Humberto Campodónico
Hay personas cuya trayectoria profesional puede resumirse en una disciplina. Se dice de ellas que fueron economistas, sociólogos, historiadores o juristas. Con Óscar Ugarteche ocurre exactamente lo contrario. Fue economista, sin duda, y uno de los más brillantes de su generación. Pero definirlo únicamente de esa manera sería reducir una vida que desbordó permanentemente las fronteras de cualquier
especialidad. Óscar fue también un pensador latinoamericanista, un escritor, un promotor de políticas públicas, un defensor de los derechos humanos, un activista por la igualdad y, sobre todo, un hombre convencido de que el conocimiento solo tiene sentido cuando contribuye a transformar la sociedad.
En estos días, mientras llegan mensajes de despedida desde universidades, organismos internacionales, centros de investigación y organizaciones sociales de distintos países, resulta evidente que cada persona recuerda a un Óscar distinto. Algunos evocan al economista que revolucionó el estudio de la deuda externa latinoamericana; otros al profesor generoso que siempre encontraba tiempo para leer un manuscrito o discutir una nueva idea; muchos lo recuerdan como un luchador infatigable por los derechos civiles; otros hablan del amigo cordial, del conversador brillante o del hombre culto que podía pasar, con la misma naturalidad, de una discusión sobre la arquitectura financiera internacional a una conversación sobre Borges, García Márquez o la poesía de César Vallejo.
Quizá esa diversidad de recuerdos sea la mejor manera de comprender quién fue realmente. Porque, en el fondo, todas esas facetas respondían a una sola preocupación que lo acompañó durante toda su vida: combatir las distintas formas de desigualdad y dominación que limitan la libertad de las personas y de los pueblos.
Su historia comenzó mucho antes de convertirse en un referente internacional. Comenzó en el Colegio Carmelitas de San Antonio, donde integró la primera promoción de egresados. Quienes compartieron aquellos años recuerdan a un estudiante de inteligencia precoz, lector insaciable y curiosidad inagotable. Mientras otros buscaban respuestas, Óscar parecía empeñado en formular nuevas preguntas. Esa curiosidad nunca lo abandonó. Lo acompañó durante sus estudios universitarios en el Perú y en el extranjero, en su trabajo académico, en los organismos internacionales y en cada uno de los proyectos que emprendió durante más de cuatro décadas.
Desde muy joven comprendió que América Latina enfrentaba problemas que no podían explicarse únicamente desde las fronteras nacionales. La crisis de la deuda externa de los años ochenta marcó profundamente a toda una generación de economistas latinoamericanos. Muchos concentraron sus esfuerzos en estudiar la renegociación de la deuda, los programas de ajuste estructural o las políticas de estabilización macroeconómica. Óscar eligió un camino distinto. Comprendió que el verdadero problema no era solamente cuánto debían los países latinoamericanos, sino quién escribía las reglas del sistema financiero internacional y a quién beneficiaban esas reglas.
Aquella intuición cambiaría el rumbo de toda su obra intelectual. Oscar participó como asesor en las negociaciones del Banco Central de Nicaragua sobre la deuda externa, a inicios de la revolución sandinista.
Mientras la mayor parte de los especialistas seguía discutiendo las sucesivas crisis de endeudamiento, Óscar desplazó el centro del debate hacia un tema mucho más ambicioso: la necesidad de construir una nueva Arquitectura Financiera Internacional. No bastaba con renegociar la deuda cada vez que estallaba una crisis. Era indispensable reformar las instituciones, las normas y los mecanismos de gobernanza que hacían posible que esas crisis se reprodujeran una y otra vez.
Fue una idea extraordinariamente adelantada para su tiempo.
A finales de la década de 1990 impulsó la creación de Latindadd, una red latinoamericana que muy pronto dejó de ocuparse exclusivamente de la deuda para convertirse en uno de los principales espacios regionales de reflexión sobre desarrollo, justicia fiscal, financiamiento internacional, políticas públicas y derechos económicos. Bajo su impulso, la discusión dejó de limitarse a los balances financieros para incorporar preguntas mucho más profundas acerca de la democracia, la equidad y el derecho de los países a definir soberanamente sus estrategias de desarrollo.
Óscar solía repetir que el problema nunca había sido únicamente la deuda. El problema era la arquitectura financiera que la producía. Por eso dedicó más de tres décadas a promover la construcción de unCódigo Financiero Internacional, capaz de establecer reglas más justas para las relaciones entre acreedores, organismos multilaterales y Estados soberanos. Defendió igualmente la creación de un Tribunal Internacional de Deuda Soberana, convencido de que ningún país debía quedar sometido a las decisiones de un solo tribunal nacional cuando estaban en juego cuestiones que afectaban el bienestar de millones de personas. Mucho antes de que los litigios de los llamados fondos buitre ocuparan la atención mundial, Óscar advertía que la ausencia de instituciones multilaterales para resolver esas controversias constituía una de las grandes debilidades del sistema financiero internacional.
No era una preocupación académica. Era una preocupación profundamente ética.
Lo que hacía diferente a Óscar no era únicamente la originalidad de sus ideas. Era la convicción con la que las defendía. Nunca concibió la economía como un ejercicio de neutralidad técnica ni como un conjunto de ecuaciones desligadas de la vida de las personas. Para él, detrás de cada crisis financiera, de cada programa de ajuste o de cada negociación de deuda existían seres humanos concretos, familias, trabajadores y países enteros cuyas posibilidades de desarrollo quedaban condicionadas por decisiones tomadas muchas veces a miles de kilómetros de distancia.
Por eso nunca aceptó la idea de que la economía pudiera separarse de la política, de la historia o de la ética. Estaba convencido de que las instituciones económicas no eran inevitables ni naturales; eran construcciones humanas y, como tales, podían cambiarse. Esa convicción lo acompañó durante toda su trayectoria y explica por qué sus investigaciones nunca se limitaron a describir la realidad. Siempre buscaban transformarla.
En numerosas oportunidades le escuché decir que América Latina había dedicado demasiado tiempo a discutir cómo adaptarse a las reglas del sistema financiero internacional y muy poco a preguntarse quién había escrito esas reglas y en beneficio de quién funcionaban. Esa pregunta, aparentemente sencilla, recorría toda su obra. Explica por qué fue uno de los primeros economistas latinoamericanos en sustituir el debate sobre la deuda por una discusión mucho más amplia acerca de la gobernanza económica mundial.
Su propuesta de una nueva Arquitectura Financiera Internacional fue, durante muchos años, considerada una aspiración lejana. Sin embargo, con el paso del tiempo muchas de las ideas que defendió comenzaron a abrirse camino en organismos multilaterales, universidades y foros internacionales. La necesidad de crear mecanismos más equilibrados para resolver las crisis de deuda soberana, la discusión sobre nuevos instrumentos de financiamiento para el desarrollo o la reforma de las instituciones financieras internacionales forman hoy parte de una agenda que Óscar comenzó a construir cuando muy pocos hablaban de ella.

Era un hombre extraordinariamente paciente. Sabía que las grandes transformaciones intelectuales no ocurren de un día para otro. Sembraba ideas con la tranquilidad de quien comprende que quizá no llegue a ver plenamente sus frutos. Por eso nunca midió el éxito por la inmediatez de los resultados, sino por la capacidad de abrir nuevos caminos de reflexión para las generaciones siguientes.
Pero reducir a Óscar Ugarteche al economista internacional sería cometer una injusticia.
Su preocupación por la desigualdad nunca se limitó a las relaciones entre el Norte y el Sur o entre acreedores y países deudores. También dirigió su mirada hacia el Perú. Y allí encontró otra estructura de poder que lo acompañaría intelectualmente durante el resto de su vida.
*Economista, profesor de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM).