Desde la motosierra de Milei hasta el TikTok de Keiko
Latinoamérica se convirtió en un laboratorio electoral digital
Jorge Majfud
Los casos de Javier Milei, Keiko Fujimori, Nayib Bukele y Donald Trump revelan cómo la economía de la atención ha llegado a moldear las campañas, influir en los votantes y redefinir la soberanía democrática en la región.
Lo que está en juego no es solo el contenido del discurso, sino lo que revela sobre la transformación contemporánea de las disputas políticas.

Presidente Donald J. Trump – PICRYL
La idea de un país como “laboratorio electoral” no surge de la nada. Solo cobra sentido en un contexto donde las elecciones han dejado de ser procesos estrictamente nacionales y se han convertido en eventos atravesados por dinámicas transnacionales, mediados por plataformas digitales y guiados por estrategias para captar la atención.
La fase actual del capitalismo, el Entorno Tecnocientífico-Informativo , consolidado desde la segunda mitad del siglo XX, ha transformado la ciencia, la tecnología y las telecomunicaciones en los principales engranajes del espacio global.
En este contexto, los dispositivos digitales y sus algoritmos han asumido el papel de mediadores centrales de la dinámica social, superando su condición de canales neutrales.
Estas plataformas transforman el repertorio informativo colectivo al dictar qué adquiere relevancia. En consecuencia, los legados históricos y culturales pierden protagonismo en el debate público, que pasa a regirse por métricas de participación.
Esta transformación está vinculada a lo que se conoce como la economía de la atención, en la que el recurso más escaso ya no es la información, sino la propia concentración del usuario. La competencia por captar la atención prioriza la información inmediata y simplificada sobre la profundidad analítica.
Para competir por este recurso cada vez más valioso, las grandes plataformas tecnológicas
ajustan sus algoritmos para priorizar el contenido que provoca reacciones intensas, como indignación, miedo o ira. La política, absorbida por esta dinámica, se ve sometida a la «impaciencia algorítmica», un fenómeno que lleva a las personas a desarrollar intolerancia a la espera en la vida real debido a los estímulos generados por el uso constante de tecnologías que reducen la profundidad analítica.
De este modo, el debate público se vacía de contenido, el tiempo para la reflexión es sustituido por la urgencia de la reacción y los discursos moderados quedan obsoletos frente a narrativas breves y polarizadas diseñadas para la confrontación.
En este ecosistema de experimentación continua, donde el votante deja de ser un actor político para convertirse en un dato maleable en tiempo real, las democracias latinoamericanas se enfrentan a sus desafíos más dramáticos. Financiadas por los modelos de negocio de las grandes empresas tecnológicas (Big Techs), las plataformas han dejado de ser meros escaparates de contenido y han asumido la gestión de la voluntad popular.
Al alimentar la impaciencia algorítmica y la intolerancia al esfuerzo cognitivo, esta dinámica sustituye la deliberación por la confrontación y recompensa las soluciones simplistas a problemas complejos, funcionando en última instancia como el motor invisible detrás del auge de las fuerzas políticas de extrema derecha en América Latina.
Es en este punto donde el discurso de Trump deja de ser anecdótico para convertirse en sintomático. Al mencionar a Brasil como un posible campo de pruebas, no está inaugurando una nueva práctica, sino explicitando una lógica que ya estaba en marcha.