Motivos ocultos de la paz trumpista
Jorge Elbaum
La guerra, despojada de eufemismos, consiste en quebrar al adversario hasta imponerle la voluntad del vencedor. Gana quien logra dictar condiciones; pierde quien debe aceptarlas. Según ese patrón histórico, los conflictos suelen cerrarse de tres maneras, separadas o combinadas: una resolución militar —con victoria, derrota y eventual capitulación—; un acuerdo de paz negociado, formalizado en un documento diplomático; o un cese indefinido de hostilidades, sin firma ni garantías explícitas.
En el conflicto abierto en 2025 con la guerra de los doce días, ninguno de esos desenlaces aparece con claridad. Esa zona gris es el territorio preferido de Donald Trump : allí puede convertir el fracaso en espectáculo, la amenaza en titular y el repliegue en victoria imaginaria. La guerra dejó expuesta, además, la fisura entre Washington y Tel Aviv: Trump buscó una victoria relámpago que incluyera un cambio de régimen en Teherán; Benjamín Netanyahu, en cambio, aprovechó la coyuntura para estirar la ofensiva contra el denominado Eje de la Resistencia, articulado por Irán para desplazar la frontera bélica hacia terceros países.
Trump intenta tapar ese fracaso con ruido. Lo hace apelando a una táctica ya clásica de la guerra híbrida: la inundación del cerco. El método es simple y brutal: saturar la agenda pública con falsedades, medias verdades y contradicciones deliberadas hasta volver resbaladiza cualquier lectura de los hechos. Aconsejado en su momento por Steve Bannon, el inquilino de la Casa Blanca no comunica: aturde. Inunda el ecosistema mediático para desorientar a sus adversarios internos y, de paso, confundir a las autoridades persas.
Desde el inicio de la segunda etapa del conflicto, el 28 de febrero de 2026, Trump anunció en 38 ocasiones que había alcanzado algún tipo de acuerdo de paz con Irán. Teherán no confirmó ninguno. La paz, por ahora, existe sobre todo en sus micrófonos.
Durante la última semana, Trump volvió a oscilar entre la amenaza total y la promesa de distensión. Primero dijo estar dispuesto a destruir Irán, bombardear infraestructura civil crítica y ocupar la isla de Kharg, punto neurálgico de las exportaciones petroleras de la República Islámica. Poco después proclamó otro acuerdo que Teherán volvió a desconocer. La incoherencia no es un accidente retórico: es el síntoma de una impotencia estratégica. Las Fuerzas Armadas más poderosas del planeta no lograron imponer su voluntad sobre Irán.
Y ese traspié externo se enlaza con un deterioro interno que golpea donde más duele: el bolsillo del electorado que votará en noviembre. El 61 por ciento de los estadounidenses considera la incursión bélica como un “error”, mientras los empresarios afectados por los aranceles de importación —luego eliminados por la Corte Suprema— empiezan a reclamar la devolución de 130 mil millones de dólares recaudados por la actual administración.
A ese malestar doméstico se le sumó la decisión de Teherán de apuntar sus misiles y drones hacia las monarquías vecinas de la península arábiga, el mismo territorio donde los señores tecnofeudales levantaron centros de datos dedicados a la inteligencia artificial y donde el Pentágono conserva bases militares. Amazon, Microsoft, Google y Oracle invirtieron allí alrededor de 50 mil millones de dólares.
Esas corporaciones ya no miran a Trump como garante del orden, sino como fuente del incendio que amenaza sus activos bajo el paraguas de Pax Silica, la alianza internacional destinada a asegurar minerales críticos para los semiconductores de inteligencia artificial. A esa fragilidad se suma un peligro que los grandes medios prefieren tratar en voz baja: la posible destrucción de los cables submarinos que transportan el 90 por ciento del tráfico de datos entre Europa y Asia, y cerca del 20 por ciento del tráfico mundial de Internet.![]()
El malestar de los tecnofeudales se combina con la alarma de las monarquías aliadas de Washington —Arabia Saudita, Bahréin, Kuwait, Catar y Emiratos Árabes Unidos—, todas urgidas por frenar los bombardeos y reabrir Ormuz. La semana pasada, los ministros de Relaciones Exteriores de los Estados árabes del Golfo Pérsico reclamaron a Washington y a Teherán un “cese inmediato” de las hostilidades. Detrás de los anuncios repetidos de paz no hay una estrategia reconocible, sino un choque de presiones: la improvisación del Pentágono, la resiliencia persa, la neutralidad europea, el maximalismo bélico de Israel y el miedo de los inversores a perder negocios regionales.
Los escenarios posibles que se abren a partir de las últimas declaraciones de Trump son tres. Ninguno permite exhibir la victoria que pretende anunciar. El primero es un cese de hostilidades precario, parecido al patrón observado desde fines de febrero, con continuidad de la ofensiva israelí sobre el Líbano. Si esa variante prospera, Trump la presentará como triunfo para ocultar la frustración estratégica. El segundo escenario es una nueva escalada, con riesgos crecientes para la infraestructura energética, militar y digital de la región.

El tercero es un acuerdo de paz negociado, aunque sostenido sobre garantías débiles por la desconfianza que sembró Washington. Esa desconfianza no nació de la nada: tiene un antecedente directo en el Plan de Acción Integral Conjunto de 2015, conocido como 5+1, que Trump abandonó durante su primera presidencia. Quien rompió el puente ahora pretende cobrar peaje por reconstruirlo.
La presión final para alcanzar algún tipo de entendimiento —y quizá la más decisiva— proviene del entorno familiar del magnate neoyorquino. Jared Kushner, yerno del presidente, recibió una inversión de 2 mil millones de dólares del fondo soberano de Arabia Saudita para su firma de capital privado, Affinity Partners. Donald Trump Jr., por su parte, integra el directorio de Unusual Machines, una empresa dedicada a la fabricación y venta de drones que ya cuenta con pedidos de compra de distintos países árabes del Golfo.
La paz trumpista, entonces, no aparece como el resultado de una arquitectura diplomática consistente, sino como la consecuencia de una derrota no admitida, de presiones económicas cruzadas y de intereses familiares que vuelven urgente la fabricación de una victoria narrativa.
*Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)