Rosa Miriam Elizalde, premio Nacional de Comunicación Social, en Cuba
Luis Hernández Navarro
Rosa Miriam Elizalde acaba de recibir en su natal Cuba el Premio Nacional de Comunicación Social. Apenas en 2021 fue merecedora del Premio Nacional de Periodismo José Martí. Es la única persona que ostenta en la isla ambos reconocimientos.
Nacida en 1966, en Sancti Spíritus, está muy orgullosa de sus raíces familiares. Por línea materna es descendiente directa del poeta José María Heredia, que murió en México y es autor de En el Teocalli de Cholula, a quien Martí llamó el primer poeta de América. Por línea paterna, proviene de un líder anarquista vasco, de oficio carbonero, Ceferino Elizalde.
Rosa Miriam estudió periodismo en la Universidad de La Habana. Con el paso de los años incursionó en el estudio de las redes sociales hasta convertirse en una erudita. Columna vertebral del proyecto de comunicación digital Patria, autora de varios libros de referencia, convivió estrechamente con los comandantes Fidel Castro y Hugo Chávez.
La Jornada conversó con ella sobre su trayectoria periodística y los retos de esta profesión en una Cuba estrangulada por el bloqueo estadunidense. A continuación, extractos de la charla.
–Acaba de recibir el Premio de Comunicación Social en Cuba. ¿Qué sentimientos le produce?
–Sorpresa, gratitud y una sensación de deuda con muchos compañeros que han trabajado más, durante más tiempo y con menos reconocimiento. Ningún premio llega sólo por lo que hace una persona. Lo hace también por lo que otros enseñaron, acompañaron, discutieron y construyeron antes.
–¿Cómo fue que comenzó a leer y a escribir?
–Aprendí las primeras letras del alfabeto a los seis años y, quizás porque era tímida y enfermiza, encontré en la lectura esa felicidad lenta, generosa e infinita de la que hablaba Jorge Luis Borges. Mis padres trabajaban hasta tarde y yo los esperaba a media cuadra de mi escuela, en la biblioteca pública de Sancti Spíritus, epicentro de la vida cultural del pueblo.
“La primera novela que leí fue Jane Eyre, de Charlotte Brontë, y todavía la releo con el mismo sobresalto. De ahí en adelante hubo pocas cosas más importantes en mi vida que leer. La literatura, y la manía de escribir para desahogarme, me salvó de una adolescencia atormentada.”

–¿Cómo se acercó a la prensa?
–En los años 80 del siglo pasado había decenas de publicaciones para niños y jóvenes en Cuba, pero mi preferidas eran dos: Somos Jóvenes, y el diario Juventud Rebelde, en particular la edición dominical, en la que se replicaban las crónicas de Gabriel García Márquez, y sobresalían los grandes reportajes afiliados al llamado “periodismo literario”.
–¿Qué estudió?
–Aquel Juventud Rebelde me llevó a estudiar periodismo en la Universidad de La Habana.
–¿Cómo es que se zambulle en la vorágine del periodismo?
–En 1989 se incorporaron periodistas al Plan Turquino, un programa para mejorar las condiciones de vida en las zonas montañosas de Cuba. Ya estaban allí los médicos y los agrónomos de la montaña, y se decidió que un grupo de jóvenes de mi graduación inauguraran la experiencia como corresponsales de Juventud Rebelde. Estuve un año en la Sierra Cristal, en el noreste de la isla, y descubrí otra Cuba. Empecé a contar lo que iba descubriendo.
–¿Valía la pena la prensa cubana en aquellos años?
–Era extraordinaria. A finales de los 80 se produjo la “rectificación de errores y tendencias negativas. La gran frase del quinto Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec), celebrado en 1986, fue: “sin rectificación en la prensa, no hay rectificación en la sociedad”. Llegó a un primer plano la demanda del gremio de rescatar la función crítica de la prensa y se airearon los medios con la experimentación formal.
–¿Cómo conoce al comandante Fidel Castro?
–En 1986, en un Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba. Fui invitada con otros estudiantes y al final de una sesión, Fidel se me acercó y me preguntó si era periodista de Zunzún, una revista para niños. Ya había cumplido 20 años y debí parecerle demasiado. Lo vi en otros encuentros estudiantiles y un día descubrí que leía mis crónicas de corresponsal de Juventud Rebelde en la montaña.
–¿Su visión del periodismo se modifica por el trato con él?
–No, se fortalece. A pesar de que en los años 90, con el llamado “periodo especial” (la crisis que sobrevino después de la caída de la URSS), el país perdió 80 por ciento de la tirada de los medios y Juventud Rebelde pasó de diario a semanario. Aun así, seguíamos batallando por mantener altos estándares profesionales y abordar los temas más sensibles del país. Yo misma publiqué dos libros sobre la prostitución en Cuba, fruto de una serie de entrevistas y reportajes que aparecieron en el periódico.
“Fidel, además, conspiraba con los periodistas para conocer de primera mano lo que no le contaban los ministros y más de una vez estableció en el diario Granma su puesto de mando para capear coyunturas de peligro y de crisis. Asistió a todos los congresos y plenos de los periodistas hasta que se enfermó en 2006. Repetía en esos encuentros que lo que después llamó “batalla de ideas”, no se podía librar sin la conjunción de los representantes de la cultura y el periodismo junto con el partido y el gobierno.”
–¿Y cómo es que entra en contacto con Hugo Chávez?
–A finales de 2003, pocos meses antes del referendo revocatorio presidencial que organizó la oposición venezolana para derrocarlo, me propusieron hacer una biografía sobre Hugo Chávez. Le dije que era imposible. Chávez era una incógnita todavía para cubanos y latinoamericanos, a pesar de nuestras simpatías.
“Le propuse ir descubriendo a Hugo Chávez junto con los lectores, a partir de una serie de entrevistas con las personas que lo conocieron en su niñez, las amigas de su abuela en Barinas, su familia, sus amigos, su maestro en la academia militar y sus compañeros de armas. Y al final, cerrar con un diálogo en el que el presidente llenara los vacíos que surgieran por el camino.
“Fue difícil. Cuando Chávez se asomó al balcón de Miraflores, vimos entre el pueblo que lo vitoreaba a personas que levantaban el libro, como si fuera un afiche.”
–¿Y cómo se engancha en la adicción de las redes sociales?
–Fue bastante azaroso. En 2001, Abel Prieto, entonces ministro de Cultura, e Iroel Sánchez, que dirigía el Instituto Cubano del Libro, se acercaron a Juventud Rebelde con la propuesta de crear un semanario cultural en formato digital: La Jiribilla. En aquel momento casi nadie sabía muy bien qué era el ciberespacio. No existían las redes sociales como las conocemos hoy, pero ya estaba claro que se abría un espacio nuevo para publicar, discutir, llegar a públicos más amplios y romper el bloqueo informativo. Fidel declaró en un congreso de la Upec: “Internet parece inventado para nosotros”. Comencé como editora de La Jiribilla y este mundo terminó convirtiéndose en una pasión.
–¿Es importante para el periodismo incursionar en las redes sociales?

–Es imprescindible. Un periodista no puede mirar las redes sociales como algo ajeno, menor o superficial. Ahí está ocurriendo una parte fundamental de la conversación pública, nos guste o no. Ahí se informan millones de personas, ahí se forman estados de opinión, ahí se manipula, se agrede, se construyen consensos y también se disputan sentidos. Eso no significa que las redes sustituyan al periodismo. Al contrario: mientras más ruido hay, más falta hace el rigor profesional y la ética del periodismo. Pero un periodismo que entienda los lenguajes, las velocidades y las formas de circulación de la información en el entorno digital.
–¿Es difícil hacer periodismo hoy en Cuba?
–Es muy difícil. Implica trabajar en condiciones materiales muy duras. Pero además hay otra dificultad: contar la realidad de un país sometido a una presión externa enorme y a laboratorios de guerra cognitiva, afincados fundamentalmente en la Florida, que intentan convertir cada problema real de Cuba en una prueba de fracaso absoluto, cada malestar en una operación política y cada dificultad cotidiana en un argumento para justificar más sanciones, más aislamiento y más agresividad contra el país.
–¿Qué papel desempeña el periodismo para enfrentar ese bloqueo?
–El bloqueo no es una consigna; es un hecho material que afecta duramente la economía, los servicios, la vida diaria y también el funcionamiento de los medios. Pero al mismo tiempo el periodismo, y la comunicación, no pueden renunciar al debate sobre nuestros problemas internos: lo que no funciona, lo que debe corregirse, lo que la gente está viviendo.

“Ese equilibrio es complejo, pero imprescindible. Cuando dejamos un espacio sin explicación, sin información o sin debate, ese vacío lo llena otra cosa. Y muchas veces ese es el espacio que ocupa la manipulación, el rumor, la mala fe o las operaciones políticas contra Cuba.
“Hay que denunciar el bloqueo con toda claridad y, al mismo tiempo, mirar críticamente nuestras insuficiencias. La defensa de Cuba no se debilita por reconocer problemas; se debilita cuando la gente siente que no se le habla con honestidad.
“Hoy ningún proyecto político emancipador puede desentenderse de la batalla digital.”
*Jefe de la página de Opinión de La Jornada de México