Victorias sociales en Suiza:  Las urnas borran iniciativa xenofóbica

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Sergio Ferrari

Con una clara mayoría la ciudadanía helvética frenó una iniciativa que proponía controlar el número de inmigrantes y refugiados. Casi el 55 % de los votantes rechazaron en las urnas esta propuesta que de haberse aprobado hubiera impuesto un control inmigratorio aún más fuerte para evitar que el país llegue a los 10 millones de habitantes. 

La iniciativa fue promovida por el Partido Popular Suizo, PPS, (Unión Democrática de Centro, según sus siglas en francés), principal formación de extrema derecha y primera fuerza electoral del país. El PPS controla un 30% del electorado, cuenta con una fuerte presencia en el legislativo y dispone de dos de los siete puestos del ejecutivo colegiado, en lo que se denomina la “fórmula mágica”, con cuatro partidos que integran el Gobierno nacional.

Bofetada a la ultraderecha

“¡No a una Suiza de 10 millones!”, el proyecto denominado también como “Iniciativa de Sostenibilidad”, proponía definir un techo poblacional máximo hasta 2050. Si antes de esa fecha la población suiza -que actualmente es de 9.1 millones de personas- superara los 9.5 millones, esta iniciativa, pretendía que el Gobierno y el legislativo tomaran las medidas necesarias a fin de frenar el crecimiento demográfico. La primera de ellas, una drástica restricción de nuevos ingresos por asilo y reunificación familiar.

Si no fuera suficiente, en una segunda fase, la Confederación Helvética renegociaría los acuerdos europeos que facilitan la inmigración laboral.  Hasta llegar, si fuera necesario, a rescindir su actual acuerdo con la Unión Europea (UE) sobre la libre circulación de personas. De caerse ese acuerdo deberían rescindirse los demás tratados bilaterales que rigen la estrecha cooperación entre Suiza y la Unión Europea, llevando al país alpino a un riesgoso aislamiento continental.

La población actual en Suiza es casi dos millones más alta que al inicio del siglo cuando registraba algo más de 7 millones. Más de una cuarta parte de la población residente es extranjera, base esencial para el crecimiento en un país donde la natalidad se encuentra en mínimos históricos. Amplios sectores clave de la vida del país como la salud, los cuidados (atención a ancianos y personas con capacidades diferentes), la construcción, el comercio, así como la restauración y hotelería entrarían en crisis si se limitara drásticamente la mano de obra extranjera.

En contra de esta iniciativa se habían expresado, formalmente, el gobierno y el parlamento, así como los principales partidos, desde los socialistas y los verdes hasta la izquierda extraparlamentaria, los radicales-liberales (derecha empresarial pro-europea) y el autodenominado Centro, de origen democratacristiano.

También se opusieron los sindicatos, Organizaciones No Gubernamentales (ONG) ambientales y de cooperación, asociaciones de derechos humanos y de protección de migrantes y demandantes de asilo. Fueron estos últimos los que más activamente movilizaron en especial en las grandes ciudades para asegurar el resultado que hasta días antes se proyectaba casi como “empate técnico” entre pro y contras.

Rechazo contundente, pero…

Aceptar la iniciativa es romper con Europa y favorece a la politica entieuropea de Trump-Anuncio publicitario. Foto: Sergio Ferrari.

Si bien las cifras fueron claras una advertencia flota en el panorama político nacional. El Partido Popular que lanzó esta iniciativa logró romper el techo histórico de su propio electorado y obtuvo casi el 45% de la simpatía de los electores helvéticos. Tras el tema de la inmigración, la ultraderecha conservadora acaparó la simpatía de sectores de centro y derecha que van mucho más allá de su propia base electoral.

Nuevamente, como sucede en toda Europa y en muchas otras latitudes, la dicotomía entre “el ser nacional” y el extranjero (sea trabajador regularizado, temporero, refugiado o solicitante de asilo) confronta posiciones, polariza sociedades y se convierte en el gran debate político-ideológico de estos tiempos. El miedo al otro, al diferente, juega de válvula de escape en realidades donde ciertos problemas, en particular la escasez de vivienda o la sobrecarga de ciertos servicios (transportes, hospitales) preocupan a una buena parte de la población. De ahí la trascendencia continental de este domingo electoral helvético.

El editorial del cotidiano progresista suizo Le Courrier del lunes 15 de junio advierte sobre tal dicotomía, aunque festeja la victoria sobre esta iniciativa a la que califica de “engañosa, manipuladora y xenófoba”. Engañosa, porque atribuye a la inmigración una serie de problemas que no habrían encontrado ninguna resolución en caso de establecerse contingentes migratorios. Por ejemplo, la carencia de vivienda, uno de los “males principales” del que se responsabiliza a los extranjeros.  En realidad, los esfuerzos para sacar la vivienda de la espiral especulativa son sistemáticamente bloqueados por los propios grandes grupos económicos que, al mismo tiempo,  utilizan este tema como bandera de denuncia contra el Estado.

Manipuladora, porque la iniciativa, también denominada de la “sostenibilidad”, argumentaba defender el medio ambiente en tanto son  el Partido Popular Suiza y la derecha suiza los que pregonan el regreso a la energía nuclear y defienden a muerte el uso del automóvil y quisieran debilitar el transporte público. Más de una vez, esa fuerza de derecha que proclama la sostenibilidad, ha avanzado posiciones negacionistas del cambio climático y del calentamiento global, como muchas de las extremas derechas en los distintos continentes.

El condimento xenófobo de la iniciativa frenada en las urnas este segundo domingo de junio, según Le Courrier, se expresa una vez más en la ofensiva contra los inmigrantes en general y los solicitantes de asilo en particular, aunque este último grupo represente un escaso 1,6% de la población total del país.

La mirada externa

El rechazo de la iniciativa «No a una Suiza de 10 millones» es interpretada por analistas y medios de prensa internacionales como un voto a favor de la estabilidad, de la apertura y, en particular, de la continuidad de las relaciones privilegiadas con los vecinos europeos. Enfatizan los riesgos que un tope a la población habría supuesto para las relaciones de la Confederación Helvética con la Unión Europea, de la cual depende en su comercio en general. Parte significativa de las importaciones de alimentos y elementos esenciales llegan de la UE y el 50% de sus exportaciones está dirigido a sus socios del continente.

Según el cotidiano francés Le Monde, gracias a la derrota en las urnas del 14 de junio, «Suiza no se convirtió en el primer Estado del mundo en fijarse un techo demográfico, como proponía una iniciativa… cuyo objetivo principal era cerrar las puertas a la inmigración».

El País de España, analiza que la “propuesta populista ponía en riesgo la relación con Bruselas porque, en última instancia, exigía la ruptura con la libre circulación de personas del bloque comunitario”. Y concluye que los votantes, al final, “han apostado por mantener este vínculo y su modelo de estabilidad económica, en el que se considera esenciales a los trabajadores inmigrantes para seguir creciendo”.

Por su parte el británico The Guardian recuerda que, aunque muchos países restringen la inmigración, “ninguno ha intentado nunca establecer un techo demográfico mediante votación, lo que confería a este escrutinio un alcance internacional inédito”.

Por su parte el cotidiano italiano Corriere della Sera destaca cómo el tema de la inmigración divide aguas y es «el más difícil de gestionar para los partidos tradicionales». Y señala que se trató de una de las campañas más costosas de la historia suiza. Y la revista alemana Der Spiegel escribe: «Quien no confía en el pueblo ya ha perdido la mitad de la democracia». El resultado de la votación es una prueba más de que los ciudadanos son perfectamente capaces de tomar decisiones complejas. «El argumento populista no siempre gana», declaró el responsable de la redacción de exteriores de Spiegel.

Más allá de las urnas

El mismo fin de semana de la votación de la iniciativa, la sociedad civil suiza protagonizó una jornada de intensa movilización. En Ginebra, el propio domingo 14 de junio, miles de personas se manifestaron contra la cita anual del G7 (Grupo de las 7 grandes potencias económicas capitalistas) que comenzó el lunes 15 en Evian, Francia, a apenas 40 kilómetros de distancia de la Ciudad de Calvino. Constituyó una de las protestas anti sistémicas de mayor importancia del último lustro en el país.

En paralelo, el sábado 13 y domingo 14, miles de mujeres, hombres solidarios y representantes de las diversidades, participaron en las principales ciudades helvéticas (Lausana, Ginebra, Zurich, Berna, Basilea, entre otras) en activas manifestaciones callejeras. Celebraban así la Huelga Feminista (también conocida como Grève Féministe o Frauenstreik), jornada anual que conmemora la histórica huelga de mujeres de 1991, exigiendo igualdad de derechos, mejoras salariales y numerosas reivindicaciones específicas en cada sector de actividad. En esta oportunidad, además, varias de las convocatorias subrayaron la necesaria confluencia entre los feminismos, la lucha contra la xenofobia y la prepotencia económica imperial de las grandes potencias.

Suiza, pequeño y tranquilo país, tapón alpino, centro geográfico de la Europa Occidental, vivió así un fin de semana de amplia movilización social. De las urnas a las calles, importantes actores de la sociedad civil alzaron sus voces, en este caso críticas y con éxitos evidentes.

 

*Periodista, investigador y analista argentino, radicado en SuizaColaborador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)