Ceuta, los migrantes y las tensiones geopolíticas entre Marruecos, Israel y la propia UE

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Laura García

Miles de migrantes cruzaron en los últimos días desde Marruecos hacia el enclave español de Ceuta, en el norte de África, desatando fuertes reacciones tanto en España como en la Unión Europea y elevando aún más las tensiones diplomáticas entre Madrid y Rabat.

Esta narrativa, compartida por figuras como Donald Trump, califica lo sucedido como un «efecto llamada» provocado por las políticas progresistas. Sin embargo, diversos analistas señalan que se trata de propaganda oportunista, diseñada para presionar a España en medio de un complejo tablero de tensiones geopolíticas en el que están implicados Marruecos, Israel y la propia Unión Europea.

En realidad, quienes cargan las tintas de forma directa contra el gobierno español están pasando por alto —quizás de manera deliberada— factores que resultan cruciales para entender lo que de verdad pasó en Ceuta.

Para empezar, hay que poner sobre la mesa la reciente visita de Pedro Sánchez a Argelia, así como los últimos gestos de sintonía y lealtad del rey de Marruecos hacia Trump. Entre estas acciones destaca, por ejemplo, el haber bautizado una nueva autopista en el Sáhara Occidental ocupado con el nombre del presidente estadounidense, un guiño directo tras el respaldo de la Casa Blanca a la ocupación marroquí. A esto se le suma la cooperación diplomática y la alianza estratégica que Rabat mantiene con el Gobierno israelí.

En mitad de este cruce de tensiones, el embajador de Israel ante la ONU, Danny Danon, echó más leña al fuego al calificar públicamente a Ceuta como un «enclave colonial» español. Aunque la embajada israelí en Madrid se apresuró a matizar que «esa no era la postura oficial del Estado de Israel», los ministros más radicales del ala de Netanyahu (como Itamar Ben-Gvir o Amichai Chikli) celebraron con ironía la crisis migratoria para desgastar a Pedro Sánchez.

Europa lleva tiempo pagando a paises terceros para que controlen los flujos migratorios. De hecho, frenar la inmigración irregular en la frontera marroquí depende de la llamada «externalización de fronteras», una estrategia conjunta con la que tanto España como la Unión Europea financian a Marruecos. Sabiendo esto, ¿cómo se explica que de pronto cruzaran tantas personas a la vez? Es materialmente imposible que esto ocurra si las fronteras se custodian con normalidad; hablamos de que Marruecos recibe millones de euros precisamente para evitar estos saltos ilegales. Esta táctica de abrir la mano y permitir el paso de multitudes para ahogar a un gobierno no es nueva; Rabat ya la ha utilizado antes como herramienta de presión política contra España.

Lo dramático es que el Gobierno español no puede denunciar este chantaje geopolítico abiertamente. En sus comparecencias oficiales, la Moncloa mide cada palabra al milímetro para evitar señalar directamente a Rabat, prefiriendo desviar la culpa hacia las redes de tráfico de personas y las mafias criminales. Este silencio forzado evidencia la extrema fragilidad de las relaciones diplomáticas con nuestro vecino del sur. Acusar a Marruecos de utilizar estas estrategias híbridas en el escenario internacional significaría rebasar una línea roja que podría dinamitar por completo las relaciones bilaterales, los acuerdos de seguridad y el comercio.

La envergadura de este episodio, tanto por las cifras de la crisis como por su impacto en los informativos de todo el mundo —sumado a los ataques de líderes de la derecha internacional como Trump, Musk y sus aliados—, debería hacernos reflexionar a fondo. ¿Qué hay realmente detrás de lo que está pasando?

Las administraciones de Estados Unidos e Israel tienen en su punto de mira al Gobierno de España desde que este se plantó en defensa de Palestina, los derechos humanos y en contra de la guerra que Trump declaró unilateralmente a Irán. Como respuesta, el Departamento de Estado norteamericano ha redirigido fondos de ayuda exterior hacia fundaciones de derecha. La estrategia de Donald Trump se interpreta en los círculos geopolíticos como un giro histórico, que los medios internacionales ya tildan de «Guerra Fría ideológica global».

Bajo la batuta del secretario de Estado Marco Rubio, la política de seguridad estadounidense ya no prioriza el terrorismo yihadista, sino el combate activo contra lo que denominan la izquierda radical, el anarquismo y el comunismo transnacional. La realidad es que, bajo esas etiquetas de «comunismo» o «izquierda radical», meten a propósito en el mismo saco a todo el arco progresista, desde los sectores más extremos hasta la socialdemocracia más moderada.

Por su parte, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, rompió de forma unilateral el acuerdo Schengen con España durante un mes. De este modo, impuso controles fronterizos aleatorios en puertos y aeropuertos para viajeros de fuera de la UE, tras tachar la situación de amenaza descontrolada para Europa y acusar a Pedro Sánchez de generar un «efecto llamada». La respuesta de Madrid no se hizo esperar: el Gobierno español convocó con urgencia al embajador italiano para plantarle cara a esta «demagogia partidista», y envió una queja formal al Consejo Europeo denunciando ataques basados puramente en prejuicios. Además recordó al gobierno italiano que no tiene competencias legales para expulsar a un socio comunitario del espacio Schengen.

La postura de Meloni hace aguas por todos lados. En primer lugar, carece de reciprocidad geográfica, ya que Italia ha recibido más del doble de migrantes irregulares que España. Segundo, es jurídicamente inviable anular por las buenas los derechos de libre circulación de un Estado miembro. Y, por último, su postura no tiene ningún sentido en la práctica: los migrantes que se encuentran retenidos en la ciudad autónoma africana ya están sometidos a controles de identidad estrictos y obligatorios, por lo que no pueden viajar libremente a la península ni al resto del continente.

Todo esto resultaría absurdo y casi de risa si no estuviéramos hablando de una realidad que golpea a muchas personas. Ignorar cómo funciona la alta política hoy en día, y cómo se entrelazan sucesos que a simple vista parecen no tener nada en común, es no entender absolutamente nada de las relaciones internacionales modernas. Además, el ruido de los debates políticos tradicionales eclipsa por completo el drama humano de quienes han perdido la vida intentando cruzar la frontera. Quienquiera que haya permitido o empujado a estas personas a arriesgarse en masa para utilizarlo como moneda de cambio político, es cómplice directo de sus muertes.

*Reportera de BBC Mundo