Pekín, Moscú y Washington: la disputa por la historia

33

Pedro Brieger

Con apenas unos días de diferencia Donald Trump y Vladimir Putin aterrizaron en Pekín.  No hay que tener grandes conocimientos de geopolítica para comprender la importancia de ambas visitas a la República Popular de China y quién es el anfitrión, ya que en las relaciones internacionales siempre es importante el lugar donde se realizan los encuentros.  Como si esto fuera poco, unos días antes estuvo allí el canciller iraní Abbas Araghchi.

La centralidad de los cuatro países está marcada por los vínculos políticos, económicos y militares entre ellos.  Así se entrecruzan Ucrania, Taiwán, el estrecho de Ormuz y las sanciones económicas que Estados Unidos les impone a los otros.  Las sanciones son una de las demostraciones de fuerza de la Casa Blanca en un mundo que todavía se rige por el dólar.

Además, otra muestra constante es el poderío militar que utiliza para amenazar a diestra y siniestra, a pesar del actual fracaso en tumbar al régimen iraní.  Las sobreactuaciones personalistas de Donald Trump no deben tapar las políticas de Estado que impulsan, con matices, republicanos y demócratas.  La manifiesta y ampulosa necesidad de Trump de mostrarse como el centro del universo es apenas la burda expresión de la histórica doctrina del “destino manifiesto”.  

En 1845 el periodista estadounidense John L. O’Sullivan acuñó la idea del “Destino Manifiesto”.  El combinó el nacionalismo estadounidense, la expansión territorial, la creencia religiosa en una misión providencial y su superioridad política y cultural.  Al momento de la publicación de su famoso artículo “Anexión” se debatía la incorporación de Texas y la expansión hacia el territorio mexicano de California.  Desde entonces la “doctrina” sirvió para justificar la anexión de otros territorios y las múltiples intervenciones en todo el mundo.

Pocos años antes de ese artículo, en 1831, en la lejana Moscú, el gran poeta Aleksandr Pushkin escribió sobre el orgullo nacional en su poema “A los calumniadores de Rusia”.  Allí defendió la idea de que Occidente no comprendía ni la historia ni la identidad rusa. También afirmaba que se trataba de una civilización distinta de Europa occidental y mezclaba el orgullo imperial con resentimiento hacia una Europa que olvidaba el papel de sus soldados en la expulsión de las tropas napoleónicas que habían invadido el país en 1812. 

Ver las imágenes de origenGobernada por Nicolás I desde 1825, Rusia ya era un imperio que controlaba enormes territorios en Europa y Asia.  Otro escritor de renombre mundial, Fyodor Dostoievski, usó en 1880, en su famoso discurso sobre Aleksandr Pushkin, la figura del poeta para hablar de Rusia, Europa y de la misión universal e histórica del pueblo ruso de unir espiritualmente a la humanidad.  No es casual que hoy sea tan citado por sectores del entorno intelectual nacionalista de Putin.

Para ese entonces, entre 1831 y 1845, China estaba gobernada por la dinastía Qing y atravesaba el comienzo de una crisis histórica enorme: el choque con las potencias occidentales.  China era una civilización que todavía se veía a sí misma como el centro del orden mundial.  Sin embargo, empezaba a estar sometida a la presión occidental inglesa que provocó las dos “guerras del opio” y la cesión en 1842 de Hong Kong a los británicos. 

Muchos intelectuales chinos suelen definir el período que va desde la Primera Guerra del Opio (1839-1842) hasta la revolución de 1949 como “el siglo de la humillación” por el sometimiento a las potencias extranjeras.  Por eso no fue casual la referencia del presidente chino Xi Jinping al “rejuvenecimiento nacional” durante su encuentro con Trump.   La idea que expuso no era novedosa.  En 2021 dijo explícitamente en un discurso que el “rejuvenecimiento nacional ha sido el mayor sueño del pueblo chino desde la Guerra del Opio de 1840 cuando las potencias occidentales comenzaron a actuar impunemente en territorio chino”.

La particularidad de la coyuntura actual es que China se ve a sí misma como una potencia en permanente crecimiento, mientras observa las dificultades de los Estados Unidos por mantenerse en la cima. En una civilización con miles de años de historia, 100 o 200 años representan apenas una saga de Hollywood. No solo en China existe esa mirada de larga duración histórica; también aparece en sus vecinos de la India y Japón, siempre atentos a cualquier movimiento cerca de sus fronteras.

Si miramos a los actores mencionados nos encontramos con cinco protagonistas que tienen historias milenarias.  Y uno que, apenas, tiene 250 años de historia, aunque mira con soberbia a quienes han enfrentado en mil batallas a imperios poderosos.  En Estados Unidos suelen estar muy atados a la coyuntura y les cuesta comprender procesos de largo aliento.   En un mundo donde algunos actores piensan en siglos, otros reaccionan como si la historia hubiera comenzado ayer. 

Por eso se equivocan tanto.

*Sociólogo y periodista argentino