¿El Reino Unido jamás será vencido?
Pedro Brieger
Las recientes elecciones municipales en Inglaterra y las autonómicas/parlamentarias en Gales y Escocia, se destacan por la derrota del gobernante Partido Laborista y el crecimiento sostenido de Reform UK, partido de extrema derecha. Sin embargo, más allá del resultado general, lo trascendente y disruptivo es la consolidación de las fuerzas nacionalistas en Escocia y Gales.
En Escocia ganó por quinta vez consecutiva el Scottish National Party (SNP), que seguirá gobernando gracias a un bloque independentista que tiene mayoría parlamentaria. En Gales ocurrió un hecho histórico: el partido nacionalista Plaid Cymru (Partido de Gales) salió primero y desplazó al laborismo.
Irlanda del Norte ya está gobernada por el Sinn Fein, el histórico partido nacionalista que pugna por abandonar el Reino Unido y reunificar toda la isla de Irlanda. Hay que destacar que por primera vez, Escocia, Gales e Irlanda del Norte están gobernadas por fuerzas que cuestionan la estructura actual del Estado británico y son también de signo progresista.
Aunque no parece inminente, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte podría desmembrarse para que en las islas británicas, en un futuro, existan cuatro países: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda reunificada.
Este panorama marcaría un cambio histórico para el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, nombre oficial del país cuya capital es Londres. Entre 1535 y 1542 el reino de Inglaterra incorporó a Gales y quedaron jurídicamente unidos bajo el nombre de “Reino de Inglaterra”. En 1707 Escocia se unió a Inglaterra y se creó el Reino de Gran Bretaña (nombre de la isla donde se encuentran Inglaterra, Gales y Escocia). Inglaterra dominó gradualmente toda la isla de Irlanda y en 1801 nació el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.
En 1921 después de una larga lucha anticolonial la mayor parte de la isla se separó para convertirse en la República de Irlanda. Seis condados del norte permanecieron a la fuerza dentro del Reino Unido y en 1922 el nombre oficial del país pasó a ser Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Como vemos, varias transformaciones políticas y nacionales a lo largo de siglos. Sociológicamente el Reino Unido no es un país “nación” clásico, sino una unión histórica de territorios con identidades nacionales distintas.
El Brexit
Para comprender el resultado electoral hay que remontarse al “Brexit” de 2016 cuando en un referéndum la mayoría de la población del Reino Unido votó para retirarse de la Unión Europea (51,9% vs 48,1%). Inglaterra y Gales empujaron el Brexit, mientras Escocia e Irlanda del Norte votaron claramente para permanecer dentro de la UE.
Eso alimentó mucho el independentismo escocés y el debate sobre la reunificación irlandesa. El argumento en Escocia fue: “nos sacaron de la UE contra nuestra voluntad”. Y en Irlanda del Norte el problema fue todavía más delicado porque el Brexit reabrió la cuestión de la frontera con la República de Irlanda ya que el Norte de la isla quedó fuera de la UE.
Si en Gales pensaron que el Brexit los beneficiaría, al poco tiempo se dieron cuenta de que las promesas económicas no se cumplían y creció la sensación de que Londres tomaba decisiones sin tener en cuenta a la población galesa. Por otra parte, antes del Brexit, la Unión Europea financiaba en Gales todo tipo de proyectos de infraestructura, capacitación laboral, universidades y desarrollo regional.
Una vez fuera de la UE se acabaron, sin ser reemplazados por proyectos del mismo calibre desde el poder central en Londres. Este dato no es secundario si tomamos en cuenta que el 21% de la población del Reino Unido vive en la pobreza y que millones de personas reciben todo tipo de ayuda de organizaciones benéficas, incluyendo cajas de alimentos conocidas como “food banks” (bancos de comida).
La salida de la Unión Europea produjo una paradoja: se presentó como una recuperación de soberanía para vivir mejor, pero terminó alimentando los nacionalismos. En Escocia reforzó el sentimiento nacionalista ya que el gobernante Scottish National Party lleva años impulsando un nuevo referéndum para conseguir la independencia. El primero y único hasta ahora se realizó en 2014 y la mayoría (55%) lo rechazó. Respecto de Gales, si hace diez o quince años la idea era bastante marginal, ahora una posible independencia es parte del debate político. Claramente aquel proceso actuó como catalizador inesperado de una identidad política galesa autónoma.
La particularidad de Gales
El nacionalismo galés fue minoritario por décadas desde su surgimiento en el siglo XIX, y se focalizó en desarrollar la cultura propia más que en la búsqueda de la autonomía política. Sin renegar de la importancia de la lengua se diferencia de otros nacionalismos que hacen un culto de la nostalgia de un pasado mítico glorioso que idealiza las tradiciones y la identidad étnica. Esto no quiere decir que Gales no tenga símbolos muy fuertes de identidad histórica y enfrentamientos con Londres.
En 1965 un hecho marcó a la sociedad galesa. Ese año el gobierno británico inundó el pueblo de Capel Celyn para construir un embalse que abasteciera de agua a la ciudad inglesa de Liverpool, distante unos 100 km del lugar. El episodio se convirtió en un símbolo del nacionalismo galés porque el Parlamento aprobó el proyecto pese al rechazo casi unánime de los representantes de Gales.
El nacionalismo galés es lo que se llama un nacionalismo “cívico”: cualquiera puede ser galés independientemente de su sangre, apellido, religión, origen o lengua. De hecho, el idioma galés no lo habla toda la población debido a la integración de siglos con Inglaterra y las olas migratorias alentadas por su crecimiento industrial.
El partido Plaid Cymru, que ahora por primera vez ha formado gobierno, ha planteado abrir una “ruta” hacia la independencia para reclamarle a Londres el derecho de decidir cómo y cuándo podría hacerse un referéndum. El problema, al igual que con Escocia, es que para convocarlo necesita la aprobación del parlamento nacional.
Las elecciones muestran dos procesos en simultáneo. Por un lado, la derrota de los dos grandes partidos tradicionales (laborista y conservador) y el avance de Reform UK, el partido de la extrema derecha. Por el otro, la consolidación del nacionalismo escocés y la explosión del galés. Si le sumamos el gobierno del Sinn Féin en Irlanda del Norte nos encontramos con que las tres periferias históricas del Reino Unido están lideradas por fuerzas nacionalistas y –además- progresistas. Todo un desafío para el poder central de Londres.
Durante el siglo XIX y parte del siglo XX la cohesión británica parecía incuestionable. Hoy ya no lo es. La crisis de identidad es muy profunda, aunque cuesta creer que el Reino Unido se disuelva a corto plazo. En este contexto el reclamo de independencia es revolucionario, porque quiebra la estructura histórica de una de las principales fuerzas imperiales del mundo.
* Sociólogo y periodista argentino