Nada de eso salió adelante. Ni cláusula automática. Ni protección real. Ni mecanismos claros frente a futuras agresiones comerciales estadounidenses. Bruselas y los gobiernos estatales prefirieron evitar cualquier elemento que pudiera molestar a la Casa Blanca,  aunque eso significara dejar a la propia Unión Europea desprotegida frente a nuevos abusos.

La realidad es que gobiernos que luego se presentan como defensores de la soberanía europea, como el español,  también respaldaron acelerar el acuerdo. para evitar que Trump exija todavía más concesiones.

El Parlamento Europeo sí logró incluir una disposición temporal importante: el acuerdo expirará justo antes de que termine el mandato actual de Trump, obligando a renegociarlo desde cero si se quiere mantener. También consiguió introducir la posibilidad de suspender el pacto si las empresas y trabajadores europeos resultan perjudicados por los aranceles estadounidenses. Pero incluso ahí hay trampa. No será automático. La decisión final quedará en manos de la Comisión Europea de Von der Leyen. Es decir, de quienes ya han demostrado hasta dónde están dispuestos a ceder.

Mientras tanto, buena parte de los grupos progresistas, ecologistas y algunos sectores liberales siguen mostrando reticencias ante la ratificación definitiva del acuerdo. Y no es extraño. Lo que se está consolidando aquí no es una alianza equilibrada. Es una relación de subordinación económica envuelta en lenguaje diplomático.

Europa acepta aranceles, abre su mercado, compra energía masivamente a Estados Unidos y renuncia a mecanismos automáticos de defensa. Todo para evitar enfadar a Trump.La gran potencia económica que prometía liderar un nuevo orden mundial lleva años actuando como un continente rehén del miedo político, energético y militar. Y cada concesión alimenta la siguiente. Porque cuando el chantaje funciona, el chantajista siempre vuelve a pedir más.