Elecciones en Israel: qué se vota, cómo se vota y quién es quién
Emilia G. Morales
El 27 de octubre, Israel, el país investigado por genocidio por la Corte Internacional de Justicia, acudirá a las urnas para elegir un nuevo gobierno. El Comité Electoral prohibió temporalmente la participación de los partidos árabes.
Los expertos consultados coinciden en que la cita electoral estará condicionada por el trauma del 7-O, en el que los israelíes continúan inmersos. La cuestión palestina, el genocidio en curso o los frentes bélicos abiertos por Tel Aviv con sus países vecinos quedan, por el contrario, fuera del debate.
Cuatro años después de que Israel eligiera la actual composición de la Knéset (Parlamento) los israelíes se preparan para las que serán una de las elecciones más relevantes de su historia. Durante la última legislatura —la más conservadora de la historia de Israel— el país ha sufrido una enorme transformación interna debido a una sucesión de acontecimientos que han marcado tanto su política doméstica como internacional.
Entre ellos, destacan los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 contra la población israelí, la infructuosa gestión de Tel Aviv de la crisis de los rehenes, la represalia genocida contra la población de la Franja de Gaza y el repudio internacional a la masacre, el avance colonial sin precedentes en Cisjordania y la apertura de nuevos frentes bélicos en Irán, Líbano y, en menor medida, Siria.
La herida que estos acontecimientos han dejado en la sociedad israelí es profunda. De acuerdo al Índice de Democracia israelí de 2025, elaborado por el Instituto de Democracia de Israel (IDI), el país está más polarizado que nunca. La fricción entre las derechas y la izquierdas son percibidas por los israelíes como «la tensión más acuciante» del país, pese a que alrededor del 60% de los israelíes se autoperciban «de derechas». Las encuestas realizadas desde el inicio del genocidio muestran que estas divergencias también se evidenciaron a la hora de apoyar o no el avance de los colonos en Cisjordania, el alto el fuego en la Franja de Gaza o la entrada de ayuda humanitaria en el enclave.
Las posiciones de la mayoría de los judíos israelíes respecto a la cuestión palestina han quedado anquilosadas en lugares irreconciliables con la posibilidad de cualquier tipo de autonomía árabe. De acuerdo al Índice de Paz publicado en julio de 2026 por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Tel Aviv, tan solo el 24% de los israelíes judíos continúa apoyando la solución de dos Estados, mientras que solo un 6% se plantea la opción de la creación de un Estado binacional. Frente a ellos, la mayoría de los árabes con ciudadanía israelí —el 71%— desean avanzar en la solución de los dos Estados, lo cual no excluye que el 39% también apoye el nacimiento de un Estado binacional.
En definitiva: la brecha entre ambas poblaciones es profunda y se ensancha cada día que pasa sin que se ponga fin a la ocupación. A la mayoría de la población israelí ni siquiera se le pasa por la cabeza esta opción. «La cuestión palestina no se plantea, se sale completamente del guion», confirma la subdirectora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC), Rosa Meneses. Según la experta, los israelíes «están ensimismados en el trauma del 7-O, pero son incapaces de ver los traumas ajenos» porque «no ven a la población palestina». «Están ciegos» ante su sufrimiento.
Hay quienes ven en la radicalización del sionismo un síntoma «del principio del fin» del proyecto nacional israelí «tal y como lo hemos conocido», afirma Ilan Pappé en su ensayo El fin de Israel (Akal, 2026). El próximo 27 de octubre, unos 7 millones de los 10,2 millones de ciudadanos que habitan Israel acudirán a las urnas para elegir a los gobernantes que les acompañarán en esta nueva etapa.
¿Qué se vota?
Israel es, oficialmente, una democracia parlamentaria unicameral. Es decir, que su poder legislativo recae únicamente sobre la Knéset o el Parlamento, que está compuesto por 120 asientos que se reparten proporcionalmente al número de votos adquiridos. Los miembros de la Knéset tienen el poder de investir al primer ministro del país o jefe del Gobierno, al presidente o jefe del Estado, y al controlador del Estado, que equivale a una mezcla entre el Tribunal de Cuentas y el Defensor del Pueblo español. Actualmente, estos cargos los detentan Benjamín Netanyahu, Isaac Herzog y Michael Rabello, respectivamente.
Además, la Knéset legisla, controla políticamente al gobierno, promulga leyes posee algunas funciones que podrían entrar en el ámbito de lo judicial, como acabar con la inmunidad parlamentaria de sus miembros —lo que en España se conoce como aforamiento—, y destituir al presidente o al controlador del Estado. Una vez elegido al líder del Ejecutivo —el primer ministro— este elegirá a sus ministros, que deberán gobernar por un periodo máximo de cuatro años.
¿Quiénes votan?
Según la Comisión Electoral Central, en mayo de 2026 había en Israel 7,3 personas con derecho a voto. Es decir, ciudadanos israelíes, mayores de 18 años e inscritos en el Registro de Población. El voto de esta población está radicalmente condicionado por su adscripción étnica. Según el CBS, la población israelí está compuesta en un 76% por judíos, en un 21,1% de palestinos del 48 o árabes y por un 2,9% de personas extranjeras. Sin embargo, el peso electoral de cada uno de estos grupos no corresponde a su proporción real en la sociedad.
Para empezar, cuando el CBS aporta datos sobre la división étnica del censo electoral, agrupa a los árabes cristianos, musulmanes y drusos. Según los últimos datos del organismo estadístico, estos suponen un 17% del censo. Unos 4 puntos porcentuales menos que su población real en Israel. ¿A qué se debe esta baja representación? Según el CBS, dos razones explican este fenómeno. Por un lado, la juventud de la población árabe, muchos de cuyos miembros tienen menos de 18 años. Por otro lado, las dificultades que enfrentan los palestinos del 48 para obtener la ciudadanía israelí, lo que les impide acceder a derechos básicos como al sufragio.
¿Cómo se vota?
Las elecciones al Parlamento israelí se celebran en una sola ronda y de forma presencial. Es decir, no existe el voto por correo. De esta forma, las opiniones de quienes migraron de Israel —algunas muy críticas con la gestión del país e, incluso, con el genocidio en Gaza— no tienen su reflejo en el resultado electoral. No es la única fórmula que ensombrece la representación de la diversidad en la Knéset.
Todo el Estado israelí es una única circunscripción. No hay regiones con más o menos asientos en el Parlamento en base al tamaño de la población ni para compensar desigualdades históricas. Esto genera una serie de problemáticas en relación a la representación de las etnias minoritarias y de sus demandas. Especialmente, si se tiene en cuenta que, desde 2014, las formaciones políticas deben alcanzar el 3,25% de los votos válidos si quieren lograr un escaño.
Si se parte de que la dinámica electoral en la que, según Barreñada, «los árabes votan a los partidos árabes y los judíos a los judíos», es fácil identificar que los más afectados por el umbral electoral son los palestinos del 48. Su baja representación en el censo electoral y la división del voto entre los tres partidos árabes mayoritarios —Ra’am, Hadash y Ta’al— merma su capacidad de influenciar al gobierno. Actualmente, estas tres formaciones ocupan únicamente el 12% del Parlamento.
¿Quiénes se presentan?
El pasado 9 de septiembre se cerró el plazo para que los partidos israelíes presentaran sus candidaturas a la Knéset. En total, 38 formaciones presentaron sus listas —cerradas— a la próxima cita electoral, la mayoría de ellas representantes de los intereses de los israelíes judíos.
El pasado 23 de septiembre, el Comité Electoral Central prohibió la participación de Ra’am y la Lista Conjunta de Hadash, Ta’al y Balad en las elecciones de octubre, en base a las impugnaciones presentadas por la extrema derecha del Likud, la formación supremacista Otzma Yehudir y el foro Choosing Life, formado por familiares y víctimas de Hamás.
impugnaciones que pedían desautorizar la participación de los partidos de corte fascista Otzma Yehudit y Sionismo Religioso, y del centrista Partido Demócrata —antiguamente conocido como el Partido Laborista—.
La mayoría de las encuestas muestran como ganador a Gadi Eisenkot, líder de la formación ultraconservadora Yashar! y antiguo ministro sin cartera de Benjamín Netanyahu. Sin embargo, la carrera al gobierno está todavía muy reñida con el Likud de Netanyahu. De hecho, en el caso de que el Supremo no avale la decisión de la Comisión Electoral Central de acabar con los partidos árabes, la llave del gobierno israelí podría estar en sus manos. Sin embargo, ninguno de los partidos de la oposición quiere verse en esa situación.