Los cuatro pasos marítimos que tienen al mundo en vilo

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Ignacio Fariza,Luis Sevillano Pires y Fernando Albero

Al cierre del estrecho de Ormuz y las turbulencias en Bab el Mandeb se suman una sequía persistente en el canal de Panamá y las dudas sobre Malaca

No eran ni las ocho de la mañana del martes 23 de marzo de 2021. El Ever Given, uno de los mayores cargueros del planeta, quedaba encallado en el canal de Suez: 400 metros de eslora y 16 de calado que obstaculizaban el paso en una arteria clave para el comercio entre Asia, Oriente Próximo y Europa.

Dois anos após encalhar no Canal de Suez, cargueiro 'Ever Given' é alvo ...
Ever Given encallado en el Canal de Suez

Era el principio de un atasco global de apenas una semana, pero que puso a la economía contra las cuerdas. En 2023, la sequía hundiría el tráfico en el canal de Panamá, otra vía clave: evita un rodeo de aúpa por el estrecho de Magallanes. Y a finales de ese año, los ataques hutíes en Bab el Mandeb incendiarían la única entrada al mar Rojo por el sur, esencial para los flujos energéticos y de mercancías. Visto en perspectiva, sin embargo, aquello no fue más que un aperitivo de lo que estaba por venir.

Este 2026, belicoso y convulso, muy convulso, pasará a la historia como el año más difícil para los pasos marítimos mundiales desde que hay registros. El estrecho de Ormuz, por el que típicamente circulaba la quinta parte del petróleo y el gas natural licuado del mundo, lleva meses al albur de Irán y de Donald Trump. Los aliados de Teherán en Yemen, mientras, acarician el control total de Bab el Mandeb. El canal de Panamá, por donde pasan el 40% de los contenedores con origen o destino en Estados Unidos, opera a medio gas por la sequía persistente. Y en Malaca, un estrecho crítico para media Asia, Indonesia coquetea con cobrar peajes. Una concatenación de eventos sin precedentes para un sector, el del transporte por mar, del que depende el 80% del comercio mundial y que no gana para sustos.

“En perspectiva histórica, es una situación extrema”, reconoce Jasper Verschuur, de la Universidad Técnica de Delft (Países Bajos). “Ha habido interrupciones de algunos de estos puntos en el pasado, pero nunca una perturbación simultánea de esta magnitud”. Las crisis, en fin, “siempre habían afectado a una única ruta cada vez”, profundiza Lionel Fontagné, director del Instituto de Políticas Macroeconómicas e Internacionales, adscrito a la Sorbona. Nunca a tantas al unísono.

Hay mucho, muchísimo en juego: más de la quinta parte del comercio marítimo mundial en valor. Por Bab el Mandeb transita el 16%; por Ormuz, el 8%; por Panamá, el 7%. “La gran diferencia entre ellos es que Ormuz no tiene alternativas: solo unas pocas conexiones [energéticas] terrestres de capacidad muy limitada”, explica Verschuur por correo electrónico. El nombre de Malaca resuena menos, pero es vital para Pekín: por él pasan las cuatro quintas partes del crudo y el gas que importa. Al filo de la segunda crisis energética en un lustro, eso son palabras mayores.

El año pasado, el valor de las mercancías transportadas por mar rondó los 18,4 billones de dólares —unos 16,3 billones de euros—, según los datos de la OMC y de UNCTAD. Es casi tanto como el PIB de China.

Estrecho de Ormuz

Por esta vía de agua crucial, único enlace posible entre el mar Arábigo y el golfo Pérsico, circulaba la quinta parte del crudo y gas que se mueve del mundo. Eso, antes de la guerra entre Estados Unidos e Irán: desde entonces, el tránsito de petroleros y metaneros ha pasado de más de un centenar de buques al día a, con suerte, una decena.

Es el gran quebradero de cabeza económico de los últimos meses, una crisis de final incierto y con reverberaciones en todos los rincones del mundo. Al cerrojazo inicial iraní, en las primeras semanas de la guerra, se sumó después otro candado: el de Estados Unidos, con el que trataba de secar los ingresos que la República Islámica obtiene con la venta de crudo y gas. El resultado es un mercado energético en coma, con el compás de los precios desnortado, crecientes dudas sobre el suministro en mercados clave de Europa y Asia e impactos por doquier. En el transporte y en la minería, con el diésel por las nubes. En la agricultura, con la urea escaseando. Y en los hogares, con la gasolina y el gasóleo disparado.

El tráfico por Ormuz se hunde tras su cierre

Por aguas de Ormuz circulaba la cuarta parte del petróleo que se mueve por mar. También un tercio de los fertilizantes que consume —consumía— el mundo, recuerda Youssef: la seguridad alimentaria está en el alambre, cortesía de Donald Trump. “Las perturbaciones en los flujos de energía y fertilizantes ya se están trasladando al precio de la comida y, en general, a los presupuestos de los hogares”, avisa Youssef. “Con unos efectos desiguales: las economías en desarrollo dependen en mucha mayor medida del transporte marítimo”.Vista aérea del estrecho de Ormuz.

Era una crisis anunciada desde al menos 2023, cuando los rebeldes hutíes, generosamente financiados por Teherán, empezaron a atacar barcos vinculados con Israel. En las dos últimas semanas, sin embargo, ha dado un salto exponencial: la milicia yemení ya domina la isla de Mayun y el puerto de Moca, acariciando el control total de la única vía de agua que da acceso al canal de Suez desde el sur. En paralelo, 1.400 kilómetros al norte, las milicias proiraníes en Irak han golpeado la ciudad portuaria saudí de Yanbu, obligando a pausar el flujo de petróleo por el oleoducto Este-Oeste, alternativo a Ormuz y por el que fluía casi el 5% del crudo mundial. Se mire adonde se mire, el mar Rojo está en llamas.

“El número de barcos que atraviesan esa zona llevaba tres años bajando, pero lo que hemos visto estos últimos días es otra cosa”, apunta por teléfono Johannes Lumma, de la Universidad de Oxford. Egipto, recuerda, se juega miles de millones de euros allí: los que obtiene por el tránsito de barcos por Suez. “Y hay dos continentes enteros interesados en que el comercio marítimo no se vea muy afectado en esa zona: Europa y Asia. No estamos hablando de una crisis regional, sino global”, añade Lumma.

El tráfico se desvía de Suez hacia el cabo de Buena Esperanza

El tránsito por Bab el Mandeb y Suez cayó por la escalada en el mar Rojo y cada vez más barcos optan por rodear África. La tensión vuelve a repuntar ahora.

El Canal de Suez y Bab el Mandeb

Son las puertas de entrada y salida del mar Rojo, que conecta el océano Índico con el mar Mediterráneo. Antes de los ataques hutíes de finales de 2023, por Suez pasaba alrededor del 10% del comercio marítimo mundial. El tonelaje que atraviesa el canal llegó a caer un 70%, pero se ha recuperado parcialmente desde entonces. Ahora, la toma hutí de Bab el Mandeb amenaza con sumir el paso egipcio en una nueva crisis.

Estrecho de Malaca

Por aquí pasa el 22% de los bienes que se mueven por mar en todo el mundo. El año pasado lo atravesaron más de 102.500 buques comerciales, en su mayoría con origen o destino China, que se la juega en apenas tres kilómetros de agua, en su punto más angosto.

El mundo aún trataba de digerir las consecuencias del primer cierre de Ormuz, en abril, cuando un comentario del entonces ministro de Finanzas de Indonesia, Purbaya Yudhi Sadewa, abría un nuevo frente. Fue en un simposio, casi de pasada, pero puso en alerta el comercio global: inspirada por los planes de Teherán, ¿por qué Yakarta no iba a poder cobrar un peaje a los barcos que quisieran atravesar este otro paso marítimo clave para el mundo, el enlace más corto de Asia Oriental con la India, Oriente Próximo, África y Europa?

Sadewa permaneció apenas cuatro meses más en el cargo —fue destituido el lunes pasado—, y los tres países que supervisan sus aguas7 Most Dangerous Places to Sail In The World - To Avoid! (Malasia, Singapur y la propia Indonesia) se aprestaron a asegurar la libre navegación. “Quieren proyectar que el Sudeste Asiático sigue siendo, al fin y al cabo, un refugio seguro para los inversores y el comercio”, asegura Collin Koh Swee Lean, de la S. Rajaratnam School of International Studies de Singapur. “La única manera de proyectar esa neutralidad es garantizando que los países del Sudeste Asiático son capaces de gobernar esa vía marítima”.

Con Ormuz y Bab el Mandeb en llamas, en cambio, las dudas siguen sobrevolando esta otra ruta. El riesgo concierne sobre todo a China, que importa las tres cuartas partes de su petróleo por esta vía. Una dependencia —y una vulnerabilidad— con nombre propio: el “dilema de Malaca”. Para dañar a Pekín, en fin, no hay más que dinamitar el paso por la zona. Sobre Malaca pesa otro problema: el robo armado. Aunque a una escala muy inferior que en décadas pasadas —sobre todo en los noventa—, en los últimos años han aumentado los incidentes, sobre todo en aguas indonesias.

Cuatro productos que dependen del estrecho de Malaca

Porcentaje del comercio marítimo mundial de cada mercancía que atravesó el estrecho en 2023: Crudo 45%. Propano / GLP 42%, Automóviles 26% y Carga seca 23%

Canal de Panamá

Construido a principios del siglo pasado, permite ahorrar hasta 10.000 kilómetros (unas tres semanas de navegación) en algunas de las grandes rutas entre los océanos Atlántico y Pacífico: se evitan, así, rodear América del Sur por el estrecho de Magallanes. Las sequías, cada vez más fuertes y recurrentes, lo ponen cada vez más en entredicho.

No solo son las guerras, o la sombra de los peajes, las que siembran la incertidumbre en la navegación marítima internacional. En el Canal de Panamá, ruta clave para el tránsito de mercancías hacia y desde Estados Unidos, es el calentamiento global el que amenaza con hacerlo descarrilar: las sequías, cada vez más recurrentes, impiden el normal funcionamiento de las esclusas y obligan a reducir el tránsito de barcos.

La imagen de Sentinel-2 muestra barcos en el acceso del Pacífico del Canal de Panamá, el 1 de septiembre de 2021

La Autoridad del Canal contempla más medidas drásticas. En 2025, presentó un proyecto para crear un nuevo lago artificial en las proximidades del lago Gatún. Promete abastecer a la cuenca e incrementar el paso de los barcos en un 15%, pero la ferocidad del cambio climático pone en duda su fiabilidad, según Samuel Muñoz, profesor de Ciencias Ambientales en la Universidad del Nordeste (Boston, EE UU).

A la amenaza del cambio climático se suman las del presidente estadounidense, Donald Trump, que quiere retomar el control de la infraestructura casi cinco décadas después, con el argumento de que “China está operando en él”.
El siempre volátil magnate republicano aprovechó su propio discurso de investidura, el año pasado, para acusar a Panamá de cobrar tarifas “exorbitantes”. Una capa de incertidumbre, una más, sobre la ruta más corta entre la costa Este de EE UU y el gigante asiático. La segunda es Bab el Mandeb, hoy indirectamente controlada por Irán.