80 millones de personas trabajan en el sector doméstico en todo el mundo.
Cunplen trabajos informales desde los 15 años de edad
Eduardo Camín
Según la nota estadística de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), La situación del trabajo doméstico en 2025: releva que Quince años después de la adopción del Convenio sobre los trabajadores domésticos, 2011 (núm. 189), muestran pocos avances en la reducción de la
informalidad entre las personas trabajadoras domésticas en numerosos países. Una realidad que, a escala mundial, significa que, cuatro de cada cinco personas trabajadoras domésticas siguen teniendo un empleo informal, a menudo sin una protección laboral y social efectiva.
Se estima que 80 millones de personas de 15 años o más trabajan en el sector doméstico en todo el mundo, frente a 75,6 millones en 2019. No obstante, la proporción del trabajo doméstico respecto del empleo se mantiene relativamente estable, con un 2,2 por ciento del empleo total y un 4,4 por ciento del empleo asalariado. Esto indica que el aumento mundial refleja principalmente el crecimiento general del empleo en determinadas regiones, más que una expansión específica del trabajo doméstico respecto de otras ocupaciones.
En él trabajo informal… reina la precariedad
La proporción de personas trabajadoras domésticas con empleo informal se mantuvo estable en 91 de los 140 países con datos comparables para 2019 (año de referencia de las anteriores estimaciones mundiales de la OIT) y 2025. Estos países representan cerca del 70 por ciento de las personas trabajadoras domésticas del mundo. En los 49 países restantes, que concentran alrededor del 30 por ciento de las personas trabajadoras domésticas, aumentó la proporción de empleo informal.
El trabajo informal a menudo analizado como capitalismo de plataformas o precariedad estructural o simplemente la “uberización del trabajo” representan una contradicción central del sistema económico actual: un modelo que proyecta modernidad, flexibilidad e innovación hacia el exterior, pero que se sostiene sobre la desprotección, la explotación y la falta de derechos laborales básicos, todo este desparpajo esta en contradicción absoluta con la dialéctica del pretendido trabajo decente protagonizado en múltiples asambleas de la OIT.
Se estima que 66,5 millones de las personas trabajadoras domésticas, es decir, el 83,1 por ciento de la fuerza de trabajo doméstica mundial, siguen teniendo un empleo informal, 5,1 millones más que en 2019, sin una protección laboral y social efectiva. Las cifras mundiales indican principalmente la creciente concentración de las personas trabajadoras domésticas en países donde la informalidad se mantiene persistentemente elevada, más que un deterioro generalizado de las condiciones de trabajo en el sector.
El Informe destaca Asia y el Pacífico cuentan con 40,2 millones de personas trabajadoras domésticas, aproximadamente la mitad del total
mundial. Por su parte África registró el mayor aumento entre 2019 y 2025, con 4,2 millones de trabajadores domésticos adicionales. El 93,3 por ciento de las personas trabajadoras domésticas de África tiene un empleo informal, una situación que es prácticamente universal en los Estados árabes.
Mientras tanto, Europa y Asia Central presentan la tasa regional de informalidad más baja, aunque más de uno de cada tres personas trabajadoras domésticas sigue teniendo un empleo informal. Las Américas siguen siendo la gran región con la mayor proporción de mujeres entre las personas trabajadoras domésticas. Detrás de esa pretendida etiqueta de autonomía se ocultan jornadas sin límite, ausencia de salario mínimo, falta de cobertura médica, jubilación o derecho a la sindicalización.
Un trabajo tan esencial, como infravalorado
Las personas trabajadoras domésticas prestan servicios esenciales a los hogares, como la limpieza, la cocina y el cuidado de niños, personas mayores y personas con discapacidad. Sin embargo, su contribución sigue estando infravalorada. Las nuevas estimaciones confirman la persistencia de las desigualdades. Las personas trabajadoras domésticas perciben, en promedio, apenas el 53,3 por ciento del salario mensual medio de los demás asalariados. La situación es aún peor para las personas trabajadoras domésticas informales, que perciben tan solo el 48,7 por ciento.
Las jornadas laborales prolongadas también siguen siendo frecuentes: el 35,2 por ciento de las personas trabajadoras domésticas trabaja al menos 49 horas semanales, incluido un 14,6 por ciento que trabaja 60 horas o más. Al mismo tiempo, las personas trabajadoras domésticas tienen más probabilidades que los demás asalariados de trabajar jornadas muy reducidas, lo que puede reflejar situaciones de subempleo o de empleo fragmentado entre varios hogares.
Las mujeres se enfrentan a desventajas especialmente pronunciadas, ya que representan el 77,2 por ciento de las personas trabajadoras domésticas en el mundo y se concentran de manera desproporcionada en las ocupaciones de limpieza y cuidados directos. Perciben, en promedio, apenas el 48 por ciento del salario mensual de los demás asalariados, frente al 65,8 por ciento en el caso de los hombres que trabajan en el sector doméstico.
+Según Patrick Belser, jefe del departamento de trabajo informal de la OIT señala que «los avances registrados en numerosos países demuestran que el cambio es posible. Pero, con más de 66 millones de personas trabajadoras domésticas que siguen teniendo un empleo informal y unos salarios cada vez más rezagados respecto de los demás asalariados, queda mucho por hacer». «No podemos afirmar que valoramos los cuidados mientras seguimos infravalorando a quienes los prestan. Debemos hacer realidad los derechos establecidos en el Convenio núm. 189 de la OIT, garantizando salarios justos, seguridad social, condiciones de trabajo decentes y una protección efectiva para
todas las personas trabajadoras domésticas».
Convertir el reconocimiento jurídico en protección efectiva
La OIT pide redoblar los esfuerzos para aplicar el Convenio núm. 189 y la Recomendación núm. 201, en particular mediante estrategias específicas de formalización, procedimientos de registro accesibles y protección social; salarios mínimos efectivos y avances hacia salarios vitales; protección en materia de tiempo de trabajo; inversión en empleos decentes en el sector de los cuidados; reconocimiento de las competencias; un mayor cumplimiento y una aplicación más rigurosa de la legislación; y diálogo social y negociación colectiva.
A medida que los cambios demográficos, la migración, la transformación digital y otras tendencias reconfiguran el mundo del trabajo e intensifican las necesidades de cuidados, garantizar el trabajo decente para las personas trabajadoras domésticas será cada vez más importante para lograr la igualdad de género, construir sistemas de cuidados sostenibles y promover la justicia social.
No obstante, el trabajo decente promovido por la OIT viene de larga data e implica como elemento central generar suficientes puestos de trabajo para responder a las demandas de la población, pero también es un requisito indispensable que estos sean empleos productivos y de calidad, y que los trabajadores los ocupen en condiciones de libertad, igualdad, seguridad y dignidad humana.
Sin dudas que el trabajo decente se ha convertido en un objetivo universal y es integrado en las más importantes declaraciones de derechos humanos, las Resoluciones de la ONU y los documentos finales de las principales conferencias, incluyendo el Artículo 23 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), la Cumbre Mundial sobre desarrollo social (1995), el Documento de la Cumbre mundial (2005), el segmento de alto nivel de ECOSOC (2006), la Segunda década de las Naciones Unidas para la erradicación de la pobreza (2008-2017), la Conferencia sobre el Desarrollo Sostenible (2011) y en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (2015).
De esta forma, el trabajo decente sintetiza las aspiraciones de las personas durante su vida laboral. Significa la oportunidad de acceder a un empleo productivo que genere un ingreso justo, la seguridad en el lugar de trabajo y la protección social para todos, mejores perspectivas de desarrollo personal e integración social, libertad para que los individuos expresen sus opiniones, se organicen y participen en las decisiones que afectan sus vidas, y la igualdad de oportunidades y trato para todos, mujeres y hombres.
Tenemos el sentimiento que poco a poco el trabajo se ha transformado en una subjetividad indefinida de contradicciones dialécticas entre informales y formales, decente o indecente. Han pasado 27 años desde que se acuñó el concepto de trabajo decente en el seno de la OIT,
propuesto por Juan Somavía a la Organización en su primer informe como Director General de la misma, en 1999, y este buscaba en ese momento dar respuesta al deterioro de los derechos de los trabajadores que se registró mundialmente durante la década de los noventa, como consecuencia del proceso de globalización, y a la necesidad de atender la dimensión social de este proceso.
Hoy seguimos inmerso en esa realidad donde el trabajo sigue siendo indecente, para una gran mayoría de trabajadores. Es hora de que se diga dónde se dan las condiciones para el trabajo decente, en esta orgía neoliberal, y fascista más allá de la retórica de los organismos internacionales.
*Periodista uruguayo- suizo), exmiembro de la Asociación de Corresponsales de Prensa de Naciones Unidas (ACANU) en Ginebra. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la) . Miembro de la Red Internacional de Cátedras, instituciones y personalidad sobre el estudio de la Deuda Pública