La nuevas derechas latinoamericanas, a la sombra de Trump
Patricio Fernández
Estos políticos llegaron al poder montados en el rechazo al ‘establishment’ y operan desde el conflicto como modo de existencia
El declive de la derecha tradicional parece indicar el fin de un ciclo político, en el que muchos actores tradicionales han sucumbido ante las turbulencias y están desapareciendo. Partidos tradicionales como el PAN de México, el PDC de Chile, la Democracia Popular de Ecuador o el Partido Conservador de Colombia no logran salir de sus crisis internas. En otros casos, como el de Brasil, se asiste a una profunda fragmentación de este espectro político.
Las nuevas fuerzas políticas, bajo nuevas banderas como la ideología libertaria, funcionan más como partidos-plataforma, con algunas características típicas de los movimientos sociales, y se están convirtiendo en protagonistas que no desean ser identificados con las élites tradicionales. En el interior de estas nuevas agrupaciones persiste una alta heterogeneidad en cuanto a sus expresiones de derecha.

Todos llegaron al poder montados en el rechazo al establishment, todos operan desde el conflicto como modo de existencia, todos tienen una relación peculiar con la verdad (que usan como herramienta, no como norte) y todos entienden que en la era digital la personalidad es el mensaje. Sustituyeron a los tradicionales representantes de la derecha por considerarlos cobardes, dinosaurios, casta, los mismos de siempre o los corruptos. Hacen de la contraparte un enemigo nefasto que merece ser destruido y al que incluso deshumanizan en el lenguaje.
En estos casos, por una parte, se observa un retorno de las narrativas de “mano dura” y, por otra, una copia del discurso trumpista que apela a lo identitario. Estos movimientos viven del descrédito ideológico de la globalización y practican un enfoque instrumental de la democracia, priorizando medidas extrainstitucionales y antiestatales. Aunque sus programas económicos incluyen medidas a favor del libre mercado con una reducción agresiva de la burocracia, son menos explícitos en políticas de desregulación y privatización y de entrega de l recursos naturales de sus países.
Comunistas, narcotraficantes, estatistas, migrantes, delincuentes, mandriles, terroristas, sinvergüenzas, son todos lo mismo. Coinciden en llegar a reconstruir países que consideran en el suelo, aunque datos en varios demuestran que mienten descaradamente. Han sustituido la lucha de clases por lo que llaman batalla cultural, que implica la vuelta a los valores tradicionales amenazados por el wokismo y sustituir la mentalidad socializante por la fe en el libre mercado y la desregulación, en un menosprecio por la reflexión compleja, la filosofía y el arte.
Hoy Trump encuentra condiciones más favorables para consolidar el Escudo de las Américas, un espacio de cooperación entre gobiernos que comparten prioridades en materia de seguridad -monitoreados obviamente y hasta financiado por EEUU- y una visión estratégica similar sobre los principales desafíos de la región. Los recientes triunfos de Abelardo de la Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú ampliaron el número de gobiernos afines a Donald Trump: hoy la mitad de los países de América Latina (10 de 20) que están -o estarán en breve- en manos de administraciones alineadas con la política hemisférica impulsada por la Casa Blanca.
La derecha latinoamericana experimenta expansión sin precedentes y busca consolidar el Escudo de las Américas como espacio de cooperación pragmática con Washington, aunque enfrenta desafíos de gobernabilidad y aún carece de la estructura permanente que caracterizó al Foro de San Pablo de la izquierda. En ese contexto, Washington encuentra condiciones más favorables para consolidar el Escudo de las Américas, un espacio de cooperación entre gobiernos que comparten prioridades en materia de seguridad y una visión estratégica similar sobre los principales desafíos de la región, siempre con el visto bueno de Washington y Trump.
Hasta hace pocos meses, el Escudo de las Américas, que reúne estos países alrededor de Trump, podía interpretarse principalmente como una iniciativa de coordinación en seguridad. Su objetivo es compartir inteligencia, articular operaciones contra organizaciones criminales transnacionales y fortalecer el control de fronteras. Como añadidura, reducir la influencia de actores externos considerados estratégicos por Washington, especialmente China. Pero ahora comienza a plantearse una pregunta geopolítica de mayor alcance: ¿la derecha latinoamericana será capaz de construir mecanismos de coordinación entre gobiernos afines? ¿Logrará lo mismo que logró hacer la izquierda durante años, aunque bajo una lógica diferente?
El alcance del proyecto podría ir más allá de la seguridad. La declaración de apoyo, por parte del Escudo, al presidente boliviano, Rodrigo Paz, asediado por movimientos sociales ; la voluntad de coordinación expresada por varios de ellos y las referencias cada vez más frecuentes a una agenda regional compartida indican que comienza a configurarse un espacio político con capacidad para actuar conjuntamente en determinados asuntos internacionales.
Estas derechas no están de acuerdo en todo, pero coinciden en el llamado combate al crimen organizado, el control migratorio y el fortalecimiento de las fuerzas de seguridad, además de identificar como «enemigos» a los gobiernos de centroizquierda o socialdemócratas. Eta visión común del progresismo o la izquierda como enemigo y de sometimiento al liderazgo de Donald Trump, les da un grado mayor de cohesión que facilita la construcción de alianzas políticas y explica la notoria sintonía entre varios de los gobiernos conservadores.
En República Dominicana Luis Abinader encarna la derecha convencional (en la que igualmente entrarían Santiago Peña en Paraguay y Rodrigo Paz en Bolivia), que sostiene un capitalismo tecnocrático e institucional, orientado a la estabilidad macroeconómica y la gestión eficiente.

No obstante, el peso político de la izquierda, crítica de Trump, sigue siendo determinante en América Latina. Brasil y México, los dos países con mayor influencia económica y diplomática de la región, continúan bajo gobiernos de ese signo.
La presidente electa de Perú, Keiko Fujimori, consultada sobre la posibilidad de impulsar un movimiento regional de gobiernos de derecha, sostuvo que existe una oportunidad para que los países “se ayuden entre ellos”, coordinen políticas migratorias, compartan inteligencia y articulen estrategias comunes contra el narcotráfico y el crimen organizado. También confirmó el interés de Perú por incorporarse al Escudo de las Américas y reveló conversaciones con el presidente chileno José Antonio Kast sobre políticas públicas regionales.
La gira regional que el mandatario argentino Javier Milei que inició a fines de este mes también se inscribe en una estrategia más amplia de articulación de la derecha latinoamericana. El recorrido por Brasil, Perú, Colombia y Ecuador combinará agenda oficial con respaldo político a dirigentes afines.
Los nuevos gobiernos derechistas llegan con un respaldo ciudadano claro para enfrentar la inseguridad, una de las principales preocupaciones de la región. Pero el desafío no es solo responder a la urgencia de la seguridad, sino construir las mayorías necesarias para sostener cambios de largo plazo en áreas como la Justicia, el sistema penitenciario y el funcionamiento del Estado.
¿Esta coincidencia ideológica constituye solamente una afinidad discursiva o si comienza a transformarse en una verdadera red de cooperación política?. Jair Bolsonaro fue el primero de esta ola que llegó al poder en América Latina (2019), y en muchos sentidos es el menos sofisticado del grupo. Excapitán del ejército brasileño, lleva consigo la cultura cuartelera: la camaradería viril, la desconfianza al intelectual, el respeto a la jerarquía y las armas.
Su tosquedad es auténtica, no performativa. Cuando dijo que prefería tener un hijo muerto a uno gay, o cuando le dijo a una diputada que no la violaría porque “no merecía” ser violada, simplemente verbalizaba lo que pensaba en ese momento. Bolsonaro dispara desde el instinto. La anécdota más reveladora de su carácter quizás sea su reacción al resultado electoral de 2022: no reconoció la derrota, se encerró en el palacio por dos días, lloró ante sus seguidores militares y, finalmente, dejó el país para instalarse en Florida, a la sombra de Trump.

La alianza entre militares, evangélicos, la agroindustria, defensores de las armas y los mercados financieros ha estado forzando los límites de la democracia en repetidas ocasiones mediante sus acciones en nombre del expresidente brasileño Jair Bolsonaro. Tuvo el impulso del golpe, pero no llegó a consumarlo. La intentona le costó una condena que lo mantiene preso.
Su hijo mayor, Flavio, también defensor de la dictadura militar brasileña –una época de “seguridad, salud y educación de calidad”, asegura- es hoy candidato a la presidencia. Su triunfo implicaría un importantísimo paso en la consolidación regional de esta órbita política. La alianza entre militares, evangélicos, la agroindustria, defensores de las armas y los mercados financieros ha estado forzando los límites de la democracia en repetidas ocasiones mediante sus acciones en nombre del expresidente Jair Bolsonaro.
Nayib Bukele inventó un arquetipo autoritario. Joven, con gorra hacia atrás, activo en redes, irónico —en su perfil de Twitter se describió durante un tiempo como el “dictador más cool del mundo”. Se define como pragmático, y sin embargo, ha concentrado más poder que cualquiera de sus contemporáneos: negoció con los jefes de las maras (la delincuencia organizada), destituyó a la Corte Suprema, encarceló a decenas de miles de personas en condiciones cuestionadas por organismos internacionales y logró reelegirse cambiando la Constitución que él mismo había promovido.
De los gobernantes latinoamericanos es el que más conscientemente ha estudiado el poder como espectáculo. Trump lo hace por instinto; Bukele lo hace por diseño. Es el más estratégico y quizás por eso el más peligroso institucionalmente: desmantela la democracia con la imagen de quien la está mejorando.

Se ufana de sus cárceles inclementes. En febrero de 2020, molesto porque el Parlamento no aprobaba un préstamo para su plan de seguridad, Bukele entró al Congreso acompañado de militares armados, se sentó en la silla del presidente de la Asamblea, miró a los legisladores presentes con una mezcla de amenaza y desdén, cerró los ojos y oró en silencio varios minutos… y se fue. Después se levantó y se fue.
El argentino Javier Milei es intelectualmente el más ambicioso del grupo y psicológicamente el más peculiar. Economista de carrera, habla de Hayek y Mises con la pasión de un converso religioso. Cuando dice que “el Estado es una organización criminal”, no lo dice para provocar: lo cree con la intensidad de quien encontró una verdad. Detesta la justicia social y eliminaría del léxico la palabra solidaridad. Dice recibir mensajes del cosmos. La motosierra de sus primeros mítines —con el pelo desgreñado, los ojos desorbitados— es una expresión genuina de su temperamento delirante. A sus contradictores les llama “zurdos de mierda”.
La familia del chileno José Antonio Kast llegó a Chile desde Alemania tras la caída del III Reich, pero no tardó en hacer propia la tradición conservadora católica chilena. Quisiera indultar a los militares presos por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura por considerarlos la carne de cañón de una gran obra, pero hasta aquí se ha contenido con pragmatismo. No viste de colores, no se despeina. Intransigente, aunque todavía tiene un gobierno por delante para demostrar cuánto; poca facilidad de palabra y ninguna cercanía con la cultura o el arte.
Lo que ha llamado la atención es el por demás muy mediocre desempeño de su equipo. La promesa de seguridad que lo llevó a la presidencia demostró estar montada en una nube de humo. Su popularidad, en menos de dos meses, cayó del 58% que sacó en la segunda vuelta a cerca de un 40% de aprobación según diversas encuestas.

Daniel Noboa tiene treinta y tantos años, viene de una de las familias más ricas de Ecuador y gobierna con una mezcla de pragmatismo tecnocrático y dureza que sorprendió a quienes esperaban un joven moderado. Declaró la «guerra interna» al crimen de las pandillas, transmite operaciones militares casi en tiempo real, pero en 2025 los asesinatos aumentaron en un 32% durante su primer año de gobierno. Usa las redes con habilidad. Es el más gerencial del grupo. Ha pretendido parecer Bukele, pero sabe que no lo es.
Abelardo de la Espriella es el más nuevo y el más incierto. Abogado mediático conocido en Colombia por defender a clientes impresentables —entre ellos Alex Saab, presunto testaferro de Maduro, y el paramilitar Salvatore Mancuso, de quien dijo públicamente “es mi amigo y luchó una batalla que todos los costeños deberíamos haber dado”—, construyó durante años una marca personal basada en el provocador que dice lo que los demás callan.
Fundó su propio movimiento (Defensores de la Patria) en 2024 y acaba de ganar la presidencia con menos de un punto de ventaja sobre el senador progresita Iván Cepeda. Durante la campaña motró una foto que realzaba el tamaño de su pene, lo que según él le había ayudado a conquistar “unos votos bien bacanos del electorado femenino”. Su estilo se parece a Milei en la agresividad. Habló de “destripar a la izquierda” en un país que lleva décadas matándose entre grupos. Promete una Patria Milagro, producto de una alianza entre Dios y el pueblo. Demandó a periodistas, se peleó en televisión y entiende por “alta cultura” algo parecido a la ostentación, bien al estilo Trump.

Sus perfiles personales, sin embargo, difieren enormemente. Kast se escandalizaría escuchando las aventuras sexuales y los sueños extravagantes de varios de sus compañeros de pandilla, y a ellos él debe resultarles pesadillezcamente aburrido. Trump es un narciso de caricatura, Milei ni intenta ocultar sus desequilibrios, Bukele se viste como un sátrapa persa, De la Espriella exuda arribismo y espectacularidad. Son todos, sin embargo, enfáticos y reconocen el liderazgo de Estados Unidos. Combaten la amenaza socialista.
Defienden la causa sionista. Promueven el orden y se consideran el sostén de militares y policías ninguneados por sus antecesores. Quisieran encarnar un giro político profundo, un cambio de mentalidad, algo que se acerca a la fundación de un nuevo régimen. No son admiradores de la democracia, intentan corroerla por dentro, pero, salvo Bukele, ninguno ha llegado todavía a ponerla en jaque. Bolsonaro intentó un golpe, pero no llegó a realizarse. Está por verse si en la siguiente vuelta son reelectos y se proyectan, o constituyen una fase más en este juego de reemplazos en que se ha convertido la política americana. De ser así, cabe preguntarse a quiénes le corresponde tomar la posta en la próxima vuelta. Nada indica que el péndulo volverá a donde mismo.
*Analista de El País de España