Maya Siminovich
La reputación que tiene Netanyahu es de «decir las cosas como son», de abanderar el convencimiento de que los israelíes y los judíos deben parar de pedir perdón, «cosa que les encanta a sus votantes».
En el escenario de la firma del acuerdo de alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, que en Israel ha sido muy mal recibido (y varios políticos, como el primer ministro, Benjamin Netanyahu, han dicho que no es vinculante para el país), el ministro de Defensa, Israel Katz, afirmó: «Nadie nos dice qué hacer, y ya lo hemos demostrado».
El ministro de Seguridad Interior, Itamar Ben Gvir, fue más allá y aseguró que «el Líbano debe arder», después de que cuatro soldados murieran por fuego de Hezbolá el ùltimo viernes, y que «por cada lágrima de madre israelí, deberán verter lágrimas mil madres libanesas».
El Israel contemporáneo emprende acciones bélicas impopulares en el mundo, pero no a nivel doméstico, y cultiva una diplomacia del ‘estás conmigo o contra mí’. Pero no siempre fue así. Si bien el maniqueísmo siempre estuvo presente en el discurso de un modo u otro, el historiador Yoel Schvartz señala que en el pasado no tan remoto «la política exterior israelí se caracterizó por ser prudente», en particular en el manejo de sus relaciones con EEUU.
Sin embargo, lo que estamos viendo en la última década es una inclinación de Netanyahu a romper con el apoyo tradicional de todos los partidos estadounidenses —también de los demócratas— y colocar toda la energía en una alianza con el Partido Republicano, inclusive con los sectores más radicales dentro del Partido Republicano».
En los primeros años noventa había una clara animadversión entre George Bush, presidente estadounidense, e Isaac Shamir, primer ministro de Israel. Aun así, según la analista Ksenia Svetlova, esos hombres mantenían relaciones civilizadas. «Había una comprensión de que los aliados se tratan respetuosamente. Y cuando Bush fue a la guerra contra Irak, pidió a Israel no intervenir, si bien Israel estaba siendo atacada por los misiles iraquíes, Shamir respetó el pedido, a pesar de las presiones. Así que tenemos la perspectiva de cómo era el talante en otras ocasiones entre los aliados».
Sobre las declaraciones burdas de algunos ministros, Schvartz subraya «que no son corregidas por nadie, nadie sale a decir que en realidad quiso decir otra cosa o que hay que entender el contexto, a diferencia de lo que pasaba en el pasado, y eso nos habla de que las relaciones exteriores israelíes están manejadas más por motivos internos preservación del poder y ganancia política a nivel local, que por los intereses del país a medio y largo plazo».
Es decir, Ben Gvir paseándose con la bandera de Israel entre los detenidos de la última flotilla Sumud en dirección a Gaza y diciendo «¡Bienvenidos a Israel, somos los dueños!», mientras sonaba el himno nacional a toda pastilla, es para consumo interno.
La reputación que tiene el ministro es de «decir las cosas como son», de abanderar el convencimiento de que los israelíes y los judíos deben parar de pedir perdón, «cosa que les encanta a sus votantes», dice Svetolva: «él se alimenta de la rabia que crea internacionalmente con sus exabruptos, se vanagloria de ese logro, y otros políticos hacen lo mismo, Betsalel Smotrich, Katz… todos con los ojos puestos en las elecciones».
El líder bebé
El politólogo Daniel Drezner describió en su libro «El bebé en jefe: Lo que Donald Trump nos enseña sobre la presidencia moderna», escrito durante el primer mandato de Trump, el preocupante ascenso del líder infantil. Un estilo político que, como las enfermedades infantiles, es muy contagioso, en palabras de Yoana Gonen, columnista de Haaretz.
Este jefe, Trump y los que se le parecen, no tiene límites, es impulsivo, provocador, iracundo y, a pesar de tener todas estas características típicas de una persona que está entre el primer y tercer año de vida, es percibido por los suyos como un líder fuerte cuyo comportamiento, en verdad, debe de ser pura estrategia.
Según Drezner, la ausencia de política se disfraza de audacia diplomática, y en ese lugar habitado por el líder infantil, el público existe en esa atmósfera: sin complejidad, sin responsabilidad y sin consecuencias. En Israel hay algunos ejemplares de este estilo de liderazgo, pero Netanyahu no estaba entre ellos. A lo largo de los años se presentó como un carismático adulto responsable y, sin embargo, en los últimos tiempos ha adoptado también el lenguaje y los métodos infantiles para llegar a su público. Vídeos verticales en redes sociales sin fin e imágenes generadas por IA (como Trump, como el gobierno iraní).
Fin del mundo
Yoel Schvartz recuerda que hay quien dice que el aislamiento internacional de Israel responde a los intereses del gobierno Netanyahu, que quiere quedarse en el poder y para ello, «necesita desarrollar una mentalidad de asedio: ‘estamos solos en el mundo, nadie nos quiere, ni siquiera en nuestros mejores aliados se puede confiar, nos persiguen, nos acusan de genocidas cuando todo lo que hemos hecho es defendernos’ y así».
«Todas esas declaraciones espantosas que escuchamos alimentan precisamente esa respuesta por parte del mundo», explica Schvartz, y esa reacción internacional de censura, reproche y furia termina dándole la razón de alguna manera a ciertos sectores de la base israelí: «Efectivamente, nos odian», afirma.
*Periodista freelance en Israel.