Nazismo, otra vez, en Alemania y Austria
Colectivo de investigación del Observatorio en Comunicación y Democracia – Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA)
La realidad muestra que la extrema derecha no ha dejado de crecer en Europa desde principios de siglo, en un largo camino desde cuando apenas conseguía diputados para formar grupo en el parlamento europeo hasta ser hoy la segunda fuerza más votada en las pasadas elecciones de Alemania.
Hay 410 grupos de extrema derecha que se organizan en Europa. En España hay 32, en Francia, 105, en Reino Unido, 120. Son entidades neonazis, ya sean en forma de partido político u organizaciones sociales. Desde hace unos treinta años, por casi toda Europa, los grupos de extrema derecha van viento en popa.
Si bien algunos partidos impregnan sus diatribas de referencias neonazis, la mayoría de ellos busca la respetabilidad y ocupan el terreno de lo social. Se presentan como el último recurso y como un fortín contra una supuesta islamización de la sociedad, empujando a una recomposición de las derechas antiinmigrantes y xenófobas.
La ultraderecha dobló sus apoyos en la última década: si los tres grupos de la extrema derecha del parlamento europeo se unificarán se convertirían en el más grande de la eurocámara y junto al Partido Popular Europeo (PPE) tendrían mayoría absoluta.
Es preocupante que la extrema derecha alemana y austriaca muestran públicamente su afinidad con el pasado y herencia nazi sin que eso conlleve costo electoral alguno.
El fascismo y el nazismo fueron fruto de la Gran Depresión, la crisis económica mundial que comenzó en 1929 con la caída de la bolsa de valores de Wall Street y se extendió por la década siguiente.
El enorme deterioro de la situación económica, que afectó muy negativamente el bienestar de las clases populares, creó un problema grave de credibilidad y legitimidad de los sistemas y de los gobiernos democráticos.
El fascismo –en el sur de Europa y el nazismo en el centro y norte europeo capitalizaron el descontento que creció previo a la Segunda Guerra Mundial. Ambos lograron notable influencia en ambos lados del Atlántico Norte, llegando a gobernar en varios países de Europa Occidental.
Su mensaje era autoritario y antidemocrático: toda opción política era considerada sujeta a ser eliminada, con un nacionalismo extremo supuestamente defensor de la civilización cristiana, basado en racismo y machismo, promotores de la violencia hacia el adversario, que era definido como enemigo.
Era profundamente antisindical, anticomunista y antisocialista, lo que era atractivo para grandes fracciones del poder económico y financiero, cuyas cúpulas se sentían amenazadas por movimientos contestatarios procedentes del movimiento obrero, que cuestionaban su poder. Ante eso, los grandes capitales de estos países fueron los que financiaron al fascismo y al nazismo, Y lo vuelven a hacer ahora.
Sin dudas, el mejor cordón sanitario a la extrema derecha es combatir las causas que han generado su ascensión, que sus ideas y propuestas no se apliquen de forma interpuesta por los partidos de la gran coalición que presumiblemente gobernará Alemania.
Las elecciones alemanas del domingo 23 de febrero alcanzaron una participación récord del 82%, la mayor desde la reunificación, muestra del interés que ha despertado entre una población preocupada y pesimista con la situación del país y el giro a la derecha del nuevo parlamento germano.
Las encuestas preelectorales revelaron que cerca de la mitad de los alemanes estaría a favor de una medida que supusiera expulsar a millones de personas del país. El propio canciller socialdemócrata Olaf Scholz, afirmó: “Tenemos que expulsar por fin a lo grande a quienes no tienen derecho a permanecer en Alemania”, tras endurecer sus políticas llegando a reactivar los controles fronterizos en territorio Schengen.
Se supone que la nueva coalición de gobierno la liderarán los democristianos de la CDU con los socialdemócratas del SPD y quizás los verdes. Pero lo más destacado y preocupante fue el salto cualitativo protagonizado por la extrema derecha de Alternativa por Alemania (AFD), que ha conseguido pasar del cuarto al segundo puesto en el Bundestag, duplicando los apoyos del 2021.
La colaboración de Merz de la CDU con la ultraderecha para endurecer la política migratoria, a pesar de no prosperar finalmente en el parlamento, tendrá repercusiones importantes tanto a corto como a medio plazo. Los resultados pondrán una vez más a prueba la salud del llamado brandmauer (cortafuegos o cordón sanitario) a la extrema derecha, que en realidad no ha dejado de crecer en Europa desde el inicio de siglo.
A finales de septiembre, el homólogo austriaco de AfD, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), consiguió una victoria histórica, por primera vez la ultraderecha ganaba unas elecciones legislativas desde la segunda guerra mundial. Es de recordar que su primer presidente fue Anton Reinthaller (antiguo miembro de las SS) y su candidato, Herbert Kickl, se ha autodenomino en campaña como el “canciller del pueblo”, expresión con la que popularmente se designaba a Hitler.
En Austria, la victoria del FPÖ (Partido de la Libertad) expresó un descontento social creciente en importantes capas de la población por una economía en recesión, el aumento de la inflación y el costo de la vida, una importante desafección con la política y el sistema de representación, así como el crecimiento exponencial de las teorías de la conspiración desde la pandemia del covid-19.
Eran malestares y miedos que el FPÖ, bajo la batuta de Herbert Kickl ha sabido capitalizar electoralmente utilizando como propuesta estrella la “remigración”, que persigue asegurar la homogeneidad racial y cultural mediante la expulsión del país no solo de las personas migrantes sino también de ciudadanos con pasaporte austriaco y origen migrante.
Una propuesta, hasta hace poco marginal, que paulatinamente se está imponiendo en una ultraderecha que, elección tras elección, radicaliza más su discurso antiinmigración retrotrayéndonos a los momentos más oscuros de la historia austriaca.
El concepto de remigración, hasta hace pocos meses casi tabú en una Alemania marcada por su pasado nazi, se convirtió en uno de los elementos claves del programa electoral de AfD. Los ultraderechistas alemanes desataron la polémica al distribuir propaganda electoral con la forma de “billetes de deportación” a personas migrantes o con raíces migrantes.
Esos billetes evocan la propaganda antijudía de la época nazi, que en la década de los años treinta del siglo pasado distribuían “Billetes de ida a Jerusalén” en las estaciones de tren como una forma de señalamiento y acoso a la comunidad judía alemana.
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El “cordón sanitario” fue uno de los ejes del polémico discurso del vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, en la Conferencia de Seguridad de Munich, donde afirmó que «en democracia no hay lugar para los cordones sanitarios», una referencia explícita al contexto electoral alemán y una injerencia sin precedentes.
Si bien es difícil calibrar la influencia de Elon Musk (y su saludo nazi) o Vance en el resultado electoral cosechado por la ultraderecha de AfD, lo que está fuera de duda es que contribuyó a normalizar sus propuestas y su presencia en la vida política alemana como una opción con la que poder llegar a acuerdos.
Consciente de su nueva situación, Alice Weidel, la lideresa de AfD, aprovechó el discurso de la noche electoral para cargar contra el cordón sanitario y ofrecerse a los democristianos para formar una inédita coalición de gobierno.
La ultraderecha en Alemania, al igual que antes en otros países, consiguió influir en el debate público normalizando sus postulados xenófobos e islamófobos. Quizás ésta sea su mayor victoria.