Lacalle inaugura la campaña electoral: la segunda vuelta de gobierno

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Nicolás Centurión

Luis Lacalle Pou volvió a hablar en un acto público en la conmemoración de los 190 años de existencia del Partido Nacional. Habló como alguien que pretende volver a gobernar. No anunció una candidatura, pero tampoco necesitaba hacerlo. Hizo algo bastante más importante: empezó a explicar qué clase de dirigente pretende ser cuando llegue el momento de volver a pedir el voto.

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“Me he vuelto cada vez menos ortodoxo”, dijo Lacalle Pou. La frase puede pasar inadvertida entre los lugares comunes inevitables de cualquier celebración partidaria, pero probablemente sea una de las definiciones políticas más importantes de su intervención. El expresidente se encargó inmediatamente de aclarar que eso no significa cambiar valores y principios según la conveniencia. Su explicación fue más interesante: “Qué lindo ser ortodoxo y hablar de libertad cuando alguien no tiene laburo, no tiene casa, no tiene salud y no puede criar a sus hijos”.

Lacalle Pou entregó la banda presidencial el 1º de marzo de 2025, pero nunca abandonó completamente la competencia por el poder. Administró los tiempos de un expresidente joven, conservó la centralidad dentro del Partido Nacional y dejó transcurrir el período indispensable para que su regreso no pareciera desesperado. Ahora comienza otra etapa y su intervención en el aniversario blanco puede leerse como el kilómetro cero de una campaña electoral extraordinariamente larga.

El discurso de Lacalle debe escucharse desde esa perspectiva. “Si la política es más lenta que las necesidades de la gente, no es la gente la que tiene que frenar, es la política la que tiene que apurarse en dar soluciones”, afirmó. Y enseguida introdujo un elemento todavía poco transitado por la dirigencia uruguaya: “La inteligencia artificial tiene y debe y puede y abracémosla como una manera de acelerar la política y que sea mejor y que se resuelvan antes los problemas”.

No estaba hablando solamente de tecnología. Estaba construyendo una crítica al Estado y, por elevación, al gobierno que ocupa actualmente la Torre Ejecutiva. Política lenta contra necesidades rápidas. Administración burocrática contra resolución. Procedimiento contra resultados.

Yamandú Orsi, con bajos niveles de respaldo

Lacalle está intentando colocarse un paso después de la discusión ideológica tradicional. No reniega de sus ideas, sino que empieza a presentarlas subordinadas a una categoría superior: la capacidad de resolver. Es allí donde adquiere sentido su proclamada heterodoxia. Libertad, sí, pero no como abstracción frente al desempleado. Mercado, seguramente, pero no como respuesta automática frente a quien carece de vivienda, salud o condiciones materiales para criar a sus hijos. Hay en esas palabras un intento evidente de ensanchar nuevamente el lacallismo y de quitarle a la izquierda parte de su monopolio discursivo sobre la cuestión social.

Yamandú Orsi atraviesa un deterioro de aprobación que ya no puede considerarse simplemente ruido coyuntural. Las últimas mediciones conocidas colocaron su aprobación en niveles bajos y mostraron una desaprobación considerablemente superior. Más importante que una fotografía del momento es la tendencia: el gobierno consumió rápidamente una parte del capital político con el que llegó a la Torre Ejecutiva y comenzó a encontrar dificultades dentro de su propio electorado.

Existe una sensación difícil de medir entre una parte de la izquierda y la centroizquierda uruguaya: una extraña orfandad política. Personas que durante décadas construyeron al Frente Amplio, militaron en sus organizaciones, participaron en comités de base, sindicatos y movimientos sociales, votaron elección tras elección a sus candidatos o simplemente entendieron que aquella fuerza representaba determinada visión de la sociedad miran ahora al gobierno con una mezcla de distancia y desconocimiento.

El problema no consiste en que esas personas estén convirtiéndose al Partido Nacional. Probablemente jamás lo hagan. Su decepción corre por izquierda.

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Decepción en la base frenteamplista

Y allí aparece una anomalía fundamental para comprender el próximo ciclo electoral uruguayo: no existe actualmente una fuerza política con dimensión suficiente para recogerla. No hay una organización nacional capaz de contener a ese frenteamplismo desencantado ni una figura que haya conseguido transformar ese malestar en representación política. Existe desencanto, pero todavía no existe vehículo.

El gobierno, mientras tanto, parece invertir una parte considerable de su capital en demostrar moderación frente a sectores que no lo votaron y que posiblemente jamás lo voten. Busca tranquilizar al centro, al empresariado, a actores internacionales y a sectores sociales que observaron históricamente al Frente Amplio con desconfianza. La paradoja es evidente: mientras intenta demostrarles a quienes estaban afuera que no tienen nada que temer, algunos de quienes estaban adentro empiezan a preguntarse qué queda de aquello que ayudaron a construir.

Esa gente difícilmente vote a la Coalición Republicana. Pero una elección no se pierde solamente cuando un ciudadano atraviesa la frontera ideológica y vota al adversario. Se pierde cuando no convence a nadie, cuando deja de defender al gobierno en una conversación, cuando vota sin entusiasmo o cuando simplemente decide quedarse en su casa. Confundir ausencia de alternativa con adhesión sería uno de los errores más graves que podría cometer el Frente Amplio.

Luis Lacalle en buca de su segunda presidencia

A ese problema se agrega otro: la falta de proyección y recambio. La generación que protagonizó la llegada de la centroizquierda al gobierno envejeció y ninguna figura de la siguiente generación consiguió todavía reunir simultáneamente liderazgo partidario, conocimiento nacional, capacidad electoral y autoridad sobre el conjunto de la fuerza política. El Partido Nacional tiene un problema exactamente inverso. Su recambio puede ser el mismo hombre que gobernó entre 2020 y 2025.

Luis Lacalle parece haber percibido además que existe espacio para ampliar su frontera.Por eso una de las frases más importantes de su discurso no estuvo dirigida exclusivamente a los blancos. “La unión es como concebir nuestro país: en una policlínica de barrio, cuando se necesita una silla odontológica o que llegue la ambulancia o los remedios, ahí está el pueblo unido, de ese pago, de ese barrio, que son blancos, colorados, frenteamplistas, del Partido Independiente y orejanos”.

La enumeración es demasiado precisa para ser inocente. Lacalle habló en la casa de su partido, pero describió una comunidad política que excede ampliamente al Partido Nacional: blancos, colorados, frenteamplistas, independientes y ciudadanos sin pertenencia partidaria. Es exactamente el universo que necesitaría para volver a construir una mayoría nacional.

“¿Alguien cree que una persona realmente puede no tener ideas?”, preguntó en otro tramo. “Nosotros somos esencialmente cuerpo, intelecto, corazón y somos ideas. Y eso lo tenemos que defender”. El movimiento discursivo intenta resolver una ecuación compleja: defender una identidad ideológica sin aparecer como un dirigente ideologizado. Tener ideas sin ser dogmático. Ser firme sin resultar extremo.

De ahí otra de las definiciones del acto: “Firme con las ideas y suave con las personas. Porque siempre que alguien no puede sostener sus ideas, o que no las quiere o que no las sabe expresar, recurre al agravio”.

Lacalle y Javier MIlei

Luego una frase que puede ser leída retrospectivamente, pero que tiene todavía más interés hacia 2029: “No hay que curar heridas, hay que no lastimar. ¿Alguien cree que uno puede unir en el gobierno si llegó dividiendo en una campaña electoral o en su vida política?”.

Es difícil imaginar una definición más alejada de la estética política de Javier Milei y de las derechas neoreaccionarias que pululan por el sur de América. Ese es otro efecto del regreso de Lacalle Pou que debería empezar a considerarse. Su presencia obtura una parte importante del espacio en el que podría desarrollarse una derecha outsider uruguaya.

América Latina atraviesa un ciclo de liderazgos que construyen poder mediante la ruptura. Milei representa su versión más exitosa en Argentina. Abelardo de la Espriella encarna en Colombia otra expresión de una derecha culturalmente más agresiva y confrontativa. En Brasil, Flávio Bolsonaro aparece como posible continuidad familiar y política del bolsonarismo. Cada sistema produce su propia criatura.

Uruguay probablemente no la necesite. Lacalle puede ofrecer una parte importante del desplazamiento ideológico que demanda la nueva derecha regional sin romper con la institucionalidad tradicional uruguaya. Puede hablar de libertad sin atacar al sistema político, reivindicar el mercado sin dinamitar el Estado, alinearse con Occidente sin convertir cada decisión diplomática en una guerra cultural y disputar sectores populares a la izquierda sin adoptar la estética de la motosierra.

Incluso puede apropiarse de la crítica a la ortodoxia. Ese quizá sea uno de los movimientos más inteligentes del discurso. Cuando Lacalle afirma que se ha vuelto menos ortodoxo porque hablar de libertad significa poco para quien no tiene trabajo, casa o salud, intenta anticiparse a una objeción histórica de la izquierda contra el liberalismo económico. No abandona la libertad: pretende redefinir las condiciones materiales necesarias para ejercerla.

Uruguay puede experimentar así movimientos similares a los que recorren otros países de América Latina mediante mecanismos completamente diferentes. Sin gritos, sin ruptura institucional, sin un personaje que prometa incendiar el edificio para reconstruirlo después.

Después de abandonar la Presidencia, Lacalle Pou encontró en el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED) -un think tank alineado a la Red Atlas- algo bastante más útil que un lugar desde donde ofrecer conferencias. Como Senior Fellow asumió la conducción del Programa de Alta Dirección para la Gestión Pública, una instancia de formación orientada precisamente hacia personas interesadas en desempeñar responsabilidades públicas. Por allí circulan antiguos integrantes de su administración, empresarios, técnicos y especialistas.

La segunda edición del programa recibió más de 1.500 postulaciones para apenas 35 lugares. Entre quienes participan de la formación aparecen figuras de su anterior gobierno como Azucena Arbeleche y Omar Paganini. ¿Dentro del CED se está confeccionando un gabinete para un futuro gobierno de Lacalle? Ahí tenemos la vidriera de la política de una estructura de formación de cuadros públicos conducida por un expresidente de 52 años con posibilidades concretas de regresar al poder. Algo que no parece estar realizando el Frente Amplio. Porque la formación de un cuadro no solamente se ciñe a lo técnico o la capacidad  política o teórica sino también que impregne en la gente y su nombre sea conocido tanto como su rostro.

Se necesitan técnicos, cuadros intermedios, redes profesionales, diagnósticos, ideas, documentos y personas que compartan determinada concepción del Estado. Lacalle dispone ya de la experiencia de un gobierno completo y participa ahora de un ámbito capaz de nutrirse necesariamente para otra administración. “No se puede gobernar un país si no se conoce”, dijo en el acto. “Y conocer es haber tenido la oportunidad de mirarse a los ojos, de conversar un rato, de entender los sueños, las alegrías, las tristezas, las esperanzas y cargarlas arriba del hombro”.

Lacalle puede pasar los próximos tres años recorriendo Uruguay sin ser candidato, hablando sin presentar un programa electoral, formando dirigentes sin designar ministros y criticando sin cargar con las responsabilidades de gobernar. Tiene algo que escasea extraordinariamente en la política uruguaya: tiempo.

Àlvaro Delgado aluda a Yamandú Orsi

“No se puede ejercer bien el poder si antes no se tiene autoridad. Y esa autoridad intelectual, afectiva, no se construye de un día para el otro: es una construcción casi imperceptible”. Esa expresión podría definir toda la operación política. Lacalle no necesita lanzar su candidatura en 2026. Necesita construir autoridad durante 2026, 2027 y 2028 para que cuando llegue 2029 su candidatura parezca menos una decisión personal que una consecuencia natural.

El Partido Nacional tampoco produjo hasta ahora un sucesor capaz de ocupar enteramente su espacio. Álvaro Delgado conserva estructura y protagonismo. Otros dirigentes blancos tienen aspiraciones legítimas. En el Partido Colorado, Andrés Ojeda construye aceleradamente su propia figura, pero bajo la sombra de Luis Lacalle.

Existe además una dimensión internacional que termina de completar el cuadro.Una delegación de trece legisladores de los partidos Nacional y Colorado viajó recientemente a Israel. Hubo fotografías, reuniones y declaraciones. La invitación provino del gobierno israelí a través de su representación diplomática en Uruguay y el Frente Amplio decidió no participar. Entre quienes viajaron estuvieron figuras relevantes de los partidos que integran la Coalición Republicana.

Estamos observando a una parte de la dirigencia opositora uruguaya —incluidos dirigentes que podrían ocupar lugares importantes en un futuro gobierno— construyendo y exhibiendo relaciones con Israel, uno de los principales aliados estratégicos de Estados Unidos.

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Lacalle dispuesto a alinear al Uruguay al polo trumpista

Durante el gobierno de Orsi se acumularon episodios que, considerados individualmente, pueden presentarse como simples gestos diplomáticos o decisiones pragmáticas. La visita al portaaviones estadounidense, las conversaciones con Washington sobre la posibilidad de recibir deportados —entre ellos ciudadanos cubanos— y la proximidad pública de la representación diplomática estadounidense con actores del sistema político muestran una continuidad bastante mayor de la que sugiere la retórica doméstica.

Lacalle tendrá, además, excelentes relaciones con la Embajada estadounidense. Los vínculos políticos y diplomáticos construidos durante cinco años de Presidencia no desaparecen al entregar una banda.

Esto permite plantear una hipótesis incómoda: un segundo gobierno de Lacalle Pou no necesitaría ejecutar un giro copernicano para alinear a Uruguay con Estados Unidos porque encontraría buena parte del terreno preparado. Incluso un gobierno frenteamplista mantiene una relación estrecha con Washington en áreas estratégicas. La alternancia entre izquierda y derecha puede modificar políticas domésticas importantes sin alterar necesariamente algunos consensos fundamentales de inserción internacional.

Por eso el acto por los 190 años del Partido Nacional importa bastante más que la liturgia partidaria. Lacalle no lanzó formalmente una candidatura. Hizo algo más inteligente: comenzó a construir el argumento que podría justificarla. Ahí está la verdadera segunda vuelta.No la segunda vuelta electoral de noviembre, sino la segunda vuelta de un proyecto político que gobernó entre 2020 y 2025 y que puede estar utilizando el período 2025-2030 como una larga transición entre dos administraciones.

* Licenciado en Psicología, Universidad de la República, Uruguay. Miembro de la Red Internacional de Cátedras, Instituciones y Personalidades sobre el estudio de la Deuda Pública (RICDP).Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)