El escenario de conflictividad social y política que mantiene en vilo a Bolivia, con epicentro en la ciudad de La Paz, sumó un nuevo capítulo luego que el líder cocalero planteó que la única salida institucional viable para «pacificar» el país es convocar de manera urgente a elecciones nacionales en un plazo de 90 días, amparándose en el estado de ingobernabilidad que atraviesa la actual administración.

Bolivia nuevamente ante el neoliberalismo. Dos Bolivias vuelven a encontrarse frente a frente. Una que entiende el Estado como patrimonio de una élite y otra que lo concibe como una construcción donde cohabitan y gobiernan las mayorías populares.

Morales calificó al mandatario Rodrigo Paz como un «presidente por accidente» y señaló que el gobierno carece de estructura política propia, de un programa económico claro y de legitimidad para contener las masivas movilizaciones de sectores obreros, campesinos, fabriles y docentes que reclaman la dimisión del Ejecutivo.

«Bolivia no se vende»

El antecedente inmediato del actual conflicto se encuentra en la gran marcha de 2025, que paralizó al país durante dos semanas y terminó obligando al gobierno a retroceder en su primer paquete de medidas privatizadoras. Como suele ocurrir en Bolivia, bastaron pocas horas desde el anuncio de las reformas para que las organizaciones sociales comenzaran un proceso de socialización territorial, explicando en sindicatos, comunidades y barrios las consecuencias que esas políticas tendrían sobre la vida cotidiana.

La movilización “Bolivia no se vende” logró la abrogación del DS5503 y marcó el regreso de una capacidad de articulación social que no se veía desde principios de siglo. Las escenas recordaban inevitablemente a los grandes ciclos de protesta de la Guerra del Agua y la Guerra del Gas: movilizaciones autoconvocadas, estructuras sindicales activadas y una narrativa popular basada en la defensa de los recursos nacionales frente a intereses externos.

Hoy el escenario es aún más complejo. El bloqueo nacional impulsado por el sector campesino y respaldado por la Central Obrera Boliviana, junto a cocaleros, maestros rurales, cooperativistas mineros y juntas vecinales, refleja un agotamiento profundo frente a la incapacidad política del gobierno. Para una parte importante del movimiento social ya no existe margen para la negociación. La percepción dominante es que el gobierno de Paz nunca entendió la naturaleza del conflicto boliviano y que administró el país como si las organizaciones populares fueran actores secundarios y no la principal estructura de estabilidad política construida desde 2006.

Mientras el oficialismo se debate en el aislamiento político, la propuesta de Morales traslada la disputa al terreno de la legalidad institucional, buscando capitalizar el descontento de las bases populares en una carrera contrarreloj por el poder. Morales intenta posicionarse como el gran articulador de la tregua social choca contra sus propios límites legales y la resistencia de amplios sectores de la oposición. El Tribunal Constitucional de Bolivia y la propia Carta Magna ratifican que Evo está inhabilitado de manera absoluta para postularse de nuevo a la Presidencia, dado que ya cumplió con el límite estricto de dos mandatos permitidos en el país.

Rodrigo Paz, desde su posesión con su juramento fascista de “Dios, Patria y familia” con toda una escenografía religiosa en flagrancia a la Constitución laica de Bolivia y una carga discursiva de mentiras sobre “los 20 años” anteriores, proyecta un rasgo que aparece después de más de 35 años en el país, justo con el estilo de su padre, Jaime Paz Zamora, copia o no, es uno de sus gestos más recurrentes: la demagogia.

Sus intervenciones están llenas de palabras vacías, ideas huecas que pueden significar cualquier cosa. Capitalismo para todos”, “el Estado está muerto”, “autopsia al Estado”, “nadie está por encima de la patria”, “transformamos el Estado para que sirva a la patria, no la patria al Estado”, “no más colas por la gasolina”?, “Bolivia vuelve al mundo, el mundo a Bolivia”, “eliminar el Estado tranca”, “Bolivia, Bolivia, Bolivia, Bolivia”, “la patria, la patria, la patria”, “lo verde trae lo verde”, frases grandilocuentes que no trasunta nada más que politiquería.