Titiriteros impunes
Jorge Elbaum
¿Con qué derecho definía yo la Patria, bajo un cielo en pañales y un sol que todavía no ha entrado en la leyenda?Leopoldo Marechal
Pensar los 50 años del golpe genocida exige pensar en las consecuencias de su ejercicio represivo y, sobre todo, en la deriva de sus efectos políticos y culturales posteriores. ¿Cuánto de lo que padecemos en la actualidad, inscripto en el gobierno de Javier Milei, es tributario de antecedentes no saldados del ejercicio de terror estatal instituido en 1976? Responder a este interrogante forma parte de la tarea de quienes atravesamos estas cinco décadas con el desafío de ser coherentes con aquellos que fueron perseguidos, encarcelados, desaparecidos, torturados y exiliados durante la noche más negra de la historia argentina.
Toda historia social y política es atravesada por el tamiz de una interpretación. La historiografía supone un método. No una mirada unívoca ni neutral. Historiadores y analistas cargan con sus prenociones a la hora de mirar el pasado. Todos examinamos desde alguna perspectiva sin que eso habilite a tergiversar o falsear los datos, los documentos o los testimonios.
La realidad suele ser esquiva. Pero hay que asumirla con honestidad retrospectiva. La memoria, cuando se ejerce con valentía y lucidez, tiene el deber de asumir esta complejidad. No alcanza con la tranquilidad que brinda la comodidad autocomplaciente. El castigo macri-mileísta está enraizado en la omisión inexcusable de dos indulgencias sociales imperdonables que habilitaron una impunidad que terminó siendo estratégica para los sectores concentrados.
Quienes apostamos por mirar al mundo desde un punto de vista emancipatorio, debemos ser capaces de percibir las continuidades y las rupturas que se sucedieron a partir de los ejercicios criminales liderados por Videla, Viola y Galtieri, los sanguinarios fundadores del programa neoliberal en nuestro país.
Sus herederos políticos, Carlos Menem, Mauricio Macri y Javier Milei, fueron epígonos de una continuidad larvada, que logró filtrarse en la cotidianidad económica y cultural de las últimas cinco décadas, sin hacer visible a los dos actores centrales que habían estructurado el golpe militar de 1976, que permanecieron ocultos, eludiendo tanto la justicia como el escarnio público. Esos vectores fueron los grandes empresarios argentinos —que en la década del ’80 fueron catalogados como los Capitanes de la Industria— y el Departamento de Estado.

Mientras los Grupos de Tareas hacían el trabajo sanguinario y truculento en los Centros Clandestinos de Detención y Exterminio, se instituían reglas de procedimiento que se convirtieron en sentido común empresario: la desinversión productiva, la financiarización, la desregulación del comercio exterior, la desindustrialización, la fuga de capitales, la evasión fiscal autorizada, la reducción salarial, la dolarización de las tarifas y servicios públicos, la precarización laboral y el desprestigio de las organizaciones sindicales.
El gobierno dictatorial fue derrotado por la combinación de las luchas populares, el agotamiento del programa financiarista y la derrota de la Guerra de Malvinas. Pero su impronta quedó instalada gracias a una institucionalidad normativa inscripta en el código corporativo doméstico, avalada por la delegación diplomática estadounidense. Dicho entramado logró debilitar a los trabajadores mediante la amenaza perpetua de la pérdida de los puestos de trabajo.

Sólo durante los dos años iniciales de Raúl Alfonsín, bajo la conducción económica de Bernardo Grinspun, y el período de doce años de Néstor y Cristina Kirchner, esquivaron los protocolos ortodoxos impulsados por la asociación de esos dos actores, que salieron indemnes de la dictadura.
Su vocería institucional fue asumida por el FMI y durante las cinco décadas siguientes fueron consolidando su poder y su capacidad de presión, aumentando su legitimidad y su influencia político-cultural. La impunidad con la que fueron premiados -sostenida por los medios de propaganda corporativos – se amplió a partir del siglo XXI gracias al control algorítmico de los flujos narrativos difundidos por las redes sociales, convertidos en baluartes de la fragmentación identitaria de los trabajadores.
La candidez que acompañó la recuperación democrática sólo señaló a los peldaños manchados del horror. Su inocencia prefirió describir el compromiso por los Derechos Humanos de Patricia Derian, durante la presidencia de Jimmy Carter, antes que detectar el Deep State, que continuaba tramando la extorsión futura, coherente con la lógica imperial que se había impuesto desde la Guerra Fría, luego de la década del ’40. En ese marco, se decidió no denunciar internacionalmente el Plan Cóndor, bajo la creencia ilusoria de que Washington iba a cooperar con la recuperación democrática.
Esa falacia contribuyó a desmantelar cualquier atisbo de imputación, en foros internacionales, decidiendo el ocultamiento de los cercanos vínculos de los militares latinoamericanos con la Escuela de las Américas. Se abandonó toda investigación pública y/o parlamentaria sobre los efectos de la Guerra Fría en el subcontinente y se evitaron las desclasificaciones de documentos que ponían en evidencia el rol central de las agencias de inteligencia extranjeras en el ocultamiento de los crímenes y las desapariciones forzadas.
Las corporaciones domésticas, por su parte, fueron absueltas porque se consideró imprescindible su desempeño futuro en el relanzamiento del proyecto de sustitución de importaciones. La impunidad de la que gozaron ambos actores fraguó el regreso del neoliberalismo criminal una y otra vez.
El desafío del futuro es asumir la peligrosidad de ambos pilares del neoliberalismo doméstico. Si nos negamos a desenmascararlos y continuamos contribuyendo a su legitimidad, inventarán una y otra vez a los Milei de turno. Hasta que no seamos capaces de disciplinarlos, seguirán produciendo las condiciones de posibilidad para impedir la plena soberanía que nos merecemos. Esa debe ser la tarea imprescindible para ser coherentes con el legado de los 30 mil compañeros y compañeras.
*Sociólogo, Periodista, Escritor, Doctor en Ciencias Económicas.
