Trump temporada 2: imperialismo en estado puro
Roberto Montoya
“Trump, el imperialismo desbocado”. Así titulaba a cinco columnas El País de España su portada el pasado domingo 11 de enero. “Una nueva era imperial para el siglo XXI” era por su parte el título de su suplemento Ideas del mismo día. Posiblemente sea la primera vez en sus 50 años de historia que el periódico del poderoso grupo multimedia PRISA, con representantes del gran capital español y extranjero en su accionariado calificaba así la política exterior de EEUU en portada y de forma tan destacada.
No utilizó un lenguaje similar más que en contados artículos y columnas de opinión ni durante durante los ocho años (1981-1989) de ofensiva imperial de Ronald Reagan en Granada, Afganistán, Irán, Libia, Líbano o Centroamérica, ni con la Administración de George H.W.Bush (1989-1993) y su invasión de Panamá (1989) o la Guerra del Golfo (1991), ni tampoco con los dos gobiernos de su hijo George W.Bush (2001-2009) ante su invasión de Afganistán, Irak, y su Guerra contra el Terror a nivel planetario, precedentes imperiales solo de las últimas cuatro décadas.
Todo un síntoma de la gravedad del momento. El gran capital está preocupado y busca una estrategia para tomar posición, para enfrentar el nuevo escenario y reacomodarse ante él.
Un año antes de la Revolución Bolchevique, en 1916, Vladimir Illich Ulianov, alias Lenin, exiliado en Suiza, tomaba posición ante la I Guerra Mundial en su texto Imperialismo, fase superior del capitalismo, que se terminaría publicando en 1917.
Ante aquella guerra imperialista de batalla frontal entre grandes potencias por el reparto territorial del mundo y sus áreas de influencia el líder ruso ya analizaba que el uso extremo de la fuerza era el curso inevitable del capitalismo en su fase monopolista, cuando el Estado quedaba subordinado al capital de los monopolios.
Muchos de los ejemplos de monopolios de EEUU, Alemania, Francia o Reino Unido en la fase imperialista de fines del siglo XIX e inicios del XX que analizaba Lenin, las petroleras Estándar Oil, United Steel Corporation, la siderúrgica alemana Rheinisch-Westfälische Stahlwerke o las químicas BASF o Bayer, o los cárteles AEG-Siemens en electricidad o los británicos en acero y ferrocarriles, siguen estando ahí más de un siglo después.
El reparto del botín venezolano
La convocatoria de Trump en la Casa Blanca días atrás a casi dos decenas de representantes de la industria petrolera estadounidense y europea para invitarlos a invertir en Venezuela y hacerles partícipes minoritarios del suculento botín del petróleo venezolano volvió a confirmar el papel de estos monopolios.
Ninguno de esos CEOs presentes mencionó siquiera el ataque militar de EEUU contra Venezuela del pasado 3 de enero ni la gravedad del acto de guerra que supuso el secuestro por la fuerza de nada menos que el presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Todos legitimaron con su silencio la acción imperialista. Asunto zanjado.
A ninguno de ellos pareció importarle tampoco la legitimidad de EEUU para apoderarse de la producción y exportación del petróleo de Venezuela y que Trump anunciara que controlaría los beneficios que su venta reporte. Trump utiliza el poder geoeconómico además del militar para apropiarse del petróleo venezolano e influir en flujos y precios en el mercado mundial, asegurándose que todas las operaciones comerciales se hagan en dólares y no en yuanes ni euros ni ninguna otra divisa.
Esos petrodólares son vitales para la economía estadounidense, para EEUU es imprescindible la fortaleza de su divisa, que el dólar siga siendo el referente, pieza clave para intentar evitar ese declive gradual pero irreversible de su hegemonía mundial.
Pero para los CEOs de las grandes corporaciones petroleras lo que importa ahora es hablar de negocios y se negocia con quien está al mando.
Las posturas en esa reunión en la Casa Blanca simplemente estuvieron divididas entre aquellos como el CEO de Repsol, Josu Jon Imaz, que de forma entusiasta anunciaba su disposición a triplicar la producción actual en dos o tres años y aquellos otros, como Exxon Mobil y ConocoPhillips –dos gigantes petroleros que abandonaron Venezuela cuando Hugo Chávez les obligó a pasar a ser accionistas minoritarios de Pdvsa o a retirarse- que mostraron su escepticismo ante la inversión a la que los invitaba Trump por la incertidumbre sobre la estabilidad social en Venezuela a corto y medio plazo.
Todos quieren garantías de que el imperio cumplirá, “por las buenas o por las malas”, como le gusta decir a Trump, que EEUU creará las condiciones necesarias en Venezuela para poder esquilmar sus enormes reservas de petróleo sin que las corporaciones estadounidenses o europeas vean turbadas sus operaciones por convulsiones políticas y sociales internas.
En el siglo XIX y parte del XX tanto los viejos imperios europeos como el joven imperio estadounidense imponían y protegían con las cañoneras de sus Armadas los intereses de sus grandes compañías. A pesar de las advertencias que ya contenía la Doctrina Monroe de 1823 a esos viejos imperios europeos de que no se atrevieran a operar en el continente americano, Venezuela fue motivo de bloqueo naval desde diciembre de 1902 a febrero de 1903 por parte de Alemania, Gran Bretaña e Italia.
El derecho a intervenir en los asuntos internos de cualquier país
Las flotas navales europeas bloquearon todos los puertos venezolanos y bombardearon instalaciones costeras para obligar a Venezuela a pagar deudas pendientes, y terminó siendo el Gobierno de Theodore Roosevelt el mediador entre las partes y garante de que las autoridades venezolanas cumplieran sus obligaciones.
EEUU salió reforzado con aquellos Protocolos de Washington de Febrero de 1903 que darían lugar al Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, por el cual el imperio estadounidense subió un escalón más en el control de su `patio trasero´: reivindicó su derecho y su deber para intervenir en asuntos internos de cualquier país del continente americano a fin de estabilizarlos.
A partir de ese momento Estados Unidos se sintió legitimado para defender con sus cañoneras los intereses de la entonces poderosísima United Fruit Company (UFC) invadiendo con sus marines Honduras en 1903, 1907, 1911, 1912, 1919, 1924, 1925 para reprimir revueltas sociales y proteger las plantaciones y el transporte de sus productos. Lo repitió en Guatemala en 1920 para enfrentar huelgas obreras; en Nicaragua de 1909 a 1933; en Panamá en 1903, o en Costa Rica en 1921.
Trump está reivindicando eso en la Estrategia de Seguridad Nacional aprobada a fines de 2025, la vigencia de aquellos derechos y deberes de más de un siglo atrás.
Lo ha dicho con todas las letras en su Doctrina Donroe (oficialmente bautizada Corolario de Trump a la Doctrina Monroe): Estados Unidos no solo no permitirá injerencias de potencias extranjeras a lo largo y ancho del continente americano, sino que se arroga el derecho de intervenir en cualquiera de las decenas de países que lo integran para estabilizarlos si considera que pueden afectar la seguridad nacional de EEUU.
Décadas de sumisión y complicidad de la UE y de la OTAN
La mal llamada comunidad internacional aún no ha sabido responder a ninguna de las múltiples ofensivas imperiales que ha lanzado la Administración Trump desde que volvió a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025, hace ahora un año. No lo ha hecho ante la guerra arancelaria; no lo ha hecho ante la amenaza de anexionarse Canadá, de recuperar el control de Panamá o apoderarse de Groenlandia, ni tampoco frente al caso más grave, el ataque en toda regla contra Venezuela, contra su Gobierno, contra su soberanía.
En el caso de Venezuela el imperio innova, prueba un modelo inédito: pretende gobernar el país, controlar especialmente su economía, su principal producción, la del petróleo, sobre la base de amenazar a su Gobierno con completar su asfixia económica y financiera de años y con la amenaza de una intervención militar en toda regla.Nunca antes en su historia el imperio estadounidense intentó ese modelo sin haber ocupado militarmente el país previamente.
La UE y el resto de socios de EEUU en la OTAN tampoco han respondido al genocidio del pueblo palestino por parte de Israel con total complicidad de EEUU dejando que sea Donald Trump quien decida el Gobierno y el futuro de Gaza y Cisjordania.
Los socios de la Unión Europea –todos ellos, 27, miembros también de la OTAN- aceptaron igualmente de forma sumisa subir gradualmente sus presupuestos de Defensa hasta un 5% como mandó el emperador a costa de los bolsillos de todos los europeos, y a comprometerse a comprar armamento estadounidense para ayudar a Ucrania en su guerra con Rusia, una guerra evitable y perdida desde hace mucho tiempo.
Los líderes de la UE, el gran bloque del viejo continente llamado a ser un contrapeso mundial de primer orden sigue lamentando de forma resignada que el tsunami trumpista “rompe las reglas de las que nos habíamos dotado hace 80 años, tras el fin de la II Guerra Mundial».
Un relato comprado una y otra vez por políticos y medios de comunicación de distinto signo.
¿Cuánto hace que gran parte de esas reglas volaron por los aires? Se toman como referentes históricos de esa regulación del nuevo orden multilateral de democracias liberales post II Guerra Mundial que supuestamente habrían estado vigentes hasta el ataque a Venezuela del pasado 3 de febrero instituciones tanto políticas como financieras de primer orden.
En el plano político, en primerísimo lugar, la Carta de las Naciones Unidas y sus numerosas agencias, desde la OMC, la OCDE, la OIT, la FAO, la OMS, UNICEF, CIP, CIJ, UNRWA, cubriendo ámbitos tan amplios como la regulación de conflictos internacionales, tribunales de Justicia internacionales, el libre comercio, la alimentación, la sanidad, los derechos laborales, la cultura. A ellos debe sumarse la creación del FMI, el BM, o acuerdos como Bretton Woods.
Estados Unidos, el mismo país que poco antes del fin de la II Guerra Mundial utilizó bombas atómicas contra las ciudades de Hiroshima y Nagasaki para doblegar al imperio japonés matando a cientos de miles de civiles, jugó precisamente un papel protagónico de aquel diseño del nuevo orden mundial de posguerra.Y ese mismo país es el que viene violando sistemáticamente desde hace décadas aquel orden, aquellas instituciones, aquellas alianzas y tratados internacionales.
Han sido decenas las intervenciones militares directas e indirectas de Estados Unidos en América Latina y el Caribe, en el sudeste asiático, en Oriente Medio y otras zonas del mundo durante la Guerra Fría y decenas los ejemplos de sus chantajes económicos e injerencias políticas tanto en ese largo periodo como tras el fin de ella, en 1991, después de la atomización de la URSS y el derrumbe de los países de Europa del este.
Hace muchos años que Estados Unidos incumple las reglas del libre comercio, que desata guerras comerciales, que chantajea a países con supresiones de créditos o ayuda militar o en la lucha contra las drogas exigiéndoles condiciones económicas draconianas para imponer los intereses de sus multinacionales.
Otros predecesores de Trump sembraron su camino
Hace muchos años también que Estados Unidos viola sistemáticamente el derecho internacional, que hace caso omiso a resoluciones de la ONU votadas por aplastantes mayorías, que viola en sus numerosas guerras de rapiña por el mundo las propias Convenciones de Ginebra, el más elemental derecho humanitario, e impide la acción y amenaza a la propia Corte Penal Internacional (CPI) o la Corte Internacional de Justicia (CJI).
¿Cuál es el salto que da ahora Trump, qué lo diferencia drásticamente de presidentes como Reagan o los Bush, padre e hijo? En el plano comercial Ronald Reagan impulsó en la década de los ’80 una política unilateralista pero combinada con negociaciones en el GATT y culminando con la creación de la OMC. Lo justificaba como una defensa del libre comercio.
Y en el plano político y de seguridad Reagan justificaba sus aventuras bélicas en Irak, Afganistán, Irán o Centroamérica en la batalla contra el comunismo, en plena Guerra Fría.
Su sucesor, George H.W Bush, reivindicaba por su parte el liderazgo de EEUU en la gigantesca coalición que llevó a cabo la Guerra del Golfo de 1991 contra Sadam Husein como un ejemplo de operación multilateral pos Guerra Fría, de “responsabilidad compartida”.
Su hijo, George W. Bush, respetó a su vez la centralidad de la OMC, los tratados de libre comercio, y justificó bajo el paraguas de su Guerra contra el Terror contra el terrorismo de origen islamista sus violaciones sistemáticas de los derechos humanos, del Derecho Internacional o las Convenciones de Ginebra. Bush ‘junior` logró para ello la complicidad de sus socios de la UE y de la OTAN en las nuevas guerras de Afganistán, Irak, o en los vuelos de la CIA, o en el laboratorio de terror de la prisión de Guantánamo, abierta en enero de 2002, hace ahora 24 años.
Trump ha ido ya en un solo año mucho más lejos que sus predecesores. El magnate republicano no busca excusa, cuestiona el propio sistema, el propio orden mundial consensuado tras el fin de la II Guerra Mundial al que califica de nocivo para Estados Unidos. Cuestiona a la ONU y a todas sus agencias, rechaza cualquier regla del libre comercio, y rompe con más de 60 tratados internacionales.
Su amplísima concepción de lo que supone la seguridad nacional de EEUU y las amenazas que asegura se ciernen sobre ella le llevan a considerar como potenciales adversarios o enemigos a cualquier país o bloque de países -incluidos los hasta más estrechos aliados, los miembros de la UE y la OTAN- que no acepten sus decisiones imperiales, sean estas de tipo comercial, financieras, políticas o militares.
La extrema debilidad económica, política y de Defensa de una UE profundamente dividida, al igual que sucede en el seno de la OTAN, dificultan extremadamente una rápida y sólida respuesta a los delirios imperiales de un Trump al que ni las propias instituciones ni la sociedad estadounidenses parecen tener mecanismos para frenarlo, y tampoco encuentra por el momento reacciones de calado por parte de China o el resto de los BRICs, la otra mitad del mundo.
Sí, acertó esta vez El País de España al titular su portada Trump, el imperialismo desbocado.
Periodista y escritor argentino. Exiliado, reside en España donde es director de la sección Internacional para el diario El Mundo, del que ha sido corresponsal en diversos países europeos.