Latinoamérica: De la marea rosa a la marea azul eléctrica
Fernando Ayala
De los 12 países que conforman América del Sur al menos siete tendrán gobiernos de derecha a fines del presente año (Argentina, Chile, Ecuador, Paraguay, Bolivia, Perú y Colombia). Brasil, que enfrenta elecciones en octubre próximo, podría mantener un gobierno progresista si es que el presidente Luiz Inázio Lula da Silva, vence las elecciones, como indican las encuestas.
Así se mantendría dentro de los gobiernos de izquierda junto a Uruguay, Guyana y Surinam. Venezuela ha pasado a ser un caso insólito: continúa siendo una dictadura con personajes oscuros provenientes de la izquierda, pero el país es controlado por los Estados Unidos.

Contrariamente, en la primera década del presente siglo se comenzó a consolidar la llamada “marea rosa”, llegando a su peak entre 2009 y 2011 cuando de los 12 países nueve tenías gobiernos de izquierda y algunos de ellos con un marcado acento ideológico. Con el determinismo clásico de algunos de los líderes de ese momento, pensaron que la región iniciaba un proceso irreversible de autonomía o independencia estratégica y que Estados Unidos perdía el control de lo que denominan su patio trasero.
La última década del siglo pasado y las dos primeras del siglo XXI mostraban un mundo en transformación acelerada: la ciencia avanzaba a pasos agigantados, las comunicaciones se extendían a través de los teléfonos celulares, internet y las redes sociales. El ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 cambió la concepción de seguridad de los Estados Unidos para siempre, justificando el uso de la fuerza donde fuera que sus intereses se sintieran amenazados sin considerar las normas del derecho internacional ni la carta de Naciones Unidas. Ello coincidió con la extensión de la globalización, la liberación de los flujos financieros, el crecimiento del comercio internacional.
China se abría como mercado para los países grandes y chicos; Canadá, México y Estados Unidos profundizaban su tratado de libre comercio, se firmaban nuevos entre bloques económicos como la Unión Europea con Mercosur y países como México, Chile o Perú y China hacía lo mismo luego de ingresar a la Organización Mundial de Comercio. También había desaparecido la Unión Soviética y el campo socialista europeo. Estados Unidos, con su poder económico, militar, tecnológico y cultural, era la única potencia en un período que se iniciaba de hegemonía global.

En América del Sur, en Venezuela, un comandante de ejército, Hugo Chávez, que en 1992 había intentado un fallido golpe de estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, fue encarcelado y liberado luego de haber cumplido dos años de cárcel dando inicio a una campaña política denunciando la corrupción del bipartidismo político venezolano.
En 1998 venció en las elecciones presidenciales obteniendo el 59.7% de los votos y también en las siguientes en los años 2006 y 2012 con un 62.8 y el 54.4% respectivamente. El respaldo popular del comandante lo llamó a proclamar el “socialismo del siglo XXI”, que influiría en varios líderes sudamericanos como Evo Morales, en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador o Cristina Fernández, en Argentina. quienes creían en un nuevo proyecto socialista y no temían enfrentar a Estados Unidos.
Poco queda de ello hoy. La marea rosa se tornó azul y se profundizó en esta nueva etapa caracterizada por un extremismo de derecha en países como Argentina y Chile especialmente o El Salvador, en América Central, donde su líder Nayib Bukele gobierna desde 2019, y es uno de los referentes de los actuales presidentes Javier Milei y José A. Kast. Responden a un proyecto político más profundo, que no solo justifican las dictaduras militares del pasado sino que desean desmantelar parte del estado social construido entregando, bajo la premisa de la libertad, el manejo de la economía y recursos naturales a la iniciativa privada escudados en el principio de subsidiariedad.
Si observamos detenidamente es una política que viene del norte, del presidente Donald Trump en particular, quien ha impuesto un mensaje de carácter geopolítico reafirmado el concepto de “América para los americanos” entendido en clave de hoy como territorio de hegemonía absoluta estadounidense en lo político, en lo económico, en el plano militar y en todas aquellas áreas consideradas estratégicas para los Estados Unidos.
Lo ha demostrado al reclamar soberanía sobre Groenlandia o el Canal de Panamá. Se trata de que el continente, que a partir de la revolución cubana inspiró a varias generaciones con los sueños del socialismo, “abandonen toda esperanza”… en caminos que se alejen de la visión hegemónica de la
Casa Blanca. Está pendiente para el presidente Trump la situación de Cuba donde hemos presenciado situaciones inimaginables hace unos pocos años atrás, como la visita del director de la CIA, John Ratcliffe, en mayo pasado a La Habana, que permitió aliviar el estrangulamiento económico e iniciar negociaciones sobre la liberación y cambio de régimen político.
El reloj se ha echado a andar para Cuba y llegará también la hora para Nicaragua, una vez que Estados Unidos de por concluida sus acciones en la guerra que junto a Israel sostienen contra Irán.
La situación no es mayormente diferente si contemplamos todo el continente americano y el Caribe. De 35 estados soberanos más de la mitad son gobernados por la derecha o centro derecha liberal, desde Canadá, pasando por América Central en países como El Salvador, Costa Rica, Honduras o Panamá, entre otros, hasta el extremo sur, con Argentina y Chile.
No incluimos Cuba o Nicaragua que han pasado a ser dictaduras vitalicias, o Haití, prácticamente un estado fallido. Algunos países caribeños son liberales de centro, con una fuerte estabilidad democrática y económica, como es el caso de República Dominicana, mientras que otros, como Jamaica, que había tenido una tradición de gobiernos de izquierda, desde el 2016 es gobernado por la centroderecha.

Trinidad y Tobago, uno de los países ricos en recursos naturales como el gas, y a solo 11 kilómetros de la costa venezolana, también ha tenido gobiernos orientados al centro, cuidando las relaciones con los Estados Unidos. Otros estados caribeños son difíciles de clasificar, tienen poca población, carecen de recursos naturales, están expuestos a las tormentas tropicales y varios de ellos dependen fundamentalmente del escaso turismo y de la cooperación internacional.
No sabemos si estamos ante un cambio de largo plazo de tendencias políticas en América del Sur o si será otro ciclo breve de mareas que se han intercambiado en las últimas décadas. El proyecto del presidente Trump es alinear al continente y hacer que el interés nacional de Estados Unidos sea compartido por los países latinoamericanos. Ha intervenido directa o indirectamente en las recientes elecciones en Honduras, Colombia, Perú o Chile. En Brasil ha presionado por la liberación del expresidente Jair Bolsonaro y hoy apoya a su hijo en su candidatura contra el presidente Lula.
No ha vacilado en aplicar la política del garrote, a través de los aranceles, o entregar zanahorias, con préstamos preferenciales y apoyos políticos, como lo ha hecho con Bukele o Milei. Brasil y México, las únicas dos grandes potencias regionales mantienen gobiernos progresistas con amplio respaldo popular y una política exterior independiente en muchos aspectos. Lo que va quedando del progresismo en América del Sur, mira con esperanza la figura de Lula, quien con pragmatismo y el apoyo de una diplomacia profesional, ha sabido mantener una política exterior independiente.
¿Por qué el electorado latinoamericano está votando cada vez más hacia la derecha? Es una pregunta amplia y que es válida también para Europa y los Estados Unidos. En el caso latinoamericano son claros algunos temas partiendo por la inseguridad; el crecimiento de la delincuencia, el narcotráfico que recorre el continente, la corrupción pública y privada, las armas que abundan en los mercados ilegales, la inmigración delictual que ha abierto centros de negocios en la región usando también las nuevas tecnologías.
Más al fondo está la desilusión o desencanto de promesas no cumplidas por parte de los gobiernos que se han sucedido, de izquierda, centro y de derecha. La desigualdad sigue siendo la gran sombra que se extiende sobre las sociedades latinoamericanas. Ya desde el siglo pasado se había puesto en las agendas, para continuar con avances y retrocesos manteniendo a la región como la más desigual del planeta. Su fuerte disminución se vivió, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, entre los años 2002 y 2014 como consecuencia del auge de exportaciones de materias primas que se tradujo en un mejoramiento de los ingresos a través de salarios o transferencias públicas.
El índice de Gini que mide la desigualdad, mostró que en esos años se redujo en 6.5 puntos desde 54 a 47.5. Ello significó una reducción significativa de la pobreza, crecimiento de los sectores considerados medios y mayor inversión en educación, salud y temas sociales. Hoy Colombia y Brasil mantienen altos índices de desigualdad de acuerdo con las cifras del Banco Mundial, situándolos en 54.4 y 50.3 respectivamente, mientras que en Uruguay se registra la menor, con un índice de 39.2.
La nueva marea azul que recorre la región se ha intensificado y es hoy de un color azul eléctrico, intenso, cargado de ideologismo extremo y hereda la tarea de dar respuestas a sus promesas y a las demandas postergadas por varias generaciones y en las cuales, si bien hubo avances significativos en el pasado, no han resuelto las demandas centrales de derechos garantizados a la educación, salud y vivienda a una población que ha esperado demasiado tiempo. A su vez deben lidiar con los nuevos líderes populistas que han crecido con promesas de soluciones fáciles.
La visión económica de esta nueva derecha trae en escena el viejo Adam Smith y su teoría del laissez-faire, que entre menos intervenga el Estado, es decir menos impuestos y menos subsidios, mejor, ya que la economía será manejada por una mano invisible -el mercado- que asignará los recursos entregando bienestar y libertad a las personas. Los nuevos partidos de gobierno son extremos también en el uso del poder.
En el caso de Chile, califican a la centroderecha liberal como “derechita cobarde” por no liberar a los militares condenados por violaciones de derechos humanos que cumplen condenas en las cárceles. Están vinculados a sectores religiosos ultra conservadores, partidarios de una suerte de “democracia autoritaria” que ponga orden, acabe con la corrupción y la delincuencia y de más poder a las policías.
Incluso algunos proponen que se reinstale la pena de muerte y por supuesto se expulse a los inmigrantes ilegales y se cierren las fronteras a la inmigración. A estas políticas, que han prendido en amplios sectores de la sociedad, la izquierda y la centro izquierda no han sabido dar respuesta y se hunden en divisiones sobre las responsabilidades del pasado sin saber cómo enfrentar a esta ola azul eléctrica o derecha extrema, que se alza triunfante en varios países de América Latina.
* Embajador, economista de la Universidad de Zagreb, Croacia, y Máster en Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile. Ex Subdirector de asuntos estratégicos de la Universidad de Chile y ex Subsecretario de Defensa..