Colombia recibe a Abelardo de la Espriella en estado de crispación política

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Juan Esteban Lewin

El país pasa de un gobierno de izquierda, liderado por Gustavo Petro, a uno de derecha, como ocurrió en buena parte de Latinoamérica

Cada cuatro años, el 7 de agosto es en Colombia un día muy particular: el festivo en memoria de la batalla que selló la victoria de los independentistas sobre los realistas en las guerras de independencia es el momento en que llega un nuevo mandatario a un país de larga tradición presidencialista. En este 2026 es también el día en que la izquierda entrega un poder que le fue esquivo por décadas, y en el que lo recibe un presidente sin trayectoria política previa que iniciará un Gobierno que ha prometido cambiar la política colombiana: Abelardo de la Espriella, el histriónico abogado penalista que sorprendió en las elecciones de mayo y venció al candidato del continuismo en el balotaje de junio.

El mandatario entrante, crítico feroz del presidente saliente Gustavo Petro, marca una continuidad en uno de sus rasgos más sobresalientes, el énfasis en el simbolismo. Si hace cuatro años Petro saludó a regañadientes a quien se convirtió ese día en expresidente, el derechista Iván Duque, esta vez De la Espriella no invitó a varios exmandatarios, cuando en el pasado todos estaban convidados. Decidió, de forma inédita, llevar la ceremonia fuera de Bogotá e intentó que fuera en una guarnición militar, algo que Petro le impidió al prohibir a los militares y policías prestar sus instalaciones para ello.

El presidente saliente y los congresistas de su partido, por su parte, anunciaron que no asistirán; han señalado a De la Espriella de no ser un presidente legítimo, ya sea por un fraude electoral en el que insiste el Petro sin pruebas, o por la ciudadanía estadounidense del nuevo mandatario, que es legal en Colombia, pero que la izquierda cuestiona fuertemente.

No se trata entonces solo de un cambio de régimen y de orientación política, en el regreso de un péndulo que, hace cuatro años, se movió de la derecha a la izquierda, sino de una polarización mucho más profunda, con un presidente entrante que ha hablado de judicializar al saliente. Es, a la vez, una prueba de la amplitud que ha ganado la democracia colombiana —capaz de llevar al poder tanto a un exguerrillero como a un outsider de derecha en apenas cuatro años— y una prueba de qué tan resistentes son sus contrapesos frente al encono que separa a ambos liderazgos.

Ese nivel de choque pone a prueba, además, una de las señas de identidad de Colombia en la región: su tradición de moderación institucional, de 70 años de traspasos pacíficos del poder, sin golpes de Estado, expropiaciones o hiperinflaciones. La pregunta que abre esta transición es si esa tradición resiste el sectarismo, las denuncias de fraude sin pruebas y el choque frontal entre el Ejecutivo saliente y el entrante, o si la crispación de hoy es apenas el primer síntoma de algo más profundo.

Ese encono va más allá del cambio de tendencia política, que tampoco es menor cuando en el Gobierno entrante se juntan señales propias de la ultraderecha —como un canciller que cree en las teorías del movimiento MAGA de Estados Unidos, o un ministro de Vivienda que ha hecho política como pastor cristiano— con otros elementos más propios de la derecha tradicional que encarnaba Duque.

Abelardo de la Espriella y miembros de su equipo de empalme

La aspereza se explica, en parte, porque De la Espriella es un presidente inusual para Colombia. Sus antecesores habían sido congresistas, ministros o aspirantes presidenciales por años; eran viejos conocidos de la política, y ya habían negociado, disputado o incluso sido aliados de sus contendores. Él, en cambio, a los 47 años era conocido por llevar casos de alto perfil mediático y por haber asesorado a los paramilitares en su negociación de paz con el Gobierno de Álvaro Uribe hace más de 20 años, pero no tenía experiencia electoral ni en el ejercicio político. Lo suyo eran los negocios privados, desde el derecho penal hasta una marca de ron.

Por eso, su llegada al escenario político fue disruptiva, en un cambio que potenció una estrategia electoral que tenía en el corazón el mercadeo político más que la ideología, aunque estuviera siempre marcada por fuertes críticas al Gobierno de izquierda. Cantante aficionado, Abelardo, como se le conoce, fue sumando atención gracias a una estrategia digital muy contemporánea y muy distinta de la del resto de candidatos que, si bien tenían en mayor o menor grado un pie en el mundo de internet, no tenían un personaje digital tan armado como De la Espriella.

Mientras otros candidatos de la derecha se agrupaban y debatían un mecanismo para elegir a uno de ellos, y la izquierda se organizaba detrás de la continuación del proyecto de Petro, De la Espriella se enfocaba en sectores específicos: retirados de las Fuerzas Militares, personas altamente religiosas, pequeños empresarios. Así conquistó un electorado que en el pasado había apoyado a los candidatos del expresidente Álvaro Uribe Vélez, pero que en las elecciones de 2022 había terminado llevando al balotaje a Rodolfo Hernández, el exalcalde de Bucaramanga que también se presentó como una fuerza antipolítica.

De allí surgió la fuerza que lo llevó a la Presidencia, una fuerza tan variopinta como lo es el equipo que lo acompañará en el poder desde hoy: activistas, políticos de carrera, figuras gremiales, excongresistas de partidos de la derecha establecida como Cambio Radical o el Centro Democrático, líderes políticos evangélicos. Lo que Colombia conocerá a partir de hoy es el carácter de De la Espriella como gobernante, como líder político y como administrador público.

Abelardo de la Espriella interviene durante el desfile militar del Día de la Independencia, en Medellín, el 20 de julio
En las tres facetas, el abogado enfrentará situaciones complejas, como el deterioro de la seguridad en amplias zonas del país, donde las economías ilegales del narcotráfico, la minería ilegal o la extorsión han nutrido el crecimiento de distintos grupos armados que, además, en muchas ocasiones compiten entre sí de forma violenta por mantener esas rentas y ejercen una gobernanza criminal con la que reemplazan al Estado en sus funciones más básicas.

Ante esa situación —que despierta traumas en un país que por décadas vivió un complejo conflicto armado— De la Espriella ha respondido con fórmulas sencillas y efectistas que deberá aterrizar: la construcción de megacárceles, la negativa a negociar con cualquier grupo armado y el llamado a reactivar la fuerza del Estado en su máxima expresión. Son fórmulas que chocan, según muchos expertos, con una realidad más compleja, en la que al frente no hay ejércitos como el que intentó construir la extinta guerrilla de las FARC a fines del siglo XX e inicios del siglo XXI, sino grupos que, en muchos casos, tercerizan o franquician las rentas ilegales en diferentes lugares. Se trata más de estructuras empresariales ilegales que de guerrillas en el sentido clásico.

La falta de estrategia conocida para enfrentarlas es una muestra de los interrogantes abiertos. Otros problemas, como el abultado déficit fiscal que deja el gobierno Petro o la crisis humanitaria en el sector salud, requerirán también respuestas rápidas, en un cóctel de situaciones exigente para cualquier gobernante experimentado.

A esos retos de gobierno, De la Espriella suma uno atípico en la política colombiana reciente: administrar la oposición de un expresidente que no ha dado señales de querer bajar el tono, que deja el Ejecutivo con una popularidad alta, que rodea el 40%, y que ha hecho carrera justamente como opositor, más que como administrador. Petro llega al final de su mandato hablando de fraude electoral, convirtiéndose De la Espriella en un estreno inhabitual para el país: desde el siglo pasado no ocurría que un mandatario saliente se convirtiera, desde el primer día de su sucesor, en la cabeza más visible y más beligerante de la oposición.

Gustavo Petro durante su última aparición en plaza pública como presidente, en Soacha, el 4 de agosto

Frente a todo eso, y consciente de que incluso en campaña su trayectoria podía jugar en su contra, el presidente entrante ha delegado gran parte del protagonismo en su fórmula vicepresidencial, el exministro de Comercio y de Hacienda José Manuel Restrepo. Se trata de un economista reconocido en círculos académicos, que fue rector de tres universidades en Bogotá y Medellín, además de tener trayectoria empresarial. Alguien que ha empezado a brindar cierto grado de seguridad y tranquilidad al empresariado y a sectores conservadores, más tradicionales y menos antisistema que aquellos que representaba directamente De la Espriella, y que además puede ayudar a liderar un equipo y a conseguir figuras para cargos fundamentales del Gobierno.

Aunque aún siguen en el aire algunos puestos neurálgicos, como la dirección del Departamento de Planeación Nacional o la presidencia de Ecopetrol, con el Gabinete que ya ha designado ha dejado claro que busca repetir la mezcla entre un activista disruptivo y llamativo y un tecnócrata más aburrido pero con más gravitas.

Es una mezcla que también tiene algo de combinación entre su propia representación del Caribe —la región de la que es originario y que hace más de 100 años no tenía un presidente— con el interior andino y más adusto al que representa Restrepo. Justamente, la cuestión regional es un elemento que también ha sido central en sus promesas antes de asumir la Presidencia.

De la Espriella ha afirmado que buscará reducir el tamaño del Estado en un 40%, que bajará los impuestos, y que en sus primeros tres meses logrará la captura o muerte de cinco cabecillas significativos de diferentes grupos ilegales. También ha dicho que convertirá a Barranquilla —la principal ciudad de la región Caribe, y donde tiene la sede principal su firma de abogados— en la capital alterna de Colombia, y que otras grandes ciudades como Medellín y Cali serán también sedes del Gobierno. Es una forma de expresar de manera clara y simbólica su rechazo a lo que su íntimo amigo, socio y estratega de campaña, Carlos Suárez, ha llamado por años “bogocentrismo”.

De la Espriella también ha anunciado que dedicará buena parte de su Gobierno a estar en el territorio, escuchando a alcaldes y pobladores de diferentes regiones, mientras Restrepo se encarga de lidiar con la administración en Bogotá o de hacer las visitas internacionales de rigor. Se trata no solo de una visión del país, sino también de una visión política: esa mirada le ha traído ya buenas relaciones con alcaldes y gobernadores. Esos centros de poder político, distantes de Petro, son claves para constituir una fuerza nacional de derecha, que De la Espriella ha empezado a construir con la fundación de un partido propio: Defensores de la Patria.

¿Hasta dónde ese partido tendrá vuelo propio? ¿Hasta dónde De la Espriella representa esa nueva derecha que en América tiene grandes exponentes como Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador o Donald Trump en Estados Unidos? Es algo que aún está por verse. Colombia es un país con un sector privado fuerte, diverso y poderoso; con unas fuerzas armadas que se precian de mantener distancia de la política y de no haber ejecutado ningún golpe de Estado en más de 70 años; y con regiones que tienen un poder propio significativo. De la Espriella es, por ahora, más una promesa y un interrogante que un camino claro en algún sentido. Lo que ocurra en los próximos días ayudará a saber cuál es: si finalmente tomará el camino de una derecha tradicional con nuevas formas, o si detrás de su imagen digital renovadora viene una nueva era para el país.

* Periodita colombiano. Jefe de Redacción de la edición América Colombia (El País), en Bogotá.