América Latina: El presente no da lugar al futuro
Aram Aharonian
América Latina se encuentra en un momento de transición y cambio, cuando las decisiones tomadas hoy tendrán repercusiones a largo plazo. La región enfrenta desafíos como las migraciones masivas, el desempleo juvenil y la polarización política. Pero también tiene fortalezas como la estabilidad macroeconómica y la abundancia de recursos mineros y de energías renovables, tan apetecidos por las grandes potencias .
Es una estupidez perder el presente solo por el miedo de no llegar a ganar el futuro, señaló José Saramago. El pánico a la inestabilidad suele empujar a las sociedades hacia una parálisis emocional. Sobre esta premisa, el Premio Nobel de Literatura recuerda en La Caverna que el costo de protegerse contra la incertidumbre es, casi siempre, la renuncia a la propia vida. Esa fijación con el mañana anula la capacidad de acción y confina al individuo a la pasividad, en una espera eterna.
Saramago deja en claro que el capitalismo y el consumo masivo devoran la identidad de los ciudadanos, que la alienación progresiva hace que los habitantes del complejo pierdan su condición humana, que la comodidad de una ilusión confortable sustituye el contacto con la realidad, emulando a los prisioneros mitológicos.
El desasosiego que genera la transformación del entorno empuja a los personajes a mudarse al corazón de esa urbe artificial, en donde la búsqueda de una falsa estabilidad dentro del engranaje consumista despoja a las personas de su autonomía. El temor a la exclusión económica obliga a aceptar una supervivencia deshumanizada, alerta el intelectual portugués.
El presidente estadounidense Donald Trump ha dejado muy claro que quiere controlar el continente, y ha declarado explícitamente que “el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a cuestionarse”. Las tres naciones más grandes de la región —Brasil, México y Colombia, dirigidas por políticos progresistas— criticaron la captura estadounidense del presidente venezolano Nicolás Maduro con distintos grados de indignación y diplomacia.
Las reacciones divergentes muestran cómo el gobierno de Trump, cada vez más agresivo, está alterando la política de América Latina. Aunque sus respuestas públicas puedan ser diferentes, todos parecen compartir un objetivo común en una nueva era de intervencionismo estadounidense, dadas las experiencias recientes en Venezuela (ataque y secuestro del presidente Nicolás Maduro) y en el bloqueo criminal a Cuba: la autopreservación.
“Por supuesto que queremos tener buenas relaciones con Estados Unidos. Es un país muy importante en todos los sentidos. Pero no hay forma de evitar condenar esta acción”, dijo Celso Amorim, principal asesor de política exterior del presidente brasileño Lula da Silva. Añadió que antes del ataque a Venezuela, “las cosas avanzaban de forma positiva”, en referencia a la relación entre EEUU y Brasil. “Todavía espero que eso sea posible”.
Poco duró el optimismo: El gobierno de Donald Trump a través del Departamento Estado dirigido por Marco Rubio anunció la designación de las bandas Primeiro Comando da Capital (PCC) y del Comando Vermelho (CV) como Organizaciones Terroristas Extranjeras, lo que habilita sanciones financieras severas y amplía las herramientas legales de Washington. La medida fue rechazada por el gobierno de Lula, que la considera una intromisión en la soberanía brasileña.
En casa ¿cómo andamos?![]()
La crisis actual de América Latina es similar a las de los años 1930, con síntomas que se repiten: disputa hegemónica, ascenso de derechas autoritarias proestadounidenses, fragilidad institucional, guerras latentes. No se trata de una crisis económica ni política: es una crisis civilizatoria. No está en juego únicamente la reproducción del capital, sino la reproducción de la vida. Y también están en juego los recursos minerales, energéticos, el agua, que significan el presente y el futuro de las sociedades.
Hace casi un siglo, el capitalismo encontró una salida tras luchas sociales, guerras, pactos forzados, que obligó a la intervención y regulación del Estado, que intervino, redistribuyó, reguló, lo que facilitó recomponer legitimidad. El capital cedió para no arder. Un siglo después, las condiciones han cambiado radicalmente: el capital aprendió a gobernar de otra manera, aprendió a tolerar la redistribución sin perder el control, siempre que el sentido del valor permaneciera intacto, señala René Ramírez.
En décadas recientes, frente a la obscenidad neoliberal, algunos gobiernos progresistas lograron reducir la pobreza, ampliaron derechos, restituyeron la dignidad de millones, representaron un giro histórico… quizás sin haber evaluado la profundidad del problema que enfrentaban. Sí, redistribuyeron, pero no cambiaron el sistema.
El progresismo asume que la desigualdad es de ingresos o de oportunidades. Pero esa es sólo la superficie. Esta desigualdad está anclada en la larga duración del colonialismo: el colonizador organizó el mundo a su favor y reproduce el colonialismo aún hoy.
La riqueza se distribuyó históricamente de forma asimétrica. Y esa distribución no desapareció con la independencia formal. Se transformó en colonialismo interno: en estructuras de propiedad, en jerarquías raciales, en divisiones territoriales. Por eso, incluso en contextos de crecimiento o redistribución, las brechas persisten. Los avances progresistas fueron importantes, pero insuficientes para revertir la concentración patrimonial histórica.
La Pax Silica
Si hace décadas el orden mundial se cimentaba sobre el acero y el control de las rutas petroleras, hoy el tablero geopolítico se decide en una escala mucho más pequeña, casi invisible al ojo humano: los nanómetros: quien controle el diseño y la fabricación de los semiconductores controlará la economía del siglo XXI. Y es aquí donde aparece la denominada Pax Silica, la nueva y agresiva apuesta de la administración de Donald Trump para reescribir las reglas del juego tecnológico global.
Bajo el gobierno de Javier Milei, Argentina se ha convertido en el alumno modelo de esta nueva fase colonial. Washington ha firmado un acuerdo marco sobre minerales críticos y celebra el «gran liderazgo» de Milei en identificar proyectos prometedores de litio y cobre. Una alianza estratégica donde Argentina pone el recurso y EEUU se lleva el beneficio, incluso gestionando el ingreso del país al exclusivo grupo «Pax Silica».
Uno de los principales cuestionamientos a la reforma de la Ley de Glaciares en Argentina es la posibilidad de habilitar actividades extractivas (también de empresas extranjeras) en zonas anteriormente protegidas. La minería, especialmente la de litio, cobre y oro, puede implicar intervenciones que alteren la estabilidad de los glaciares y su entorno: contaminación por metales pesados, el uso de sustancias químicas, la alteración de cursos de agua y la fragmentación de ecosistemas de alta montaña.
Tras el giro político en Caracas, el agresor EEUU ejerce un control directo. El secretario del Interior, Doug Burgum, desembarcó en Caracas con representantes de gigantes mineras como Peabody Energy y Glencore. El objetivo es claro: acceder a las reservas de bauxita, níquel, oro y tierras raras, además del petróleo, abriendo estos sectores a la inversión extranjera incondicional o más bien a los capitales estadolunidenses.
Y, a pesar de las diferencias políticas, la administración Trump busca recomponer lazos con el gobierno de Lula da Silva, consciente de que Brasil es un «socio estratégico esencial» por sus reservas de tierras raras pesadas. La Corporación Financiera de Desarrollo Internacional de EEUU. (DFC) ya financia proyectos en Goiás (Serra Verde y Aclara). Washington no solo quiere el mineral, sino controlar el procesamiento, un eslabón clave hoy dominado por China.
El Departamento Estado de EEUU dirigido por Marco Rubio anunció la designación del Primeiro Comando da Capital (PCC) y del Comando Vermelho (CV) como Organizaciones Terroristas Extranjeras, una categoría que habilita sanciones financieras más severas y amplía las herramientas legales de Washington, una clara intromisión en la soberanía brasileña que abre interrogantes sobre sanciones, cooperación internacional y posibles intervenciones, y llega en medio de una fuerte disputa política entre Lula y el bolsonarismo ultraderechista.
Como dijo Saramago, es una estupidez perder el presente solo por el miedo de no llegar a ganar el futuro.
*Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)
