¿Es el progresismo la nueva izquierda?

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Pedro Brieger

En los últimos años se ha popularizado la expresión “progresismo” para definir una postura política.  Es tan amplia la misma que se la puede utilizar tanto para quienes defienden posturas ecológicas como para definir gobiernos.  Su uso es bastante reciente y producto -entre otros factores- de la transformación de gran parte de los múltiples pensamientos de las izquierdas que fueron pujantes durante el siglo XX.

Veamos la definición de “progreso”.  Según la Real Academia Española es la “acción de ir hacia adelante”.  Se complementa con avance, evolución y desarrollo, y es sinónimo de “prosperidad, mejora, renovación y reformismo”.  Históricamente se ha considerado progresista a una persona cuando está a favor de ampliar derechos y cuestionar tradiciones o estructuras heredadas que perpetúan desigualdades sociales.  En pocas palabras, para muchas corrientes de pensamiento, el progreso implica aspirar a mayor bienestar material, mejores condiciones de vida (vivienda, salud, alimentación) y una ampliación de derechos civiles y políticos. 

Del progreso al progresismo

En el siglo XIX el progresismo estuvo asociado a sectores que impulsaban reformas políticas y económicas, resistidas por los conservadoresTRANSCEND MEDIA SERVICE » The Volatility of US Hegemony in Latin ... que querían mantener el orden establecido y sus privilegios de clase.  Una persona «progresista» no era necesariamente de izquierda; podía ser liberal, republicana, o formar parte de una burguesía que defendía constituciones, libertades civiles o la limitación del poder monárquico.  La asociación casi automática entre «progresista» e izquierda es más reciente.  Es así que en muchos países, cuando hoy alguien dice «progresista», se lo asocia a posiciones cercanas a la centroizquierda o a la izquierda, y lejos del liberalismo clásico del siglo XIX.

Las identidades de las izquierdas se fueron transformando durante el siglo XX producto del éxito y/o fracaso de los diferentes procesos revolucionarios (Rusia, China, Cuba, etc).  La caída del muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética y el giro capitalista de la República Popular de China fueron golpes muy duros para todas las vertientes de izquierda. Esto se combinó con la aparición de nuevas agendas y movimientos sociales (derechos humanos, género, diversidad, medio ambiente) que solían ocupar un lugar secundario en buena parte del discurso de las izquierdas, más focalizadas en organizar a la clase obrera como tal. 

Este proceso llevó a que se consolidara una nueva identidad política que no contempla la toma revolucionaria del poder ni propone al socialismo como se lo conoció en el siglo XX.  Salvo algunos grupos (más o menos pequeños) que mantuvieron sus identidades “puras” del siglo XX, las personas, corrientes y gobiernos que se identifican con el llamado progresismo plantean reformas dentro del marco del capitalismo.  

Es muy difícil identificar desde cuándo se ha comenzado a utilizar “progresismo” como categoría e identidad política.  Hay quienes lo sitúan en la llamada “transición española” después de la muerte de Franco en 1975.  El desarrollo posterior de la socialdemocracia ibérica tuvo influencia en numerosos políticos, medios de comunicación y centros de estudios latinoamericanos que se abocaron de lleno al estudio de las transiciones democráticas en Argentina, Chile y Uruguay.  Por otra parte, la disminución de la amenaza de los recurrentes y sangrientos golpes de Estado del siglo XX, abrió la puerta a una participación electoral casi sin proscripciones, incluso de aquellos que habían optado por la lucha armada en el pasado.

Esto quiere decir que el progresismo no es una continuación lineal de la izquierda clásica como afirman algunos libertarios que ven el fantasma del comunismo por todos lados, sino una reformulación de las izquierdas que han cambiado y sumado sectores que no provienen de aquellas tradiciones. 

La izquierda sin nombre en el siglo XXI

Con el comienzo del siglo XXI y la aparición de Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva, Tabaré Vázquez, Nestor Kirchner, Michelle Bachelet, Evo Morales, Rafael Correa, Manuel Zelaya y Fernando Lugo la expresión «progresismo» se comenzó a utilizar para designar a un conjunto de gobiernos.  Todos ellos en América Latina y con orígenes diversos, pero críticos de las políticas neoliberales y la sumisión a los Estados Unidos.  

Un párrafo aparte merece la tortuosa relación de algunos sectores del peronismo con la corriente progresista, a la que fustigan de manera permanente.  Los gobiernos de Nestor y Cristina Kirchner son considerados parte de esta corriente, aunque una franja del propio peronismo rechaza esta caracterización y se irrita sobremanera ante cualquier asociación con el progresismo, al que -a veces- parece considerar su principal enemigo.  Esto es particularmente paradójico porque durante los dos primeros mandatos de Juan Domingo Perón (1946-1955) se tomaron algunas de las medidas más progresistas del siglo XX en la Argentina. 

El peronismo impulsó la ampliación de derechos de los trabajadores, el voto femenino, la gratuidad universitaria y las campañas sanitarias masivas entre tantas otras reformas que favorecían a los sectores más postergados.  Medidas progresistas por excelencia y resistidas por los conservadores de la época.  Aunque no se utilizaba la categoría progresista, no cabe la menor duda de que el gobierno de Perón (y Evita) fue lo más progresista de la Argentina en el siglo XX.

Tal vez uno de los fenómenos más interesantes vinculados al desarrollo del “progresismo” es que sirvió de punto de encuentro para corrientes provenientes de tradiciones políticas muy diferentes. Después de décadas de enfrentamientos —incluso muy violentos— las discrepancias en torno al “modelo” a seguir pasaron a un segundo plano para dar lugar a agendas comunes amplias y flexibles. La amplitud de la categoría “progresista” facilitó ese acercamiento, ya que permite articular experiencias diversas sin exigir la renuncia a las identidades políticas previas. 

En el siglo XIX existieron distintas denominaciones para quienes aspiraban a impulsar cambios sociales. Muchas de las categorías políticas se transformaron a lo largo del siglo XX para adaptarse a nuevas realidades. El progresismo es una de esas transformaciones. Y como toda construcción política se seguirá transformando en el siglo XXI.

*Sociólogo y periodista argentino