Argentina 2030: Una señal de alerta en nuestra bandera

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Federico A. Giménez

 Argentina comienza un pésimo 2026, con un gobierno de ocupación, encabezado por Javier Milei. El presidente encara su tercer año de mandato, con una política de motosierra, ajuste y represión. Solo así fue posible alcanzar el “milagro económico” libertario. Un eficaz modo de aumentar la pobreza, el desempleo, la deuda, e incluso, la inflación, con la excusa de que, solo por ese camino, seremos un “país libre”.

Pero la incidencia real de sus políticas va mucho más allá de lo económico: atenta contra nuestra defensa y soberanía, ante el eje mundial de potencias que acechan el suelo argentino, compuesto por Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel. Una apuesta por disolver la nación argentina lo suficiente como para condenar cualquier posibilidad de desarrollo, de cara al próximo decenio.

Una verdad incómoda

Argentina no la está pasando bien. El experimento anarco capitalista muestra, una vez más, cómo el neoliberalismo hunde a los pueblos en la pobreza, con el pretexto de traer “libertad”. Ni siquiera propone “progreso”, o “desarrollo”. Nuevamente, el viejo cuento del “mundo libre”, utilizado en la guerra fría para diferenciarse del comunismo (calificado de dictatorial y empobrecedor), es el relato con que el imperialismo occidental enmascara su programa de recolonización. El proyecto argentino liberal-libertario no es un gobierno nacional, ni “lo que votaron los argentinos”. Es una ficha en este punto del mapa de una alianza de poder transnacional.

La alianza de EE. UU., Gran Bretaña e Israel, es la que sostiene la actual estructura global de “paz nuclear”, erigida con el fin de la guerra mundial, en 1945, pero sellada en los acuerdos de Bretton Woods, en 1944. Pero el amanecer del siglo XXI comenzó a dar señales de un factor determinante para el declive de la hegemonía occidental: al ascenso indetenible de potencias orientales emergentes, encabezadas por China y Rusia.

Aunque no cuenta con muchos aliados reales, el eje occidental mantiene su influencia sobre varios gobiernos sudamericanos actuales (Argentina, Paraguay, Chile, Ecuador, Perú y Bolivia), mientras que su resistencia y oposición se encuentra en Venezuela, Colombia, Brasil, y en menor medida, Uruguay[2]. Sus gobiernos no están integrados, ni articulados. De hecho, son notorias las distancias que toman Lula y Petro respecto de Maduro. ¿En qué se diferencian?

La democracia socialista caribeña se distingue desde su origen, fruto de la resurrección de la doctrina antiimperialista bolivariana, y de la insurgencia del marxismo popular latinoamericano y descolonial, lo que dio como resultado un proyecto político revolucionario de lo más radical y urticante para la dictadura del capital tecno-financiero.

Para que un movimiento socialista latinoamericano triunfe, no alcanza con fundir su concepción revolucionaria en el marxismo, si no se integra a la historia viva de su pueblo, y eso es lo que hizo el chavismo: alimentar el alma de la democracia revolucionaria, que es el poder popular. La democracia chavista es el ejemplo más claro y sobresaliente de cómo un proyecto revolucionario de soberanía nacional, desarrollo autónomo e integración regional, es objetivado por el imperialismo como “dictadura”, para anclarse en el sentido común, sin necesidad de pruebas, ni argumentos, solo acusaciones. En la era de la inmediatez, no hay análisis, sólo reacción.

Y no es solo un efecto de la fugacidad de la comunicación actual. Se trata de una táctica de acción psicológica[3] en el marco de una guerra multidimensional[4], ya no contra países, sino contra los pueblos. Pero en el caso venezolano hay un elemento determinante, mucho más material y menos ideológico, que es la reserva de petróleo más grande del mundo.

Ese es el verdadero interés de Estados Unidos, hacerse de esas reservas, que le permitan expandir un nuevo ciclo de dominio, mediante nuevas guerras mundiales, en nombre de la libertad. Es más verosímil creer que existe un puñado de dictaduras en un mundo libre, que un puñado de naciones soberanas en un mundo de países sometidos a la dictadura del dólar.

Argentina, otra vez

Argentina, nuevamente, se destaca por ser un aplicado alumno del recetario diseñado para estafar al país a través de la deuda. Este mecanismo de endeudamiento con fondos multilaterales de crédito comenzó a operar en la Argentina a partir de 1955, con el golpe de estado (que incluyó un bombardeo sobre población civil en Plaza de Mayo) al presidente constitucional, el general Perón, líder de la revolución justicialista.

El golpe, en nombre de la libertad, se autoproclamó Revolución Libertadora. Las dictaduras y democracias vigiladas que le siguieron a Perón, lejos de desarrollar al país, promovieron políticas “desarrollistas”. Es decir, regularon el desarrollo argentino con la desregulación de sus sectores estratégicos y la concentración de la riqueza[5].

Esta política injerencista, liderada por EE. UU., fue una estrategia de “buen vecino”, que se llamó “Alianza para el progreso”. Luego de varias décadas de “buen garrote” y “diplomacia de las cañoneras” (todas fases de la doctrina Monroe, por la cual, Estados Unidos se adjudica la propiedad del continente por naturaleza), la política de defensa norteamericana se propuso controlar el desarrollo latinoamericano con programas de seguridad alimentaria,"Argentina, 1985": la épica historia del juicio que destapó el horror ... reformas agrarias, préstamos e inversiones para infraestructura, con el objetivo de “modernizar” a los países socios de la región, y quedarse para sí jugosos negocios de sectores estratégicos (por ejemplo, energía, petróleo, telecomunicaciones).

Agotado el desarrollismo, América Latina entró en una fase generalizada de guerra contrainsurgente. Se trata de una guerra fronteras adentro, contra un enemigo interno. Ese enemigo lo encarnó el comunismo, acusado de ejercer terrorismo ideológico para justificar el uso del aparato represivo estatal (y paraestatal) en la tortura, matanza y desaparición de personas. Un plan que requirió el apoyo directo y necesario de la CIA (Klein, 2010) y la inteligencia israelí[6]. Con la implantación de dictaduras cívico-militares coordinadas en la región, durante los sesenta y setenta, el imperialismo alcanzó su etapa de reconversión financiera.

Fue el periodo en que el sistema se transformó en neoliberal. El primer ciclo neoliberal en la Argentina (1976 – 1983) combinó terrorismo de estado con un programa económico que restructuró la matriz productiva del país, para beneficiar el endeudamiento y drenar la riqueza nacional con fuga de capitales y tranferencia de ingresos a la oligarquía. Este proceso culmina con el doloroso capítulo de la guerra de Malvinas. Es preciso señalar que nunca olvidaremos a nuestros héroes, que, con gloria y honor, defendieron el suelo argentino y sus territorios de ultramar de la mayor potencia invasora del mundo.

La democracia que heredamos en los ochenta fue pobre y débil. Rendida ante el Consenso de Washington, Argentina aplicó al pie de la letra el programa de reforma del Estado. En esta segunda ola neoliberal, la privatización vino acompañada de extranjerización. Luego de un periodo de dólar barato, llegaron las piruetas financieras (el megacanje y el corralito), y el ajuste estalló por los aires en diciembre de 2001. Este punto de inflexión permitió la llegada de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, que se insertaron en un proceso democrático-popular latinoamericano más amplio, en el que se destaca la revolución bolivariana, liderada por Chávez.

Presidencia Néstor Kirchner: Salarios | Cristina Fernandez de KirchnerSin embargo, durante esos tres mandatos (uno de Néstor y dos de Cristina), no fue posible consolidar una transformación de la matriz productiva argentina. Aunque hubo una política de distribución de la riqueza, de recuperación del estado, de desendeudamiento, de desarrollo científico-tecnológico, entre otros aspectos relevantes, no fue posible trastocar los resortes fundamentales que permitieran a la Argentina ser “un país libre”, como la nacionalización del comercio exterior, la derogación de la ley de entidades financieras de la dictadura, la expropiación y estatización de empresas, el control del río Paraná, entre otras políticas soberanas que retomen el proyecto de la revolución justicialista.

El repliegue del proceso kirchnerista abrió paso a una tercera ola neoliberal, liderada por Mauricio Macri. En este periodo, el neoliberalismo local se distinguió por sus vínculos con la mafia (Beinstein y Cieza, 2019; Carbone, 2019). Y aunque solo duró cuatro años, la estampida de la pandemia provocó un reseteo mundial, un reordenamiento de las relaciones sociales y una transformación de las estructuras del estado.

Ahora sí, llegamos a este presente, entrampados en un guerra silenciosa y multiforme, que involucra tácticas económicas (nadie crea que la inflación es un fenómeno del mercado, se trata de una acción política deliberada y un arma imperial para disciplinar materialmente poblaciones y gobiernos), operaciones mediáticas (la “batalla cultural” es la lucha permanente por la construcción de un sentido común dominante, porque solo así es posible reproducir y aceptar el orden simbólico, es decir, el modo por el cual nos representamos el mundo, bajo las ideas y con las palabras de la propaganda mundial), y golpes judiciales, para disciplinar a la dirigencia política, encarcelar líderes y lideresas, y si es necesario, matar, o intentar hacerlo.

 Una verdad antipática

Qué declaró Cristina Kirchner en la causa por el intento de magnicidio
intento de magnicidio a Cristina Fernández de Kirchner, 1 de septiembre de 2022.

Argentina está en guerra. Es una triste noticia que hay que enfrentar. No es porque el pueblo argentino lo haya querido, tampoco hace falta esperar una declaración explícita. Es el devenir de la política exterior norteamericana, que entrecruza la doctrina Monroe y la doctrina de seguridad nacional.

A partir de la ley de seguridad nacional, en 1947, Estados Unidos sentenció que cualquier nación que busque su autodeterminación o no se someta a la superioridad norteamericana, se convierte en una potencial amenaza, con las consecuencias que implica en el contexto del “Corolario Trump”. La paz nuclear no fue una toma de conciencia. Fue la consecuencia de las dos bombas atómicas sobre la población japonesa, en 1945. Y aun así (increíblemente), Japón es el socio estratégico de occidente en el Pacífico.

Luego de la segunda guerra mundial, el combate continuó con la guerra fría, con capítulos centrales, como la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, la guerra de los misiles y la carrera espacial. Nuevamente, la guerra por otros medios, o por todos los medios. A la par, surgía el “nuevo liberalismo”, bajo la doctrina del laissez faire, que consolidó su hegemonía mundial a partir de la caída del muro de Berlín y el Consenso de Washington, en 1989.

Con Latinoamérica hundida en dictaduras, o democracias frágiles, Europa bajo el mando de la OTAN y África subsumida en guerras civiles y luchas de independencia, la frontera del imperialismo hacia el este con el mundo árabe se convirtió en el teatro de operaciones de un nuevo enemigo. En su dinámica de fabricar un permanente otro, enemigo al que capturar o vencer, crearon un nuevo terrorismo propagandístico, ya no ideológico, sino religioso.

Sus intereses energéticos y estratégicos llevaron al imperialismo a intervenir en la guerra del golfo, contra Irak, en 1990, apoyar células paramilitares, invadir Afganistán, en 2001, Irak, en 2003, y asesinar a Saddam Hussein, ex presidente irakí, por posesión de armas nucleares que no fueron comprobadas. En 2014, EE. UU. también asesinó a Mohamar Gadafi, líder popular de Libia, que derivó en una guerra civil y una masacre en ese país, entre otros crímenes de guerra en esa región. La caída de las Torres Gemelas, en 2001, fue el detonante simbólico para justificar la guerra contra el mundo árabe-islámico, disfrazada de combatir contra el terrorismo fundamentalista.

Fue, también, el modo de dirigir el huracán de la guerra a las fronteras de la nación persa, luego del triunfo de la revolución islámica iraní, en 1979. Mientras, el genocidio en Palestina se perpetuó en forma sistemática desde 1947 hasta hoy, con la creación del estado de Israel, y el retiro del protectorado inglés sobre ese territorio históricamente islámico y árabe.

Con este derrotero, la guerra mundial no terminó en 1945, sino que se modernizó. No solo actualizó los modos de combate, sino que expandió el territorio de conquista a la población civil, a su arquitectura social, a los modos de vivir, la cultura, la tecnología y hasta la estructura psíquica.

Ucrania arrasada

Estos son los parámetros de la guerra cognitiva del presente: bombardeo de imágenes falsas y contenido engañoso por redes digitales segmentadas algorítmicamente. La superioridad china en la guerra comercial post pandémica, la derrota inminente de la OTAN en Ucrania, las dificultades para mantener una guerra sostenida contra los países árabes, obliga a EE. UU. a replegarse sobre este continente y aumentar su defensa y control de los pasajes continentales, tanto las rutas del ártico, con la apropiación de Groenlandia, como del Atlántico sur, la región patagónica y los territorios de ultramar argentinos, hoy ocupados ilegalmente por Gran Bretaña.

Con el ascenso de China y su expansión en la región como principal socia comercial en Latinoamérica, la administración actual de Donald Trump debe replegarse y retomar una agresiva política de control sobre este territorio, como forma de disuadir la presencia china, o de cualquier otra potencia en el continente, lo que significa el aumento de la escalada bélica en nuestra región.

Si los países de América Latina y el Caribe continúan un proceso de fragmentación política, y naturalizan su devenir de países, en vez de reconstruir el sendero de la unidad de la nación latinoamericana, no solo condenan su futuro a la servidumbre neocolonial, sino que se someten a posibles nuevas divisiones y fracturas territoriales que concedan el dominio de mineras y  pasajes geoestratégicos a Estados Unidos, que le garanticen otro periodo de reinado occidental. La guerra por el todo se avecina en nuestras costas. El territorio argentino es blanco de ataque porque nuestra ubicación y recursos son claves.

Para convencer a la población de aceptar su destino de dominación, se digita una precisa guerra cognitiva a través de la propaganda mundial y sistemas formadores de opinión, que exaltan la ira, el odio y el resentimiento, sin dar lugar al razonamiento, ni a la conversación. Esto conduce a un estado de polarización de opiniones, pero además, naturaliza la indolencia y la perversión, como valores fundamentales y naturales del lazo social, lo que atenta contra la comunidad y el sentido de humanidad.

Se producen sujetos sádicos y psicóticos, no en el sentido patológico, sino en el sentido (anti)social. Se trata de una psicotización de la población, producto de una alteración neurolingüística permanente, por su interacción tóxica con una tecnología que posee, y que lo posee.

Febo asoma

El primer izamiento de la bandera argentina, creada por Manuel Belgrano, fue en febrero de 1812, en Rosario. Fue institucionalizada por el Congreso de Tucumán, que declaró la independencia formal de la corona española, en julio de 1816, y ratificada en 1818, con la inclusión del Sol de Mayo. Este sol incaico, de treinta y dos rayos, fue el primer símbolo nacional, aprobado por la Asamblea de 1813, y sellado en nuestra moneda, el peso argentino.

¿Quién ganó y qué pasó en el Mundial 1978? | DAZN News España
Banderas argentinas en la celebración del mundial de fútbol, 1978.

La inclusión del sol en la bandera de las Provincias Unidas del Río de la Plata, permitió contar con una bandera mayor, una insignia de guerra, o bandera oficial, mientras que la bandera celeste y blanca, sin el sol, cumplió funciones de uso civil. Un criterio establecido durante las guerras civiles, pero que se mantuvo con la unificación de la República Argentina. La bandera oficial es celeste, blanca y celeste, con el sol de mayo, pero solo es utilizada en actos oficiales, o conflictos armados. La ciudadanía debe utilizar la bandera solo con los colores (celeste y blanco), sin el sol. Esta reglamentación durará hasta el retorno a la democracia.

En 1985, el gobierno de Alfonsín estableció por ley una única bandera, la celeste y blanca, con el sol en el centro. Aunque siempre fue la bandera oficial, es la primera vez que esta bandera, con el sol guerrero, es oficializada para el uso civil. Una bandera de guerra en democracia es un símbolo que nos recuerda el estado de dependencia y el estatus semicolonial de la Argentina. Significa que el conflicto sigue abierto, que la batalla por nuestra libertad no concluyó.

Quienes hoy pregonan la Argentina libre, lo hacen en nombre de nuestra dependencia. Los incendios intencionales en la Patagonia no sólo expresan el desprecio por nuestra patria, sino que obran con la intención de expropiar el sur argentino, y extender la ocupación colonial por asentamiento que los ingleses ya ejercen sobre nuestras Islas Malvinas, desde 1833.

Este panorama exige replantear nuestro estatus democrático. Se trata de una democracia limitada por un poder judicial, que facilita la fuga de capitales, crea causas inexistentes y persigue opositores, con el apoyo de la prensa “independiente”. La publicidad disciplina a los medios en el modo de construir opinión pública, porque dependen de la pauta para su sostenibilidad, e inciden en los contenidos editoriales

.En tiempos de los Kirchner, la opinión positiva sobre políticas nacionales era signo de inobjetividad, producto de una supuesta anteojera ideológica militante, como si se tratara de un partido de fútbol de dos históricos rivales. Mientras que la opinión negativa sobre políticas antinacionales de Milei, son injustificados actos de boicot al gobierno, con el afán de desestabilizarlo y no permitir el supuesto beneficio que implica el sacrificio fiscal del presente.

En este escenario es fundamental recuperar la doctrina sanmartiniana, verdadera doctrina de liberación de este territorio. El pueblo argentino no solo niega el legado del General Perón, héroe nacional del Siglo XX, sino que olvida sus orígenes en los combates y victorias del General San Martín, que dieron nuestra libertad. Nuestra bandera guerrera, no representa un pueblo violento, ni beligerante, sino un pueblo digno, que sabe defenderse de la permanente agresión imperialista. Se trata de recuperar una doctrina de “pueblo en armas”, no para entrar a la guerra, sino para salir de ella. No entramos en guerra por convicción, sino por consecuencia de la violencia y de la inocultable política de muerte que el imperialismo disemina sobre nuestros territorios.

Un pueblo en armas es un pueblo armado de humanidad, no de balas. Un pueblo en armas es un pueblo en alerta, que reconoce en sus costas una amenaza o una agresión. Se trata de un pueblo informado y formado en su historia y su contexto, con herramientas para analizar, entender y, sobre todo, transformar, no solo opinar. Un pueblo en armas es un pueblo de paz. Un pueblo desarmado es víctima de su propia ignorancia, y en pueblo ignorante es víctima de su destrucción. Mientras tanto, el sol de mayo asoma cada día y nos recuerda que todavía estamos a tiempo de actuar, y que cuando sale el sol, sale para todos.

* Periodista y editor en Ediciones CICCUS.

Notas

[2] Una mínima postura en contra de la agresión imperialista y a favor de un país latinoamericano del reciente gobierno uruguayo de Yamandú Orsi, es suficiente para condenarlo y esmerilar cualquier intento de política progresista. Infobae, 6 de enero de 2026. Ver enlace: https://www.infobae.com/america/america-latina/2026/01/06/criticas-al-gobierno-de-yamandu-orsi-por-la-postura-sobre-venezuela-y-maduro/

[3] A modo de ejemplo de cómo operan las acciones psicológicas y su caracterización, recomendamos el artículo Zanarini, O. (2023). “Saqueos, acción psicológica y “good show”, Diagonales. Ver enlace: https://www.diagonales.com/opinion/saqueos–accion-psicologica-y–good-show-_a64ed1bd5019b823beba6083a

[4] A propósito de la guerra multidimensional y su centralidad en Venezuela: Caciabue, M. (2026). “Tres elementos para entender lo que pasa en Venezuela”, NODAL. Ver enlace: https://www.nodal.am/2026/01/tres-elementos-para-entender-lo-que-pasa-en-venezuela-por-matias-caciabue/

[5] El neoliberalismo publicita un mundo libre de la pobreza, pero sus métodos son, en esencia, ineficientes: Houtart, F. (2005). “El sentido de la lucha contra la pobreza para el neoliberalismo”. Centro Tricontinental. Ver enlace:  https://www.cetri.be/El-sentido-de-la-lucha-contra-la?lang=fr

[6] Recomendamos el artículo de Marín, E. (2011). “Israel apoyó las dictaduras de Argentina y Latinoamérica”. Rebelion. Ver enlace: https://rebelion.org/israel-apoyo-las-dictaduras-en-argentina-y-latinoamerica/