América Latina: una disputa sin final
Pedro Brieger
El actual seguimiento mediático de los procesos electorales en Perú y Colombia es prueba del interés que existe en la región por los cambios políticos de los últimos años. Ahora parece natural que se esté pendiente de lo que sucede en los otros países. Sin embargo, esto es relativamente nuevo.
En realidad, podemos decir que el punto de inflexión fue la Cumbre de las Américas de 2005 en Mar del Plata cuando se le dijo “No al ALCA”. Es posible afirmar que hasta ese momento el interés por la política latinoamericana era cuestión de pocos especialistas y militantes de los partidos de izquierda con una visión internacionalista. 
La corriente progresista/popular/nacionalista/socialista estuvo liderada en un primer momento por Hugo Chávez, Lula da Silva, Tabaré Vázquez y Néstor Kirchner. La llegada posterior de Evo Morales, Rafael Correa y Fernando Lugo la fortaleció y marcó un profundo cambio a nivel continental. Y con ellos el interés por lo que sucedía en los países vecinos.
Muchos que accedieron a cargos ejecutivos en dichos gobiernos comprobaron que su conocimiento de la historia de los otros países era escaso. Y en esas difíciles condiciones establecieron un fuerte vínculo político después de 2005. Hasta ese entonces, en Venezuela se sabía muy poco de Bolivia, en Uruguay casi nada de Ecuador, en Argentina algo de Venezuela y así sucesivamente.
Es verdad que el zapatismo unos años antes había tenido una gran política comunicacional para difundir su mensaje, pero el interés que suscitó fuera de México fue casi una excepción, y tampoco gobernaba un país.
El proceso electoral que llevó a la presidencia a Hugo Chávez en diciembre de 1998 tuvo un seguimiento limitado en América Latina, donde su figura era observada con desconfianza tras el levantamiento militar contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1992. Además, fuera de Venezuela, eran poco conocidos el Caracazo de 1989 y su posterior represión.
La elección del outsider Rafael Correa en Ecuador en noviembre de 2006 despertó una mayor atención regional, favorecida por la repercusión de “La Rebelión de los Forajidos”, que había provocado la caída de Lucio Gutiérrez en abril de 2005. Internet ya estaba ampliamente difundida (todavía sin Facebook o Twitter) y la revuelta se pudo seguir en vivo y en directo por radio La Luna (de Quito) que se hizo eco de las movilizaciones y las difundía minuto a minuto para que pudieran conocerse dentro y fuera del país.
El fortalecimiento de la corriente progresista después de 2005 influyó en el interés por los diferentes procesos que se fueron articulando, especialmente a través de la Unasur. Por eso, en las elecciones posteriores de Venezuela, Ecuador o Bolivia, hubo cientos de observadores de toda la región que llegaron para conocer de cerca los cambios que se habían producido en esos países.
La desconexión histórica entre las naciones latinoamericanas viene desde la época de las colonias y hoy se expresa con la resurrección de la Doctrina Monroe a manos de Trump, que busca sabotear todo proceso de integración regional. Pocos interpretaron mejor esta desconexión y alineamiento con Estados Unidos que el cantante mexicano Gabino Palomares en su famosa canción “La Maldición de Malinche”.
Más allá de la historia original, es muy cierto que -como canta Palomares- “se nos quedó el maleficio de brindar al extranjero nuestra fe, nuestra cultura, nuestro pan, nuestro dinero. Y hoy les seguimos cambiando oro por cuentas de vidrio y les damos nuestra riqueza por sus espejos con brillo”. La ruptura con “el extranjero” -esto es la tutela estadounidense- fue lo que intentó hacer, a su manera, la corriente progresista una vez que fue mayoría en América del Sur.
A comienzos de 2010 -dejando de lado Guyana y Surinam que siempre son diferentes- en ocho de los otros diez países de América del Sur había gobiernos llamados genéricamente “progresistas”. Uno de los organismos más significativos que se creó en la Unasur fue el Consejo de Defensa Suramericano, sin la participación de Estados Unidos, en un gesto inédito de independencia política de la Casa Blanca.
Pero la hegemonía progresista se fue resquebrajando. En 2012 derrocaron a Fernando Lugo en Paraguay y en 2016 luego de la destitución en Brasil de Dilma Rousseff quedaban solo cuatro gobiernos. A comienzos de 2020 apenas dos (Argentina y Venezuela). Entre 2016 y 2020 los voceros de las derechas latinoamericanas estaban exultantes y aseguraban que el ciclo progresista había muerto para siempre. Sin embargo a comienzos de 2025 ya había otra vez mayoría progresista (seis).
La atención a los recientes procesos electorales en Colombia y Perú tiene que ver con lo que hemos definido desde 2005: América Latina está en disputa. Esto quiere decir que ni los progresismos ni las derechas y extremas derechas -con el apoyo de Estados Unidos- han logrado una clara hegemonía que pueda mantenerse por un tiempo prolongado. 
Lo novedoso de la disputa es la disputa misma a nivel de gobiernos. Salvador Allende en Chile cuando asumió en 1970 estaba rodeado de regímenes militares y gobiernos conservadores, salvo Juan José Torres en Bolivia, que fue derrocado por Hugo Banzer en agosto de 1971, y Velasco Alvarado en Perú. Al momento del golpe el 11 de septiembre de 1973 en la Argentina ni siquiera había asumido Perón su tercera presidencia.
Su mayor aliado en su corto gobierno fue Fidel Castro, a pesar de las diferencias que tenían por su “vía democrática al socialismo”, y que poco podía hacer un pequeño país del Caribe sin grandes recursos. Esto quiere decir que Allende no tuvo tiempo ni condiciones para impulsar un proyecto regional. Tuvieron que pasar más de treinta años y cambios estructurales importantes para que se comenzara a construir un eje progresista en América del Sur.
Las derechas ya no pueden tocar las puertas de los cuarteles como antaño para imponer dictaduras y eliminar sindicatos y partidos populares. Es verdad que lograron derrocar a Evo, Lugo y Dilma pero se ven obligados a mantener las formas institucionales y ganar en elecciones aunque cuenten con los poderes mediáticos y judiciales de su lado.
La disputa se mantiene, mal que les pese a las derechas y extremas derechas latinoamericanas, que una y otra vez anuncian el fin del ciclo progresista como si la historia hubiera llegado a su destino final. Sin embargo, se equivocan. Sus proyectos implican la exclusión de las grandes mayorías y éstas, tarde o temprano, reaccionan. Están pendientes de cada elección en la región porque buscan confirmar una hegemonía que siempre parece estar al alcance de la mano. Sin embargo, mientras deban mantener las formas democráticas, les resultará muy difícil consolidarla de manera definitiva.
*Periodista y sociólogo argentino