El actual modelo democrático juega de visitante
Javier Tolcachier
Cualquier equipo de fútbol conoce la importancia de ser local en un partido. El aliento mayoritario de los hinchas, algo que pudiera parecer etéreo y alejado de las virtudes deportivas que despliega cada escuadra, muchas veces se convierte en decisivo.
Es que no solo inciden la destreza en el manejo del balón, las aptitudes físicas de los protagonistas o la planificación técnica. La enorme energía de aquellos que apoyan “desde afuera” de la cancha se introduce en el juego y en cada jugador, constituyendo un suplemento esencial para la definición en el marcador.
Por eso es que los seguidores de algunos clubes se autotitulan “la doce”, sumando un jugador más al once reglamentario. Pero sin duda que los reglamentos que rigen esta disciplina, la capacidad financiera de cada institución, junto a otros factores como el estado del campo de juego o las decisiones de los árbitros son los que a menudo pueden volcar la balanza a favor de uno u otro contendor.
Acaso algún lector se pregunte qué tiene que ver esta suerte de prólogo futbolero con la política y el estado actual de nuestro mundo. Pues la analogía es evidente. El actual modelo democrático no cumple con su misión de servir al bienestar porque desde su mismo origen “juega en campo ajeno”.
Orígenes y límites de la democracia, en breve
La democracia ateniense, citada escolarmente como el origen del actual sistema político predominante, si bien constituyó un avance frente al poder absoluto de las monarquías y las oligarquías de la época, aun cuando estimulaba la participación directa en los asuntos públicos, era sumamente excluyente. Solamente los varones adultos que eran ciudadanos y atenienses, y hubiesen terminado su entrenamiento militar tenían derecho a voto. De esa forma de democracia estaban excluidas las mujeres, los sometidos a esclavitud y los extranjeros, es decir, la mayoría de la población.
Dos milenios después, las luchas sociales han logrado revertir tan solo parcialmente las desigualdades. Las mujeres continuaron relegadas del ámbito político hasta hace tan solo un siglo – y en muchos lugares y ámbitos siguen sufriendo discriminación – y la proporción mayoritaria del pueblo permanece viviendo en condiciones desfavorables, esclavizada por la necesidad de sobrevivir en circunstancias desventajosas, desperdiciando en ello la mayor parte de su vida.
Wikipedia nos comenta que en la primigenia democracia griega “las opiniones de los votantes estaban notablemente influidas por las sátiras políticas realizadas por los poetas cómicos en los teatros.” Algo similar ocurre en la actualidad con los comediantes que fungen como estadistas y a la incidencia del aparato de comunicación hoy digitalizado, que los impulsa o defenestra.
La democracia formal, tal como funciona actualmente, es también hija de las revoluciones liberales de las burguesías que destronaron reyes e instituyeron leyes, pero no modificaron sustancialmente los esquemas de apropiación. Hoy como ayer, salvo en muy contados casos y con diferencias menores, las élites siguen dictando las reglas de juego, colocando a los árbitros y eligiendo en qué cancha se juega la vida social. Lo que, en términos prácticos, continúa yendo a contramano de la declamada voluntad libre y universal. No cabe duda de que se hace necesario «patear el tablero».
El sello cultural antidemocrático y su superación
Otro tanto sucede en la esfera internacional. Aun cuando los imperios coloniales han perdido formalmente entidad, la imposición de modelos, propia de la mentalidad imperialista, continúa atravesando la lógica de las relaciones entre las naciones y pueblos. El origen eurocéntrico del actual modelo democrático sigue imprimiendo su sello, siendo la norma a alcanzar, so pena de ser excluido o considerado “antidemocrático”. La inclusión de modalidades provenientes de otros esquemas culturales, son subvalorados y considerados de inferior calidad o genéricamente “atrasados”.
Esto no niega en absoluto la necesidad de revisar arrastres históricos bajo la lupa de la adaptación creciente a nuevas condiciones, pero considera un absurdo anacrónico e inmoral medir las bondades democráticas con la vara de la dominación imperial que todavía pretende subsistir. Mucho más considerando la hipocresía y crueldad de aquellos gobiernos y gobernantes que se arrogan actualmente la representación de “valores democráticos”.
En un planeta en el que las identidades emergen con fuerza de un obligado letargo y se conectan con otras reclamando su espacio, los nuevos modelos políticos deberán tender a un marco federativo que las respete en el marco de una Nación Humana Universal. Esta Nación común, podrá crecer a partir de nivelar las oportunidades de bienestar y desarrollo material y espiritual para todo ser humano, por el solo hecho de haber nacido.
Este nuevo equilibrio será fruto de una efectiva autodeterminación colectiva y personal, signada por la libertad de opción, para la cual será preciso una transformación en la escala de valores y sentidos existenciales. Una transformación que hoy ya pugna en la interioridad de grupos y comunidades que adoptan un estilo de vida no violento, solidario y celebran la riqueza que ofrece la convergencia en la diversidad.
Ojalá que podamos regar las canchas en las que se juega nuestro futuro con estos valores.
*Investigador argentino perteneciente al Centro Mundial de Estudios Humanistas, organismo del Movimiento Humanista.