Elecciones en Brasil: Un resultado histórico
Beatriz Bissio
El mundo está discutiendo, estudiando y en gran medida celebrando la histórica victoria electoral del Presidente Luiz Inácio «Lula» da Silva en la segunda vuelta de las elecciones brasileñas. Esta victoria tiene una importancia que evidentemente trasciende las fronteras de Brasil y de América Latina, cobrando una dimensión internacional. Ya analizaremos las razones de ello.
Pero comenzaremos por detenernos en el resultado electoral. Ya se han señalado varios elementos que permiten calificar esta victoria de histórica. Veamos algunos: es la primera vez en la historia de Brasil que un presidente es elegido democráticamente cuatro veces. Es la primera vez que un candidato que queda en segundo lugar en la primera vuelta logra salir victorioso en la segunda. Y esta fue la elección que registró el menor índice de abstenciones, votos en blanco y nulos desde la redemocratización. Y la victoria fue contundente: ¡una diferencia de más de cinco millones de votos sobre su adversario!
El resultado de la primera vuelta, con la victoria por un 2% de los votos del candidato Flávio Bolsonaro sobre el Presidente Lula, tiene muchas explicaciones. A empezar por el apoyo explícito de la administración Trump, en declaraciones, pero sobre todo en información de inteligencia, dinero (se habla de millones de dólares), recursos tecnológicos, disponibilidad de perfiles falsos en redes sociales difundiendo mentiras y miedo, y diversas medidas coercitivas en varias regiones del país. Pero también se explica por errores de la campaña del presidente Lula y de su tercer gobierno.
Tanto durante su gobierno como en la campaña electoral, el Presidente Lula desatendió el tema estratégico de la comunicación. No hubo por parte del gobierno ninguna iniciativa para explicar a la población las difíciles relaciones con un Congreso dominado por la oposición de extrema derecha y por una parcela muy corrupta de la política brasileña. Como resultado, parte del pueblo no comprendió que, si no se alcanzaron muchos avances posibles, se debió a las arduas negociaciones exigidas al Ejecutivo para lograr aprobar (pocas de) sus iniciativas. Y las redes sociales aprovecharon para divulgar insistentemente el «fracaso» del Presidente en cumplir sus promesas.
También hubo pocas iniciativas orientadas a denunciar la flagrante interferencia externa durante todo el mandato —en gran medida instigada por Eduardo Bolsonaro, otro de los hijos del expresidente, quien huyó a Estados Unidos al ser perseguido por la Justicia por delitos cometidos en Brasil. Y él aprovechó su acceso a la administración Trump para incentivar la aplicación de aranceles y otro tipo de sanciones contra su propio país.

Y si esos fueron errores durante el periodo de gobierno, la campaña electoral no trabajó esos temas ni convocó al electorado a las calles. Las manifestaciones de apoyo al Presidente, que fueron muy hermosas e importantes, no tuvieron la masividad que se observó en la campaña de la segunda vuelta (por autoconvocatoria del pueblo, como ya explicaremos).
Es decir, la campaña del Presidente Lula en la primera vuelta no advirtió la importancia de incluir en sus discursos la denuncia de la actuación de la ultraderecha, la interferencia extranjera durante todo el periodo de gobierno y la amenaza que significaría para la soberanía del país y para todo el proyecto social en curso la victoria de Flávio Bolsonaro. De alguna forma, parece que había una convicción de que Flávio Bolsonaro era un candidato tan descalificado y representaba un futuro tan obscurantista que no podría tener apoyo suficiente para llevarlo a la victoria. ¡Fue un error! El propio presidente, ante los resultados de la primera vuelta, admitió su sorpresa: «Pensaba que ganaría en la primera vuelta», afirmó en una de sus primeras declaraciones esa noche.
Mientras el Presidente y sus asesores, el día después de la derrota en la primera vuelta, realizaban una reunión cerrada de evaluación de los resultados, en las primeras horas de la mañana de ese lunes una masiva manifestación iniciada por los estudiantes de la Universidad Federal Fluminense, en la ciudad de Niterói, contigua a Río de Janeiro, fue llenando sorpresivamente las calles. Rápidamente la iniciativa se replicó en otras ciudades, incluso por convocatoria de estudiantes secundarios. Y es que, durante la madrugada del día de la derrota, los jóvenes, alertados del peligro del avance de la extrema derecha, habían estado contactando a los centros estudiantiles de todo el país con la consigna de ocupar las calles. La propuesta era no salir de ellas hasta conseguir la victoria en la segunda vuelta.
La juventud, que no había tenido gran participación en la campaña anterior, había comprendido – antes incluso que el propio presidente y su equipo de campaña reaccionaran – que su futuro estaba comprometido por un posible gobierno obscurantista, contrario a la educación, a la ciencia, a la libertad y abiertamente truculento. Y que para revertir la derrota era necesario apelar a lo que había faltado en la primera vuelta: la movilización combinada en las calles y en las redes sociales.
En las redes sociales era necesario desenmascarar y responder a cada mentira de la extrema derecha y alertar a los electores desilusionados com la democracia o frustrados con el gobierno de Lula y ansiosos por un cambio, de los peligros de entregar el país a un presidente que transformaría a Brasil en una colonia de la administración Trump y que, en el ámbito doméstico, por sus vínculos con las «milicias» (grupos paramilitares), apelaría a todo tipo de violencia para mantenerse en el poder. Y era importante ocupar las calles porque sería necesario un inmenso cuerpo a cuerpo, una presencia avasalladora, marcante, para mostrar fuerza ante la extrema derecha y para establecer un diálogo directo con amigos, vecinos, repartidores y usuarios de aplicaciones, con quien fuera, para escapar de la trampa de los algoritmos y convencer, en el diálogo directo con el pueblo, de la importancia de una «remontada electoral» para salvar al país de un terrible destino.
La pionera iniciativa de los jóvenes se propagó, creció y alcanzó niveles de movilización nunca vistos en Brasil desde los primeros momentos de la redemocratización —los más mayores compararon estas manifestaciones con las que se habían realizado en la famosa campaña «Diretas Já» (Elecciones Directas Ya), que exigía el derecho al voto tras las primeras iniciativas de apertura política en los años 80. A esa energía desbordante en las calles se sumó el papel de las redes sociales, principalmente bajo el mando de un joven diputado federal (ahora reelecto) de Minas Gerais, André Janones, él mismo una gran referencia en el uso de las redes sociales para contraponerse a la extrema derecha. Basta decir que tenía 50 mil seguidores en su canal antes de las eleccionesl.

Pero, con mucha audacia, Janones convocó a los brasileños a unirse a él para formar lo que llamó «El Ejército de Lula», pasando a seguir su canal, desde el cual comenzó a orientar a quienes no tenían mucha experiencia en las redes sobre cómo actuar, cómo replicar una publicación, cómo hacer que su iniciativa creciera en las redes, y así sucesivamente. Como resultado, en menos de 48 horas el «Ejército de Lula» había superado los diez millones de miembros, que distribuían información, denunciaban mentiras, fijaban consignas, convocaban reuniones virtuales y reales, y fueron derrotando todos los algoritmos y neutralizando la abierta interferencia de META y de otras plataformas que intentaban dar de baja todas las iniciativas pro-Lula y favorecer a Flávio Bolsonaro.
Ante el impacto de esta doble movilización espontánea, que tomó por sorpresa a la coordinación de campaña del presidente y a sus asesores, el propio Lula decidió participar en las manifestaciones de calle convocadas por los estudiantes, sumarse al «Ejército» que Janones había organizado y conversar diariamente con él. También acató el consejo de grabar selfies diarias sobre varios temas y aprovechar para denunciar el comportamiento de las plataformas que lo estaban boicoteando.
Al «Ejército» se sumaron personalidades, artistas, comunicadores, políticos y académicos. Muy importante fue el llamamiento de muchos de ellos con más de 70 años (edad límite en Brasil para la obligatoriedad del voto), haciendo un llamamiento a los «más experimentados» para que no dejaran de ir a las urnas el domingo 25 porque también estaba en sus manos la posibilidad de salvar la democracia y la soberanía de Brasil.
Todo ese esfuerzo y esa presencia masiva en las calles y en las redes fue siendo captado por algunos institutos de investigación, que
tímidamente comenzaron a albergar la posibilidad de una «remontada». Y como la legislación electoral en Brasil permite el debate entre los candidatos hasta 48 horas antes del comicio, el viernes 23 de octubre, durante el último debate, ya se sentía «algo» diferente en el aire. Por otro lado, quedó muy evidente en ese debate, una vez más, la falta de preparación y la grosería del candidato de la extrema derecha, que llamó al Presidente Lula «nueve dedos».
Fue ese insulto el que llevó al Presidente a usar esa grosería para dirigirse a los trabajadores, en particular, y decir que sí, que él había perdido un dedo a los 17 años (edad en la que ni siquiera podía por ley estar ejerciendo ese trabajo), en un turno nocturno, muy extenuado por jornadas laborales que necesitaba cumplir para ayudar a la família. Y comparó esa experiencia con la de miles de brasileños que viven ese destino y para los cuales, afirmó, ampliaría las políticas sociales, si resultase electo.
Sin duda un momento muy conmovedor, pero que no disipaba la angustia que se vivía: había una conciencia generalizada de que Brasil es un un país muy rico, de gran peso internacional y presa muy codiciada… Por eso la «guerra híbrida» desatada para apoyar a Flávio Bolsonaro y todo lo que él representa continuaba en acción…
Las escenas en el horario de votación el domingo fueron esclarecedoras del sentimiento que se había apoderado del pueblo brasileño: nietos llevando a sus abuelos a votar, vecinos organizándose para dar transporte a quienes no tenían facilidad de desplazamiento, poblaciones indígenas en la Amazonía desplazándose en barco y a pie para llegar a los puestos de votación, aeropuertos llenos desde la madrugada para viajes que permitirían votar en el lugar del padrón electoral… y muy importante: jóvenes adueñándose de las calles.
En fin, escenas que permanecerán en la memoria colectiva por décadas y serán objeto de comentarios de abuelos a sus nietos en el futuro… No por casualidad, el presidente Lula, en una de sus primeras declaraciones tras la victoria, afirmó: «En mis otros tres mandatos, la victoria fue obtenida por el Partido de los Trabajadores. ¡En este cuarto mandato, la victoria fue una conquista del pueblo brasileño!» Y el margen fue significativo: más de cinco millones de votos a frente de su adversario!
La victoria fue celebrada con razón en todas las latitudes: Brasil demostró que es posible, con un pueblo organizado y movilizado en las calles y en las redes sociales, derrotar a los algoritmos, a los ríos de dinero de Donald Trump, a los servicios de inteligencia extranjeros y a las plataformas. Con esa determinación es posible hacer prevalecer su voluntad. Una victoria icónica. Después de ver sucumbir proyectos progresistas em Chile, Argentina, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Bolivia, el pueblo brasileño demostraba que unido pudo subvertir el destino que le querían imponer, apesar del poder de su adversario. De hecho, no faltan lecciones semejantes en la historia (Vietnam, hasta hoy un ejemplo) y en el presente (¡Irán, Palestina!).
Pero también la historia nos advierte que la reacción suele ser brutal. La movilización en las calles y en las redes debe continuar. El cuarto gobierno del Presidente Lula tendrá muchas dificultades para llevar adelante su agenda. La mayoría conquistada en la primera vuelta por la extrema derecha en ambas cámaras del Congreso será una de las trincheras desde la cual buscarán inviabilizar la actuación del Presidente. Pero la «guerrilla popular híbrida» en las calles y en las redes será el elemento decisivo para que el pueblo acompañe paso a paso todo lo que está por venir y brinde el respaldo militante al Presidente, porque él lo va a necesitar.
No hace falta decir que para el Sur Global y para los BRICS —es decir, para un proyecto que apunte hacia un momento histórico en el que vuelva a regir el derecho internacional, el respeto a los derechos humanos, la posibilidad de reestructuración de la ONU— la victoria del Presidente Lula ante la amenaza de la ultraderecha es un signo de aliento y esperanza. Ahora cabe al Sur y a los BRICS asumir el compromiso de respaldar a Brasil en este nuevo periodo, que estará amenazado desde el primer día del nuevo gobierno.
*Doctora en Historia, científica política y analista uruguayo-brasileña, profesora de ,la Universidad Federal de Río de Janeiro, Programa de Posgrado en Historia Comparada, cofundadora en Argentina (con Neiva Moreira y Pablo Piacentini) de Cuadernos del Tercer Mundo