Costos mundiales de la guerra contra Irán
Una de cada tres personas no come lo necesario
Sergio Ferrari
Aunque los costos mayores los paga el propio Medio Oriente, la guerra desatada en febrero por los Estados Unidos e Israel contra Irán acarrea impactos negativos a nivel mundial. La crisis resultante tiene similitudes a la que vivió el planeta veinte años atrás.
A pesar de casi 14 mil kilómetros que separan a Teherán de la Ciudad de México o de Buenos Aires, la interdependencia de las economías hace que América Latina y el Caribe, así como prácticamente los demás continentes, sientan el efecto empobrecedor del conflicto bélico. A mediados de junio pasado, Estados Unidos e Irán firmaron un acuerdo que logró poner fin momentáneo a los ataques militares y reabrir el estrecho de Ormuz al tráfico comercial. Establecía además dos meses de plazo, hasta mediados de agosto, para lograr un acuerdo definitivo.

Sin embargo, a inicios de julio se reiniciaron las hostilidades luego de que en el marco de la reciente Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Ankara, Turquía, Donald Trump expresara sus dudas sobre la solución negociada del conflicto. Pase lo que pase en las próximas semanas –un nuevo enfriamiento o agravamiento de la crisis bélica– esta guerra ya está impactando directamente muchas esferas de la actividad económica mundial.
América Latina y el Caribe, golpeados
En el caso específico de esta región tan vasta, un informe reciente de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) bajo el título de Impactos en América Latina y el Caribe de las hostilidades recientes en la República Islámica de Irán y sus alrededores sostiene que este año el precio promedio de los bienes energéticos será de 20% a 25% mayor que en 2025. Sin duda una proyección preocupante aun cuando se trata de una región en una posición geográfica más favorable que otras debido a su baja exposición directa a los países del Golfo Pérsico. Y por demás alarmante para aquellos países latinoamericanos –la gran mayoría– que son importadores netos de hidrocarburos.
En otras palabras: si bien el aumento del costo de la energía generado por la guerra favorece la balanza comercial de los países que exportan hidrocarburos (principalmente Brasil, Venezuela, México, Argentina, Chile y Colombia), afecta significativamente a los que deben importarlos (la gran mayoría de la región). El encarecimiento energético de los que importan erosiona directamente el poder adquisitivo de la canasta de consumo, el transporte y básicamente todo lo necesario para el funcionamiento cotidiano y el bienestar de sus hogares. A esto se le suma el impacto causado en los alimentos por el aumento de los precios de los fertilizantes, cuya oferta y tránsito, al igual que con el petróleo y el gas, se concentra en gran proporción en el Golfo Pérsico .

Por otra parte, como subraya CEPAL, Latinoamérica y el Caribe, al igual que prácticamente el resto del mundo, confronta un “enfriamiento de la actividad económica mundial” que afecta sus perspectivas de crecimiento global. No menos importante, las consecuencias negativas en el terreno financiero y de política monetaria. La presión inflacionaria sobre las economías avanzadas lleva a sus bancos centrales a mantener tasas de interés elevadas por más tiempo del previsto, lo cual encarece el financiamiento externo para Latinoamérica y el Caribe.
“El aumento de la incertidumbre geopolítica”, argumenta CEPAL, “se asocia a una mayor demanda de activos considerados más seguros, lo que fortalece el dólar y crea una mayor presión sobre las monedas de los países de la región”.
Todo esto se da en el marco de una situación mundial de por sí preocupante, donde el costo de una alimentación saludable aumentó un 25% en cinco años y casi una de cada tres personas –nada menos que 2.690 millones de seres humanos– no logra nutrirse convenientemente. Significativamente, la región del planeta con los costos más elevados para una alimentación básica es América Latina y el Caribe. Según la FAO, esto se explica, en parte, por el hecho de que muchos de sus países priorizan las exportaciones de granos, carne y comestibles en desmedro de una oferta suficiente y diversificada para sus propios mercados y consumidores locales.
Dos grandes crisis en lo que va del siglo

La guerra de Medio Oriente y otros conflictos bélicos vigentes afectan tanto el aprovisionamiento de combustibles como el de fertilizantes, como ocurrió hace dos décadas, cuando el mundo confrontó una crisis muy grave debido al aumento del precio del petróleo. Según la organización internacional Grain (Granos/Semillas), la cual apoya a movimientos sociales del sector rural en todo el mundo, ese aumento se tradujo en aumentos paralelos en los costos de producción y distribución de alimentos, fenómeno que “trastocó la vida de cientos de millones de personas”.
El aumento del costo de los fertilizantes, dice Grain, obliga al campesinado en muchos países a sembrar menos o reducir el uso de fertilizantes en momentos en que el precio de los alimentos ya se está disparando debido al impacto energético en el procesamiento, el envasado y el transporte. Pero “lo peor está por venir en unos meses,” anticipa esta agencia con sede en Barcelona, España, “cuando los recortes actuales en la siembra o en el uso de fertilizantes se traduzcan en cosechas reducidas”. Con esa perspectiva, “la situación será especialmente grave para cultivos como el arroz, el maíz y el trigo”.
El análisis de Grain visualiza ciertas coincidencias entre estos dos periodos mundiales tan complejos. A inicios de siglo, por ejemplo, los efectos de los altos precios del combustible se vieron amplificados enormemente por fenómenos meteorológicos extremos, especialmente inundaciones y sequías. Ahora, el mundo está por encarar un súper El Niño con graves sequías e inundaciones durante este año y comienzos del siguiente.

En 2008, los especuladores financieros y las corporaciones que dominaban los sectores de semillas, fertilizantes y el comercio de mercancías y supermercados utilizaron su poder para obtener enormes beneficios y trasladar los costos al campesinado y los consumidores. Ahora, la concentración empresarial y el impacto de las finanzas y la especulación sobre el sistema alimentario se han agudizado.
Sin embargo, señala Grain, ambas coyunturas históricas exhiben diferencias. En primer lugar, la situación actual es consecuencia directa de la guerra y la agresión imperialista. En segundo lugar, “el mundo se ha vuelto indudablemente más desigual”, con una población mundial más vulnerable a los aumentos repentinos del precio de los alimentos que hace 20 años. Aumento que también impacta directamente en la vivienda, el transporte, la electricidad, el vestido y los medicamentos aun cuando los ingresos reales de la gente no se ajustan en absoluto.
En la coyuntura actual, prosigue Grain, los ricos se están volviendo mucho más ricos mediante la acumulación de riqueza en los mercados financieros y el sector tecnológico. Para los trabajadores, particularmente los que producen, procesan y distribuyen alimentos, la situación se está volviendo más difícil. En síntesis: “Los salarios disminuyen, los empleos son más precarios, el cambio climático y la intensificación de la agricultura hacen que el trabajo agrícola y el procesamiento de alimentos sean más peligrosos, y para muchas personas no existen protecciones ni beneficios sociales”.

A modo de conclusión, el estudio de Grain alega que “la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha vuelto a poner de manifiesto, de forma dolorosa, la excesiva dependencia de nuestro sistema alimentario de los combustibles fósiles y su vulnerabilidad ante las agresiones imperiales”. Si a esto se le suma la crisis climática, resulta urgente romper con dicha dependencia y construir sistemas alimentarios biodiversos, sin duda la única alternativa viable al uso y abuso de los combustibles fósiles. Construcción que puede convertirse en un punto común de confluencias sociales internacionales que unan a los diferentes movimientos sociales, pero con perspectivas reales solo si se fundamenta en la construcción de economías solidarias y equitativas.
¿Laberinto sin salida?
El diagnóstico del impacto negativo de la guerra en la sobrevivencia de la especie humana es claro, y muy diversas voces coinciden en la gravedad de la coyuntura presente donde la fuerza de las balas se impone a la viabilidad alimentaria de la población mundial. Sin embargo, la extraña confluencia de palabras afónicas de gran parte de la sociedad civil internacional y los oídos sordos del poder imperial marcan un escenario de penurias humanas y climáticas crecientes.
*Periodista, investigador y analista argentino, radicado en Suiza. Colaborador del Centro