La megalomanía de Trump
Pedro Brieger
El 24 de febrero el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, presentó ante el Congreso el informe anual de su gestión, lo que es conocido como “El Estado de la Unión”. Fiel a su estilo todo giró alrededor de su persona. Se podría decir que esto es lógico ya que es el presidente y es quien toma las decisiones más importantes.
Parece que el mundo se acostumbra a su estilo megalómano y a rendirle pleitesía por estar al frente de la primera potencia mundial. Ya nadie se asombra si una cuenta de ahorro para menores de 18 años se llama “Cuenta Trump”, o si le ha agregado su nombre al Kennedy Center, el principal centro nacional de artes escénicas de Estados Unidos. 
Total normalidad.
El “culto a la personalidad” que se observa con Donald Trump no es un detalle pintoresco, es un concepto político. Éste se popularizó a partir de la denuncia contra Stalin de Nikita Jruschov en 1956. No es que no existiera antes la adoración de un líder, pero el fenómeno del “culto a la personalidad” se desarrolló en la Unión Soviética bajo el liderazgo de Stalin, especialmente desde fines de los años veinte hasta su muerte en 1953. Stalin era presentado como un líder infalible, “guía genial de los pueblos”, “padre de las naciones”, “gran arquitecto del socialismo” y, por supuesto, continuador legítimo de Vladímir Lenin.
Su figura aparecía omnipresente en escuelas, fábricas, oficinas, libros escolares, películas, afiches y monumentos. La historia oficial de la revolución de 1917 se reescribió alrededor de su persona y entre 1944 y 1956 una estrofa del himno nacional incluyó la mención “Stalin nos educó en la lealtad al pueblo, nos inspiró al trabajo y a las hazañas”. Tres años después de su muerte su sucesor Jruschov denunció oficialmente el “culto a la personalidad” durante el XX Congreso del Partido Comunista y comenzó la “desestalinización”. También borró del himno aquella estrofa.
En China, tras el triunfo de la revolución popular de 1949 liderada por Mao, se oficializó el “Pensamiento Mao
Zedong” como categoría doctrinaria. Además de líder de la revolución y jefe de Estado, representaba la pureza ideológica e irradiaba una imagen casi mística, con retratos luminosos y sonrientes por doquier y el uso masivo del “Libro Rojo” con citas del presidente Mao. Se podrían mencionar muchos otros casos, desde el coreano Kim il Sung hasta el rumano Ceaucescu, pasando por Hitler o el mismísimo Napoleón, que se auto coronó emperador en 1804.
Al igual que los demás casos citados, Donald Trump pone la lealtad personal como criterio central dentro de su partido, incluso por encima de la estructura partidaria. Su identidad política está fuertemente personalizada y maneja el Estado como antes manejaba sus emprendimientos privados, donde su apellido era una marca comercial, ya que varios de ellos llevan su nombre.
La reunión en la que presentó su denominada “Junta de Paz” (Board of Peace) el 19 de febrero es un ejemplo de ello. Se realizó en el edificio del United States Institute of Peace (USIP), una organización nacional independiente, sin fines de lucro, creada y financiada por el Congreso de Estados Unidos. Vaya casualidad, hace poco rebautizada como “Donald J. Trump Institute of Peace”.
La puesta en escena de la reunión no tenía nada que envidiarles a los congresos del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) donde todos y cada uno de los presentes no escatimaban loas a Stalin.
Está claro que Trump usó la reunión para proyectar su propia reputación internacional y presentarse como solucionador de conflictos con su habitual retórica grandilocuente sobre lo que está logrando o pretende lograr.
Una de las características más notables y que sí marca una diferencia con otros líderes, es que Trump siempre habla de sí mismo y de lo grandiosa que es su persona y todo lo que hace. A nadie se le escapa que a Trump le encanta que lo adulen, y para congraciarse con él, todos los discursos tenían frases elogiosas hacia su persona.
Cuando se quejó de que los noruegos no le habían dado el Nobel de la Paz, dijo que la FIFA le entregó el “Premio de la Paz de la FIFA”. Claro está, creado a medida para complacerlo. En el paroxismo de la adulación el presidente de Kazajistán propuso la creación de un “Premio Donald Trump de la Paz” a otorgar por la Junta de Paz, que, todo hace suponer, recaerá por unanimidad en el propio Trump.
No nos asombremos si el día de mañana Trump anuncia que construirá una cripta por debajo del nivel del piso, de modo que las visitas deban inclinarse ante él para siempre. Como Napoleón.
* Sociólogo y periodista argentino