¿Qué cambió el 11S?

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Pedro Brieger

Hace 25 años el planeta se paralizó al ver en vivo y en directo cómo dos aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas en la emblemática ciudad de Nueva York, el corazón de los Estados Unidos.   Sesenta años después de Pearl Harbor otra vez Estados Unidos había sido atacada en su territorio.  La gran diferencia es que la mayoría de los muertos en 1941 fueron militares, mientras que en 2001 fueron civiles.

Asesinato de niños en Afganistán

Los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono el 11S provocaron un verdadero terremoto en la agenda política internacional.  No fue para menos: se había atacado en su territorio a la primera potencia mundial y las impresionantes imágenes de destrucción presagiaban un alto número de víctimas.  En casi todo el mundo hubo muestras de dolor y solidaridad, incluso en la República Islámica de Irán, enfrentada a Estados Unidos.

El impacto de lo sucedido y su efecto mediático llevó a que muchos plantearan que existía en la humanidad un antes y un después del 11S.  

El ataque reafirmó la concepción dominante dentro de la sociedad estadounidense de que existe un odio visceral y eterno hacia su forma de vida.  Esta visión es compartida por la mayoría de los medios de comunicación del llamado “mundo occidental” que tiene una tradición de minimizar –e incluso ocultar- lo que las grandes potencias han hecho en otros lugares a lo largo de la historia. Las víctimas del 11S tienen caras, nombres e historia personal, mientras los que mueren por los bombardeos estadounidenses suelen ser –en el mejor de los casos- apenas un número estadístico.

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Bin Laden

Una frase muy repetida a raíz del 11S es que el mundo cambió.  En realidad, cambió para la sociedad estadounidense, que se sintió vulnerable y vulnerada por primera vez en décadas.  Había que responder.  Después de los ataques comenzó lo que el presidente George Bush (h) denominó “la Guerra contra el Terrorismo”.  Y se embarcó en guerras imponiendo el terror en aquellas regiones que Estados Unidos decidió atacar; primero Afganistán en 2001, luego Irak en 2003.   El ataque recibido reforzó la habitual indiferencia norteamericana a las vidas ajenas y la “Guerra contra el Terrorismo” se convirtió en una “guerra permanente”.

La simpatía hacia el país afectado se evaporó como consecuencia de la invasión a Afganistán e Irak. Las imágenes de soldados abusando y torturando en la cárcel iraquí de Abu Ghraib fueron apenas la punta de un iceberg gigantesco de bombardeos indiscriminados sobre poblaciones civiles.  De esta manera se devolvió a Estados Unidos al papel de victimario y se dejó atrás el de víctima.  En otras palabras, todo volvió a la “normalidad”:  Estados Unidos interviene en cualquier lugar del planeta.  En Afganistán primero dijeron que querían cazar a Osama Bin Laden; luego, que había que destruir a Al Qaeda y derrocar a los talibanes, para terminar ocupando el país durante veinte años.  

Los bhorrores de Abu Gharib

En Irak la excusa fueron las famosas “armas de destrucción masiva” que supuestamente tenía Saddam Hussein y nunca aparecieron.  La ocupación desmanteló toda la infraestructura estatal y al mejor estilo colonial Bush designó al diplomático Paul Bremer al frente del país con poderes absolutos, como un virrey.   En ese contexto Al Qaeda se estableció en Irak -donde no había tenido presencia- y luego evolucionó hacia el Estado Islámico (ISIS por su sigla en inglés) que comprendió la fuerza del “espectáculo” decapitando rehenes antes las cámaras.

El mundo no había cambiado el 11S.  Lo que había cambiado era la autojustificación para el uso (nuevamente) de la capacidad de destrucción de la primera potencia mundial.   En nombre de la civilización (como siempre) Estados Unidos ocupó Afganistán para “liberar” a la población del yugo de los talibanes.  Pero cuando las tropas se retiraron los talibanes –que son afganos- recuperaron el control del país.

El proyecto “Cost of War” (Costo de la Guerra) de la Universidad de Brown (EEUU) estima que las guerras lideradas por Estados Unidos desde 2001 han causado, directa o indirectamente, la muerte de entre 4.5 y 4.7 millones de personas. Esto incluye unas 940.000 muertes directas y entre 3.6 y 3.8 millones de muertes indirectas por enfermedades, desnutrición y complicaciones de salud.  Según este estudio, solo en Afganistán hubo 176 mil muertes vinculadas directamente a la ocupación.  Por otra parte, murieron unos 2300 soldados norteamericanos en Afganistán y unos 4.500 en Irak.  Entre los dos países muchos más muertos propios que en el ataque a las Torres.

El 11S fue un punto de inflexión, aunque en lo esencial no cambió la política de los Estados Unidos.  La utilización de su poderío militar sigue siendo su forma habitual de intentar resolver conflictos.  El gran problema es que tampoco los resuelven.

*Sociólogo y periodista argentino