

Cabe preguntar si la pobreza estructural, la falta de viviendas dignas, los problemas sanitarios, el trabajo semi esclavo o la falta de empleo con que millones de latinoamericanos entraron en el siglo XXI son responsabilidad de los gobiernos de izquierda del siglo XX.  Está claro que no.  Además, ante los reclamos por mejores condiciones de vida la respuesta solía ser la represión.  No fueron gobiernos de izquierda los que realizaron las grandes matanzas de trabajadores reclamando mejores salarios en Chile (1907), Argentina (1921-22), Ecuador (1922), Colombia (1928), El Salvador (1932) o Bolivia (1942). 

Tampoco es casual que las masacres fueran tapadas en gran medida por los medios de comunicación de la época, aliados a los poderes oligárquicos.  Tampoco fueron las fuerzas de izquierda quienes protagonizaron los sangrientos golpes de Estado.  Hay que decir que, en muchos casos, éstos fueron realizados por los antecesores directos o indirectos de quienes hoy dicen hablar de “libertad”.  Por lo general también reivindican a las mismas Fuerzas Armadas que asesinaron miles de personas en nombre de la “civilización occidental y cristiana”, frase que solían usar muchos de los dictadores militares y repiten hoy varios líderes libertarios.

Indígenas de El Salvador recuerdan la masacre de 1932

Los poderes civiles que usaron a las Fuerzas Armadas como su brazo armado para sostener su poder en el siglo XX ya no recurren a ellas como antaño.  Hoy la articulación de los poderes legislativos, judiciales y comunicacionales es su principal arma para impedir cualquier intento de reformas estructurales.  De manera extrema –hasta hoy- lo han comprobado Manuel Zelaya, Fernando Lugo, Dilma Rousseff, Evo Morales o Cristina Fernández. 

Ninguno de ellos fue perseguido por haber quitado derechos o reprimir salvajemente las protestas sectoriales.  Su pecado fue implementar políticas de inclusión para los sectores históricamente más vulnerables.

En el caso de Colombia, a pesar de la excelente votación obtenida por Iván Cepeda como continuador del proyecto de Gustavo Petro, hay que recordar que es la misma sociedad que en los últimos treinta años eligió a Andrés Pastrana, dos veces a Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, y a Iván Duque.   Los opositores a Gustavo Petro, dentro y fuera de Colombia, lo han demonizado de tal manera que pareciera que Petro gobernó el país durante décadas. 

Sin embargo, lo hizo apenas cuatro años con la estructura judicial, económica, electoral y comunicacional en contra para impedirle llevar adelante su programa de cambio.  Es importante recordar, una y otra vez, que Petro fue el único presidente de izquierda en un país que tiene 200 años de vida independiente.  Además, la guerra civil entre 1948 y 1958 que provocó la muerte de más de 100 mil personas fue protagonizada por liberales y conservadores 

Es ingenuo creer que quienes controlan todos los resortes del poder los entregarán de buena voluntad.  A lo sumo permitirán que se realicen algunos cambios que no los afecten estructuralmente.  Pero su pensamiento es claro: lo esencial no se toca y quien se atreva a hacerlo sufrirá las consecuencias.  La historia enseña que ningún progreso social fue dádiva de los gobernantes conservadores que, como su propio nombre lo indica, buscan conservar el poder sin cederlo un ápice.   Es más, si no fuera por las luchas populares y las demandas de mejores condiciones laborales, en muchos países todavía existiría la esclavitud legalizada.

Entonces, el problema con los gobiernos progresistas no es que hayan fracasado por implementar políticas “estatistas” o “populistas” como repiten los medios de comunicación hegemónicos.  Dejando de lado Cuba y Venezuela (ahogados por los bloqueos de Estados Unidos) los gobiernos de izquierda más “longevos” fueron los del MAS en Bolivia (19 años) y el Frente Amplio en Uruguay (15 años).  Todos en el siglo XXI. Si pensamos en fracasos habría que decir que los gobiernos de derecha son los que más han fracasado, porque gobernaron mucho más tiempo con todo a su favor. 

Doscientos años de historia no se cambian de la noche a la mañana y mucho menos cuando se trata de jugar con las reglas de quienes tienen la sartén por el mango.  Y el mango también.

*Sociólogo y periodista argentino