Geoeconomia de la guerra
Jorge Elbaum
El último capítulo de la guerra en el Cercano Oriente se inició cuando Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Las intenciones últimas de la ofensiva conjunta de Washington y Tel Aviv no son idénticas, aunque coincidan en el propósito común de debilitar, herir o disciplinar a la República Islámica. En el caso de Donald Trump, sus misiles tienen como interpósito derrotero la República Popular, cuyo abastecimiento petrolero tiene en Teherán un exportador clave: el 16 por ciento de los hidrocarburos adquiridos por Beijing tiene origen en el golfo Pérsico.

Si a ese porcentaje se le suman los barriles de crudo que comercializaba Venezuela, antes del ataque brutal sobre Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, se totaliza una quinta parte de todo el petróleo que capta China, el segundo consumidor global, después de Estados Unidos. China importaba casi un millón y medio de barriles diarios de Irán y otro medio millón de Venezuela. Teherán se había consolidado como un proveedor casi exclusivo de Beijing, a quien destinaba casi el 80 por ciento de sus exportaciones.
La guerra de Donald Trump busca quebrar la multipolaridad, debilitando a uno de sus nodos centrales, el País del Centro, que ahora orienta su provisión hacia Moscú.
La guerra en curso expone a 16 países de la región debido a la presencia de bases estadounidenses en casi todos los Estados que rodean a Irán, y las antiguas hostilidades entre el mundo sunita y el chiita. Esa complejidad lleva a que cada actor busque ventajas específicas e intente limitar las pérdidas. En la actual fase, la República Islámica tiene tres objetivos centrales: garantizar la sobrevivencia de sus instituciones políticas, generar una guerra de desgaste económico a través del cierre del Estrecho de Ormuz, y producir el máximo daño bélico a Israel y a los socios de Washington en la región.
Consciente de su inferioridad militar, la estrategia de Teherán no es ganar en el campo de batalla, sino expandir el conflicto, para que su costo sea tan oneroso que los aliados del Golfo presionen a Washington para ponerle fin.
Por la costa oriental de la Península Arábica, en el estrecho de Ormuz, circulan habitualmente 20 millones de
barriles de petróleo diarios, una quinta parte del monto global. Esa circulación ahora se ha interrumpido. La guerra incrementó el precio del crudo Brent de 70 dólares el barril a más de 100, con una suba del 37 por ciento en dos semanas. Las consecuencias geoeconómicas no solo se vinculan al crudo.
El 20 por ciento del GNL (Gas Natural Licuado) a nivel global también transita por esa vía, generando presiones inflacionarias en todo el mundo, sobre todo en Europa y el sudeste asiático. En el caso de los países que deben importar energía —alrededor de un 70 por ciento de la población mundial—, el impacto podría ser grave, sobre todo en relación con la seguridad alimentaria. Una tercera parte de las exportaciones mundiales de fertilizantes —urea, amoniaco, fosfatos y azufre— pasa por Ormuz.
La continuidad de su clausura amenaza las próximas cosechas y, en el caso de que el conflicto continúe, auguraría un incremento de los conflictos sociales, originados en el aumento del transporte y la alimentación.
El objetivo de Trump nunca estuvo claro. La ambigüedad sobre los propósitos hace más difícil planificar las metas y los resultados. El senador Mark Warner, integrante de la Comisión de Inteligencia del Senado, señaló que había sido informado, por parte del Pentágono, sobre cuatro intenciones diferentes en la última semana, después de la ejecución de Alí Jamenei: (a) el cambio de régimen; (b) la demolición de las capacidades nucleares que habían sobrevivido a los ataques de junio pasado; (c) la destrucción de las bases de lanzamiento de misiles balísticos y (d) el hundimiento de su flota naval.

Según los asesores de los legisladores demócratas, ni Trump ni sus acólitos conocen la Doctrina Powell, en referencia a quien se desempeñó como secretario de Estado entre 2001 y 2005. A finales del siglo XX,postuló que su país no debería comprometerse con una guerra a menos que posea un objetivo claro, un interés nacional vital, un amplio apoyo doméstico e internacional, una fuerza de combate abrumadora y una estrategia de salida.
Las declaraciones altisonantes y contradictorias del mandatario estadounidense generan especulaciones acerca de cómo puede salir el Pentágono de la falta de claridad estratégica. El último jueves, varios funcionarios propusieron la «salida gestionada», un tipo de solución «a la venezolana», que instituya un nuevo equilibrio regional basado en la reapertura del Estrecho de Ormuz, la negociación sobre inversiones petroleras y el retorno de las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
Dicha salida de «empate estratégico» aparece como posible, según diferentes analistas iraníes,que conjeturan un perfil más pragmático de Teherán.
Una de las dificultades nodales para alcanzar ese escenario es el rol intransigente asumido por Bibi Netanyahu, que esperó dos décadas para tener la oportunidad en que un gobierno estadounidense lo habilite para una guerra de estas características. La batalla de Israel es diferente a la de Trump. Es más ambiciosa y radical: pretende la desconexión total de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC, por sus siglas en inglés) de los grupos proxis asentados en la región y la destrucción total de Hezbolá. Para lograr esos cometidos, Israel aplica la Doctrina Dahiya ode obliteración, consistente en destruir el máximo de la infraestructura civil, tal como hizo en Gaza.
Un mínimo recorrido de los últimos dos años y medio, luego del atentado terrorista del 7 de octubre de 2023, exhibe la reconfiguración regional que todavía está en curso: (a) genocidio en Gaza, (b) ataques a Hezbolá en el Líbano mediante dispositivos electrónicos y ejecución de su máximo líder, Hassan Nasrallah; (c) activación e impulso –junto a Ankara y Washington– de las fracciones que derrocaron a Bashar Al-Assad; (d) guerra de los 12 días, en la que fueron ejecutados muchos líderes políticos y científicos iraníes, y fueron bombardeadas las instalaciones clave del programa nuclear de Fordo, Natanz e Isfahán; (e) el asesinato del líder supremo iraní y el inicio del actual conflicto el 28 de febrero.
Las guerras actuales en Europa Oriental y en el Cercano Oriente, son las últimas conflagraciones del viejo orden global. El Occidente neocolonial destruye el derecho internacional para impedir el cambio irreversible. Cuestiona la diplomacia como instrumento prioritario para la resolución de conflictos y quiebra el principio de soberanía como norma inviolable del orden internacional.
Carl von Clausewitz caracterizó este tipo de disputas bélicas como «guerras limitadas», cuyo objetivo último es debilitar al enemigo sin buscar su capitulación total. Quizás el oficial prusiano, que falleció en 1831, no pudo valorar la predicción de Albert Einstein: «No sé con qué armas se luchará en la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la cuarta: palos y mazas».
*Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)