En Austria la política municipal desafía la política nacional
Pedro Brieger
Hace ya más de setenta años que el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) es parte del espectro político del país, aunque su desarrollo como el principal partido de la extrema derecha comenzó en la segunda mitad de la década de 1980, bajo el liderazgo de Jörg Haider. Su ascenso se vio reflejado en las elecciones parlamentarias de 2024 cuando se convirtió en la primera fuerza con cerca del 30 por ciento de los votos, de la mano de un discurso nacionalista y contra la inmigración. Intentó formar gobierno pero otros partidos conservadores y de derecha no aceptaron entrar en una coalición con el FPÖ.

En sus antípodas, el antiguo Partido Comunista (KPÖ) ni siquiera logró superar el umbral del 4 por ciento para acceder a una banca en el parlamento. Sin embargo, la gran paradoja de la política austríaca es que el KPÖ liderado por Elke Kahr gobierna en coalición la ciudad de Graz -la segunda del país- desde 2021 cuando obtuvo el 28 por ciento de los votos. En 2026 retuvo la alcaldía aumentando su caudal al 36 por ciento y aseguró la continuidad de Kahr en el cargo. Un aspecto llamativo, que lo distingue de muchos partidos comunistas europeos, es que el KPÖ no ha renunciado al nombre “comunista”.
Todo indica que la definición en sí misma no le aleja votantes, porque su fortaleza no radica en agitar las banderas del marxismo sino en su cercanía con los problemas concretos de la población. Esta cercanía con los problemas cotidianos forma parte de su visión ideológica de la sociedad de apoyo a los sectores más desfavorecidos. La polarización entre lo local y lo nacional pareciera confirmar aquello que decía Francis Fukuyama del “fin de la historia” (1989), o la afirmación anterior de Daniel Bell del “fin de las ideologías” (1960).
La experiencia de Graz
El KPÖ nunca abandonó su referencia comunista y marxista, solo que decidió dejar en un segundo plano las grandes discusiones ideológicas para concentrarse en los problemas concretos de la política municipal, especialmente en el tema de la vivienda, una problemática con historia en Austria. Después de la Primera Guerra Mundial el gobierno socialdemócrata de Viena construyó viviendas sociales, lavanderías, guarderías, bibliotecas y consultorios médicos. Algunos de esos complejos habitacionales todavía se mantienen en pie y son parte de la memoria colectiva.

Según los dirigentes del KPÖ el partido se mantiene como una fuerza política importante porque interviene en los problemas de la vida cotidiana y sus representantes municipales incluso donan parte de sus salarios. Dicen ser conscientes de que gobernar un municipio no puede cambiar al capitalismo, pero que tampoco se puede esperar el advenimiento del socialismo para luchar por mejorar las condiciones de vida de quienes no tienen acceso a lo básico, como lo es un techo.
La democratización del poder local
Una de las grandes transformaciones del siglo XX fue la expansión del sufragio. Por lo general las elecciones nacionales precedieron a la elección directa de las autoridades locales, aunque ese proceso no fue uniforme. Si miramos a Europa, en Londres la primera elección directa de alcalde se produjo recién en el año 2000. A su vez, en París, Berlín o Viena todavía se elige a través de una votación indirecta en el consejo municipal. Por el contrario, la ciudad de Nueva York eligió su primer alcalde de manera directa en 1834 (aunque no votaban las mujeres y se imponían restricciones a la población negra).
En buena parte de América Latina el proceso de las elecciones directas a alcaldes/intendentes/jefes de gobierno fue contemporáneo al de varias capitales europeas. Salvo contadas excepciones, en todos los países el poder central designaba representantes que debían administrar las ciudades en obvia sintonía con el gobierno nacional. La democratización a nivel local apareció como una novedad. Para los movimientos populares en América Latina este tipo de elección implicó un reto político mayor ya que la mayoría de ellos consideraba que lo importante era/es acceder al gobierno nacional y de allí gobernar de manera centralizada todo el país para implementar reformas estructurales. 
Muchos movimientos populares tardaron en comprender la importancia de lo local aunque hay que recordar que la serie de gobiernos dictatoriales daba poco margen para pensar en lo local.
Desde que se generalizaron las elecciones directas en pueblos, ciudades y Estados regionales, varios partidos de izquierda lograron ganar las elecciones locales pero en muy pocas casos pudieron mantenerse, entre otros motivos, porque también se vieron envueltos en escándalos de corrupción. Los partidos de derecha suelen decir que las izquierdas no saben gobernar. El Frente Amplio de Uruguay parece que sí lo logró ya que gobierna Montevideo de manera ininterrumpida desde 1990.
Y si se trata de que las personas vivan mejor y tengan mayores derechos sociales, lo local puede ser un buen punto de partida.
* Sociólogo y periodista argentino