Diez años de relaciones entre Trump y Netanyahu

De “Bibi es un hombre fuerte” a “estás como una cabra”

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Luis Sevillano Pires

Donald Trump y Benjamín Netanyahu llevan una década alternando gestos de apoyo y momentos de fuerte tensión, a menudo con pocos meses de diferencia. El presidente de Estados Unidos ha presentado al primer ministro israelí como uno de sus socios más valorados y también le ha dedicado algunas de sus críticas más duras.

De “Bibi es un hombre fuerte” a “estás (loco) como una cabra”. Trump ha dedicado a Netanyahu elogios y críticas a partes iguales en 10 años; de Netanyahu no consta un solo ataque personal, lpero la actual guerra en Irán somete la relación a su mayor prueba.

Ese vínculo estratégico atraviesa su etapa más crítica desde el inicio del conflicto en Medio Oriente. La relación entre ambos dirigentes “explotó por los aires” tras el genocidio israelíe de los palestinos en Gaza. En una reciente conversación telefónica marcada por reproches mutuos, insultos y una falta de sintonía que refleja la complejidad del escenario internacional actual.

Israel recibe alrededor de 3,800 millones de dólares en ayuda financiera anual de Estados Unidos para la compra de armamento. En enero último, Netanyahu, declaró que desea que su país prescinda de la ayuda militar estadounidense en un plazo de diez años. Washington aprobó la venta de decenas de millones de dólares en equipos militares para ayudar a Israel en su guerra contra el movimiento islamista palestino Hamás en la Franja de Gaza, y ambos países guardan estrechos lazos de colaboración en el área de defensa desde hace décadas.

La guerra que estalló en Oriente Próximo ha vuelto a poner esa relación bajo presión y ha dejado al descubierto una realidad incómoda: incluso entre dos dirigentes que han basado parte de su liderazgo en la fortaleza mutua, los intereses nacionales pueden acabar imponiéndose a la afinidad política.

Una relación con altibajos

Uno de los principales puntos de unión entre ambos ha sido Irán. Netanyahu convirtió durante años la contención del régimen iraní en una prioridad absoluta de su política exterior. Trump respondió a esa demanda durante su primer mandato retirando a Estados Unidos del acuerdo nuclear firmado en 2015 entre Teherán y las grandes potencias.

Aquella decisión representó probablemente el momento de mayor sintonía entre ambos dirigentes. Para el primer ministro israelí suponía la validación de una estrategia que llevaba años defendiendo; para Trump, una oportunidad para reforzar su imagen de aliado firme de Israel.

Sin embargo, la relación nunca fue lineal. Tras la victoria electoral de Joe Biden en 2020, NetanyahuState Department notifies Congress of planned $8 billion arms sale to ... felicitó públicamente al nuevo presidente estadounidense. Trump interpretó aquel gesto como una deslealtad y tardó meses en recuperar el contacto con el dirigente israelí. Las heridas personales demostraron entonces que la cercanía política tenía límites.

Cuando Trump regresó a la Casa Blanca, Netanyahu fue el primer líder extranjero recibido oficialmente. El presidente estadounidense volvió a presentarse como el gran defensor de Israel, mientras el mandatario israelí recuperaba un interlocutor mucho más receptivo a sus planteamientos.

La relación parecía plenamente restablecida. Incluso hubo gestos simbólicos de enorme relevancia. Netanyahu llegó a proponer a Trump para el Premio Nobel de la Paz por su implicación en determinados acuerdos regionales, mientras el presidente estadounidense insistía en describirse como «el mejor amigo que Israel ha tenido jamás en la Casa Blanca».

Cuando los objetivos dejan de coincidir

El deterioro más evidente ha surgido en torno a cómo debe terminar el conflicto. Mientras Trump ha mostrado interés en contener la escalada y explorar salidas diplomáticas que eviten una guerra prolongada, Netanyahu se enfrenta a una presión interna creciente para mantener una línea dura frente a los enemigos de Israel.

Cada ataque, cada misil interceptado y cada amenaza procedente de grupos aliados de Irán alimentan las exigencias de quienes consideran que el Gobierno israelí debe responder con mayor contundencia.

En ese contexto, los desacuerdos tácticos se han transformado en diferencias estratégicas. Las filtraciones sobre conversaciones tensas entre ambos dirigentes reflejan una realidad inédita: Washington quiere evitar una expansión descontrolada del conflicto, mientras parte del liderazgo israelí considera que este es precisamente el momento para incrementar la presión militar.Casa Blanca de Clinton y Netanyahu

Después de su primera reunión con Binyamín Netanyahu, en 1996, Bill Clinton descargó su furia ante su equipo, irritado por la soberbia mostrada por el primer ministro israelí.- «¿Quién coño se cree que es? ¿Quién es aquí la puta superpotencia?», clamó Clinton, según cuenta el exnegociador del Departamento de Estado Aaron David Miller.

Netanyahu se ha jactado en varias ocasiones durante su carrera de tener bajo control a Washington. «Yo sé lo que es Estados Unidos. Estados Unidos es algo que se puede mover muy fácilmente en la dirección correcta. No se interpondrán», dijo el premier en 2001 sin saber que le estaban grabando.

Esa altivez de Netanyahu, unida a su belicismo parece haber llevado al límite al presidente DonaldTrump le dice a Netanyahu que está "jodidamente loco", según Axios Trump. «Estás jodidamente loco», le dijo en una llamada telefónica este lunes después de que el líder israelí ordenara intensificar los ataques contra Beirut a pesar del alto el fuego, una línea roja establecida por el mandatario republicano para evitar el descarrilamiento de las negociaciones con Irán. «Estarías en la cárcel si no fuera por mí. Te estoy salvando el pellejo. Ahora todo el mundo te odia. Todo el mundo odia a Israel por esto», reprochó Trump, que ha llegado a pedir que se conceda un indulto a Netanyahu en sus causas por corrupción.

«Es muy llamativo que hayan filtrado la conversación de Trump con Netanyahu: querían que se conociera. Trump le está diciendo a Netanyahu que Israel sin EEUU no es nadie. Es difícil ver escenario alguno en el que Netanyahu salga bien parado de esto», opina Haizam Amirah-Fernández, director ejecutivo del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC). «Este tipo de enfrentamiento era inimaginable hace dos o tres años. Supone un daño para Israel en su relación con el único país que realmente le importa, muy por encima de Alemania; el que garantiza que Israel opere con impunidad».

Una relación desigual

La crisis también ha puesto de manifiesto una asimetría evidente. Israel depende del respaldo diplomático, militar y estratégico de Estados Unidos. Su capacidad operativa está estrechamente vinculada al suministro estadounidense y al apoyo de Washington en los principales foros internacionales.

Transcripción completa de conferencia de Netanyahu y TrumpEstados Unidos, en cambio, dispone de mayor margen de maniobra. Esa diferencia explica por qué Trump suele expresar públicamente sus frustraciones y amenazas con un tono directo, mientras Netanyahu recurre a mensajes mucho más prudentes y evita la confrontación abierta con el presidente estadounidense. Incluso en los momentos de mayor tensión, el primer ministro israelí ha optado por rebajar públicamente las discrepancias y presentar cualquier diferencia como simples desacuerdos propios de una relación sólida.

A pesar de las fricciones, una ruptura total parece improbable. Los intereses estratégicos siguen siendo profundos: la contención de Irán, la seguridad regional y la cooperación militar continúan siendo prioridades compartidas. Los recientes ataques estadounidenses contra objetivos iraníes demuestran que, incluso cuando existen desacuerdos sobre el ritmo o el alcance de las operaciones, ambos países mantienen una coordinación estrecha. Sin embargo, la relación ha dejado de basarse únicamente en la confianza personal. Hoy depende más que nunca del cálculo político y de la utilidad mutua.

El momento actual puede marcar un punto de inflexión. Para Netanyahu, enfrentarse abiertamente a Trump supondría asumir un riesgo político y estratégico difícil de gestionar en plena guerra. Para Trump, distanciarse excesivamente de Israel podría generar costes internos entre parte de su electorado y debilitar la imagen de liderazgo internacional que pretende proyectar. Por eso, la gran pregunta ya no es si Trump y Netanyahu mantienen una buena relación personal.

La verdadera incógnita es cuánto resistirá una alianza histórica cuando los dos líderes empiezan a tener respuestas diferentes sobre cómo poner fin a la misma guerra. O si quieren ponerle fin, porque al fin y al cabo, muchos de quienes los respaldan saben que una guerra es también un excelente negocio (a costilla de miles y miles de muertos y países destruídos, claro).