Uruguay: La imagen de la democracia, entre torres y la intemperie

25

Eduardo Camín y Nicolás Centurión

Uruguay, la imagen de la democracia “empañada” comprender la diferencia que hay entre ser una izquierda en el sistema o la izquierda del sistema.

Desde hace un tiempo la democracia le saca brillo a la realidad, pero el tema padece de síntomas paradójicos: pareciera que cuando más se consolida la democracia peor vive la gente. En elegir y ser elegido está el todo y la parte de esta teoría general de la democracia fundamentada en reglas.

La democracia como problema no es una novedad, pues es inherente a la contradicción entre capitalismo y democracia, entre desigualdad social e igualdad política, que ha marcado la historia, no solo del debate sobre la democracia sino de su propia realización. Pero plantear el problema de la democracia es buscar la interrelación entre régimen político y las formas de explotación que han desarrollado las clases dominantes a lo largo y ancho de un proceso histórico determinado.

El mundo se fagocita en innumerables crisis, pero seguimos adoctrinándCómo detener el deterioro de las democracias - Latinoamérica 21onos en la semántica del liberalismo económico como la fuente de la ilusión, a las paupérrimas condiciones generales, en el continente de los desequilibrios. Una fragilidad característica de nuestra región. Pero parece ser que la democracia puede cohabitar y coexistir con las relaciones sociales de explotación y dependencia propias del capitalismo transnacional.

Desde hace mucho tiempo que venimos observando, comentando, y analizando, desde nuestras limitadas fuerzas, estas cuestiones, y debemos admitir nuestra incapacidad para generar opinión sobre estos temas.

Muchas veces nuestros dirigentes políticos, desde una óptica funcional, desbordan la propia realidad, y nos quieren convencer de lo trasnochados que somos, de lo equivocado que estamos. Insisten en que, en el mundo de la era digital, la lucha de clases es cosa del pasado, que adolecemos de una incapacidad cuasi alarmante de no ver la realidad de frente, de no querer “aggionarnos”, al pensamiento dominante. Pero dejemos estos aspectos aparentemente ideológicos – para algunos secundarios-, para entrar en el tema central.

América latina y Uruguay

En nuestra América Latina y en el Uruguay – a pesar del excedente de democracia- también los desequilibrios sociales nos acompañan desde el fondo de nuestra propia historia: somos un continente rico en materias primas, con ignominiosos índices de pobreza. Una pequeña elite de “demócratas” dirigentes se erige en los dueños absolutos de los medios de producción, frente a una mayoría sometida a la explotación.

Un 6,4% de hogares en Uruguay no rebasó la línea de pobreza en primer ...En este marco Uruguay pretende so pretexto de producir gobernabilidad, establecer el límite de tolerancia de los proyectos y objetivos sociopolíticos, compatibles con los procesos de reformas políticas.  Durante muchos años en nombre de la “gobernabilidad democrática” se han articulado políticas de ajuste económico, de flexibilidad laboral, de privatización y desnacionalización de la economía.

En realidad, el consenso es el aval para permitir una alternancia en el poder sin alternativa, pero con paz y seguridad ciudadana.  El futuro está diseñado y en él no hay lugar para el caos y la incertidumbre. Lo que varía es la acción pendular de la gobernabilidad. En ocasiones tiende hacia la izquierda progresista y en otros hacia la derecha conservadora con algunos tintes de fascismo como es el actual, moleste a quien moleste.

Gobernar de manera progresista o conservadora, en ello radica la diferencia. En aplicar unos u otros programas de gobierno. Pero lo que nadie duda es que la gobernabilidad constituye el punto de inflexión que separa una gestión eficiente o un mal gobierno.

La gobernabilidad amparada en la democracia burguesa es gerencia, es administración, bajo las directivas del Fondo Monetario Internacional o el banco Mundial.  Por ello se aplican los mismos criterios de mercado para la acción de gobierno: eficacia, productividad, competitividad, rentabilidad, etcétera.

Por lo tanto, las demandas sociales y los proyectos de cambio anticapitalistas y anti sistémicos pasan a la categoría de proyectos sociales inviables, ingobernables, generadores de inestabilidad y de alto riesgo para el proceso de globalización. Racionalidad y eficacia; racionalidad en el quehacer del Estado y en sus funciones administrativas, eficacia en el desarrollo de programas y políticas públicas. Ambos factores se aúnan para producir legitimidad social, garantía del mantenimiento del orden político institucional.

Montevideo y otras tantas ciudades crecen hacia arriba. Sendas torres, edificios Smart y fachadas de vidrio se proyectan sobre una ciudad¿Cuánto ganó Antel y qué porcentaje de esas ganancias fueron a parar al ... donde los pretiles y los aleros ofrecen un refugio ilusorio a decenas de personas que pasan la noche a la intemperie. La desigualdad de las realidades crece con la misma velocidad que las torres en el cielo montevideano. También se acumulan las cajas de zapatos vendidas como soluciones habitacionales: monoambientes pensados para la rentabilidad del inversor antes que para la vida de quien los ocupa. El trabajador que alquila en uno de esos edificios suele estar materialmente más cerca de quien duerme en su puerta que del propietario del penthouse situado unos pisos más arriba.

La imagen no es solamente una metáfora. La Agencia Nacional de Vivienda informó que en 2025 el precio promedio de venta de un monoambiente promovido alcanzó los 94.473 dólares, 4% más que el año anterior. Al mismo tiempo, el ranking de costo de vida difundido por Outsider —con datos de Numbeo— volvió a colocar a Uruguay como el país más caro de Sudamérica. Del otro lado de ese mercado, el Instituto Cuesta Duarte calculó que en 2024 más de medio millón de ocupados, el 30% del total, percibía ingresos considerados sumergidos. La estabilidad macroeconómica puede aparecer en una gráfica; la estabilidad de una familia desaparece cuando se rompe el calefón, llega una receta médica o vence el alquiler.

La pobreza tampoco termina donde la estadística traza su línea. El INE estimó que en 2025 el 16,6% de la población no alcanzó el ingreso necesario para cubrir necesidades básicas y que casi tres de cada diez menores de seis años vivían en hogares pobres. Pero la medición multidimensional incorpora carencias de vivienda, educación, empleo, protección social y servicios. Una columna de Leonardo Pereyra sintetizó el problema: al cruzar ambas mediciones aparece cerca de un millón de uruguayos con pobreza monetaria, privaciones estructurales 17 millones de argentinos en la pobreza, 4.2 millones en la indigencia ...o ambas. Luego está la multitud que queda apenas por encima: tiene trabajo, techo y comida, pero cualquier deseo modesto —un libro, una salida, un descanso— se convierte en lujo. No figura en la emergencia y tampoco vive con dignidad. Sobrevive con ropa limpia.

La misma contradicción se repite en los extremos. La primera estrategia nacional sobre situación de calle reconoce que el fenómeno se triplicó en menos de una década y que en 2025 13.597 personas utilizaron dispositivos de alojamiento del MIDES, el registro más alto hasta ahora. En 2025 también hubo 668 muertes por suicidio; la cifra bajó, pero la tasa uruguaya sigue siendo una herida abierta, especialmente entre jóvenes y adultos mayores. Y la violencia dejó de ser una noticia confinada al ajuste de cuentas: en abril, la Plataforma Infancias y Adolescencias ya contabilizaba cuatro menores asesinados y 18 heridos de bala en 2026. La bala perdida es el nombre tranquilizador que damos a una sociedad que perdió el control de demasiadas armas y demasiados territorios.

Uruguay conserva elecciones competitivas, alternancia, partidos fuertes y libertades públicas. Es una democracia, sin duda. Pero la democracia se empaña cuando la igualdad política convive sin conflicto con una desigualdad social cada vez más visible. Elegir y ser elegido no puede ser el todo de una teoría democrática. Si el voto cambia a los administradores pero no modifica la relación entre salario, vivienda, tiempo y seguridad, la ciudadanía empieza a percibir que la alternancia funciona sin ofrecer una alternativa. La gobernabilidad deja entonces de ser un medio y se convierte en el programa: cumplir la regla fiscal, tranquilizar al mercado, atraer inversiones y gestionar con eficacia los daños que el propio modelo produce.

Ese límite atraviesa hoy al Frente Amplio. Gabriel Oddone sostuvo que Uruguay “casi no tiene adultos mayores pobres”, una afirmación defendible si se mira únicamente la tasa monetaria y mucho más difícil de sostener frente a jubilaciones que apenas permiten subsistir. El ministro también descartó cambios tributarios adicionales durante este período y, en nombre de la restricción fiscal, objetó el proyecto de ampliación del Palacio Legislativo impulsado por Carolina Cosse. Cosse, a su vez, pidió discutir el impuesto al 1% más rico propuesto para combatir la pobreza infantil. No es una disputa menor: muestra a un gobierno que reconoce la emergencia social, pero todavía no resuelve si está dispuesto a tocar la estructura que la financia y la reproduce.

Una parte del pueblo de izquierda llega a esta discusión después de haber tragado demasiados sapos. El decreto de esencialidad de la educación de 2015, el posterior desalojo policial del Codicen, las promesas presupuestales aplazadas, la subordinación de las empresas públicas a la lógica fiscal y la naturalización de un progresismo cada vez más cómodo en la administración dejaron marcas. No borran las diferencias con la derecha ni convierten en idénticos a los dos bloques. Pero sí reducen el horizonte. En una esquina está el binomio blanco-colorado, acompañado por los grupos que completan la coalición multicolor. En la otra, un frenteamplismo desgarrado de parte de sus raíces y cuyos dirigentes parecen conocer mejor los límites del programa que las transformaciones que ese programa prometía.

El descontento brota en un país caro para vivir, peligroso para demasiados barrios y riesgoso para la salud mental. Brota también entre quienes votaron con conciencia ideológica y descubren que las ilusiones envejecen más rápido que las instituciones. En la cuneta se acumulan los sapos tragados, pero de esa acumulación no nace automáticamente una alternativa.

El espacio social empieza a cuajar; el espacio político todavía no existe. Las personas expulsadas del relato no encontraron una casa común y, mientras tanto, la frustración puede ser capturada tanto por una izquierda que recupere su vocación transformadora como por una derecha autoritaria que convierta el malestar en castigo contra otros pobres.

La imagen de la democracia uruguaya no se rompe de un día para otro. Se empaña. Se empaña cuando una torre nueva se presenta como progreso mientras a sus pies alguien busca dónde dormir; cuando el salario alcanza para no ser pobre, pero no para vivir; cuando un niño aprende a tirarse al piso al escuchar disparos; cuando la respuesta política vuelve a ser que no hay margen. Defender la democracia exige algo más que proteger sus reglas. Exige devolverle capacidad para alterar la vida material de las mayorías. De lo contrario, las torres seguirán creciendo y la democracia seguirá mirándose en sus vidrios sin reconocer a la gente que quedó reflejada abajo.

La historia enseña y advierte: liberalismo, progresismo y democracia

Sin embargo, no deberíamos olvidar que el liberalismo, en tanto proyecto político de la burguesía, no nació como una doctrina democrática, ya que entre uno y el otro hay un desfasaje temporal de más un siglo y medio. Por lo tanto, el Estado liberal (formación de gobierno por elección, parlamento y división de poderes) no nació como Estado democrático.

La democracia apareció como problema histórico cuando se hizo evidente la contradicción entre el discurso universalista del liberalismo con la desigualdad social real que genera, la que la burguesía no atacó con su propia emancipación política y que además reprodujo bajo nuevas condiciones al convertirse en clase dominante.

Cuando la burguesía liberal comenzó a encarar el problema de la democracia no lo hizo como un fin en sí mismo, sino como un instrumento político para regular la participación de las clases sociales que presionaban para decidir sobre los asuntos públicos.

El liberalismo político progresista ha sido desde el siglo XIX un fenómeno eminentemente intelectual de sectores medios, portadores convencidos de los principios libertarios e igualitarios de la Ilustración, sensibles a la explotación y desigualdad capitalistas que quedaron desnudas por los procesos de conciencia, organización y lucha independiente de la clase obrera.

Confusiones teóricas

Los retrocesos actuales vienen a reforzar las confusiones teóricas que se están generando en América Latina respecto a la conducción económica, lo que explica el azoro de buena parte del pensamiento crítico ante este liberalismo puro y duro cuya sustancia conservadora aparece en esa crítica como perversión inexplicable.

El triunfo liberal (o neoliberal) es un hecho político, sin manos invisibles indígenas o foráneas la globalización es la ideologización del imperialismo convertida en realismo político y económico.

Las ideas conservadoras de este neoliberalismo fueron producidas varias décadas antes de que conviertan en ideología dominante, por los intelectuales institucionales del capitalismo que tuvieron claridad en que el período del Estado de Bienestar era un “momento anómalo” del capitalismo, un mal necesario en la coyuntura del momento, pero que una nueva crisis cíclica introduciría factores económicos que dificultarían una salida eficaz de la misma.

Los alumnos aplicados, una imagen perversa de la realidad

Muchas veces se ha citado como ejemplo de democracia las conducciones económicas de países con gobiernos progresistas -en su momento- como es el caso de Chile y Uruguay. Algunas cifras macroeconómicas esbozaban un panorama que pueden destacarse en la región.

Es cierto que el hombre, bajo el capitalismo, disfruta de bienes desconocidos en tiempos pasados, como automóviles, televisiones, computadoras, teléfonos, refrigeradores que, sin embargo, no dan felicidad. Pero al adquirir estas posibilidades de consumo, cuando cualquier deseo satisface, nuevas apetencias le asaltan. Tal es la naturaleza humana.

No obstante, la historia reciente nos ha ido demostrando sus vaivenes y hoy podemos decir que la realidad de la democracia progresista presupone en la actualidad una acción política limitada y excluyente. Hoy la democracia es declamada formalmente para establecer el “consensus” legitimador del orden transnacional.

En realidad, la democracia desempeña un papel secundario en la articulación del modelo globalizador.  Entonces, es fácil concluir que asistimos de verdad a la puesta en práctica de un modelo de globalización peligroso, cuando los virus se calmen, y la crisis aumente.

Hoy avizoramos que el proyecto del gobierno uruguayo actual busca redefinir un nuevo pacto social en el que la democracia realmente no tiene cabida, excepto para ejercer un mayor grado de control social y político sobre las grandes mayorías excluidas y marginadas de los beneficios del progreso.

Las nuevas élites gerenciales, de los sectores financieros especulativos y administradores de las transnacionales convertidos en la nueva burguesía proponen las nuevas reglas de juego en el casino de la globalización y la modernidad.

Si con anterioridad el subdesarrollo y el atraso se entendían como un obstáculo para la democracia, la nueva interpretación de la democracia hace compatible explotación, subdesarrollo y pobreza con democracia globalizada.  De esta manera la democracia es transformada en un recurso técnico al cual se recurre para hacer funcionar la autoridad del Estado, fundamentada en la tiranía de la democracia estatal, mal llamada gobernabilidad democrática.

Hoy constatamos cómo la izquierda progresista sucumbió en parte a estas prácticas por sus propias debilidades conceptuales, por ejemplo, la de no comprender la diferencia que hay entre ser una izquierda en el sistema o la izquierda del sistema.

Pero también porque sucumbió a la coerción de la derecha que sancionó como bloqueos a la democracia todo aquello que no implicara un consenso en torno a sus propios intereses, al tiempo que llevó a cabo cooptaciones elitistas vía privilegios, a las que fueron sensibles muchos políticos del progresismo. Los ejemplos sobran.

Bien, ¿vivimos en una democracia? Podemos responder que sí, pero de igual forma podemos agregar: sí, en una democracia capitalista. Porque el capitalismo muestra su verdadero rostro en aquellos lugares donde puede ejercer sin límites su poder omnímodo.

El futuro aparece de pronto, apoyándose con fuerza en las cerradas habitaciones de los desaparecidos o en la memoria, de los ausentes. Porque luchar por la democracia es luchar por superar el orden capitalista.

*Camin es periodista uruguayo residente en Ginebra, exmiembro de la Asociación de Corresponsales de Prensa de Naciones Unidas (ACANU) en Ginebra. Centurión es Licenciado en Psicología, Universidad de la República, Uruguay. Miembro de la Red Internacional de Cátedras, Instituciones y Personalidades sobre el estudio de la Deuda Pública (RICDP. Ambos analistas asociados al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)