Finalmente lo logró. Luego de 15 años de intentarlo y en su cuarta postulación, Keiko Sofía Fujimori Higuchi fue proclamada presidenta de la República. En los libros de historia quedará registrada como la primera mujer en ser electa para el primer cargo de la nación peruana. Sin embargo, también debería quedar registrada como la hija del dictador Alberto Fujimori, que tras petardear por más de 10 años el sistema democrático, logró consolidarse como jefa de Estado con el respaldo de Lima y siete regiones de las 25 que conforman el país y del 63% de votantes en el extranjero donde sumó más de 119 mil votos, los que le sirvieron para darle vuelta al resultado. Keiko Fujimori: presidenta por desgaste

En los libros de historia también debería quedar registrado el poder que tuvo en 2016 cuando su partido logró la mayoría absoluta del Congreso, un número que se usó para vacar presidentes y sumir al país en una ola de crisis, en vez de legislar en beneficio del país.

También se presume que quedará inscrita la memoria de cómo en el 2021, luego de perder ante Pedro Castillo, se encargó de promover el discurso de un presunto fraude, sumando así una raya más en esa vestimenta que inició el 2016 cuando no reconoció los resultados que llevaron a Pedro Pablo Kuzcynski al poder y que dio inicio a la crisis que se extendió hasta este cansado 2026.

De hecho, quedará registrada la manera en que los medios de comunicación, un grupo de periodistas y los políticos más arraigados de nuestra patria no dudaron ni un segundo en ponerse a las órdenes de la electa presidenta. En algunos casos por cariño puro, en otros por la nostalgia del fallecido dictador a quien apoyaron y añoraron todo el tiempo.

Por eso es que a ciertos medios y periodistas les cuesta decir «exdictador», por eso es que pregonan la teoría del «abuso» en el proceso judicial contra Keiko Fujimori que hoy ya no existe, gracias al poderío acumulado en los poderes del Estado. Y es, precisamente, esa acumulación de poder, esa concentración de todo en una sola corriente política (incluso en instituciones que deberían ser neutrales), la que preocupa, cuando no escandaliza.

Una concentración que, a saber, tiene magistrados del Poder Judicial, un denunciado por «Cuello Blanco» al frente de la fiscalía, un Congreso conformado por un pacto oscuro que transformó las leyes a su gusto, un defensor del pueblo afín a sus intereses y que se encarga de dirigir a quienes deben ser parte de la Junta Nacional de Justicia que -cosas de la vida- se encarga de ratificar jueces, fiscales y sacar del camino a los que sean incómodos al poder real o de facto.

Triste recuerdo de un dictador

«Pero este congreso no tendrá mayoría absoluta», dirán los que aún creen en Papá Noel y el ratón Pérez. Y en efecto, uno revisa los números y parece que a Fujimori no le alcanza. Pero, ¿acaso su padre no movió los hilos para alcanzar una mayoría?, ¿qué garantías ofrecen congresistas de grupos que llegaron gracias a que este Congreso deshizo todos los filtros? Más aún ¿qué garantías ofrece una bancada cuyo líder prefirió ponerse de costado en la segunda vuelta y deslizó -sin decirlo- un posible apoyo a Fujimori?

El improvisado «besamanos» en su local de campaña va perfilando quiénes son las figuras que se allanan al régimen aún antes de que éste empiece. Viejos rostros conocidos y otros por conocer se suman a la palestra. Algunos vuelven para retomar alianzas pasadas, otros para generar nuevas. Pero todos con el mismo aparente objetivo: estar del lado de quien tendrá el poder.
26 años tuvieron que pasar para que el fujimorismo regrese, con todas las de la ley, a Palacio de Gobierno. Algunos analistas señalan que el antifujimorismo ya no es lo que era. Que se agotó. Que el «miedo» a lo desconocido o repetir un «régimen comunista» como el de Castillo, primó en la decisión final de los votantes.

Sin embargo, los resultados electorales dicen otra cosa. Muestran un país partido donde Lima y algunas ciudades principales llevan la batuta de lo que debería ser lo correcto, mientras que hay 18 regiones que aún gritan y reclaman por el abandono y la falta de oportunidades.

Es en este panorama donde Keiko Fujimori deberá llevar su primer gobierno. Y es en este panorama donde las fuerzas democráticas deberán demostrar de qué están hechas.

Porque de lo que no cabe duda, es que el autoritarismo presente en el fujimorismo dejará caer todo su peso.

*Analista de Otra Mirada