La extrema derecha y su hambre de revolución
Pedro Brieger
La reciente detención de Fernando Cerimedo en Bolivia puso en el ojo de la tormenta la gran red comunicacional de la extrema derecha en América Latina. Una de sus particularidades es la difusión permanente de mentiras, hoy llamadas delicadamente “fake news” (noticias falsas). Otra, es su forma revulsiva de comunicar, donde no solo no les preocupa ser “políticamente incorrectos” sino que lo hacen de manera deliberada para provocar.
Dicen abiertamente lo que muchos sectores de la derecha tradicional sostienen en privado, pero no se animan a decir en público. Esto tiene que ver con su idea de transformación revolucionaria de la sociedad. La extrema derecha no se conforma con gestionar, no quiere reformar el capitalismo actual porque no son reformistas.
Aunque no hayan leído a Rosa Luxemburg y provengan de una tradición política opuesta, sostienen la misma disyuntiva: ¿reforma o
revolución? Y apuestan por la revolución. Esto no quiere decir que los extremos se toquen o que las llamadas extremas izquierdas y las extremas derechas puedan confluir. Su punto en común es que plantean una revolución, obviamente de signo diferente. Una revolución no es un cambio de gobierno. A través de ella se busca una transformación estructural de las relaciones sociales, económicas, jurídicas e institucionales. El caso actual más extremo en la región es el de Javier Milei, que explicita su intención de fundar un nuevo orden y convertirlo en irreversible.
En la Argentina la propuesta de Milei implica una ruptura con el orden político, económico y cultural que se forjó principalmente desde la primera presidencia de Perón con sus las políticas redistributivas y ampliación de derechos sociales. Milei, para lograr su objetivo, tiene que desmontar los derechos adquiridos. En este sentido representa una extrema derecha que se presenta como radicalmente revolucionaria y, al mismo tiempo, exige una contrarrevolución respecto de las conquistas sociales producidas durante el siglo XX. Su revolución busca restaurar un glorioso e imaginario pasado argentino de comienzos del siglo XX. Se puede decir que quiere impulsar una revolución contrarrevolucionaria porque propone recuperar principios de aquel orden social.

Para hacerlo necesita destruir buena parte de las instituciones y derechos que fueron construyéndose (no solo por el peronismo) y de allí la radicalidad de su discurso. Va mucho más allá de las propuestas de los neoliberales de los años 90 y del Consenso de Washington, que estaban centradas fundamentalmente en reformas económicas y en la transformación del papel del Estado. Milei, por el contrario, pretende desmontar el orden social, político y cultural. Para ello necesita de una red adecuada a los tiempos que corren: demonizar y exorcizar al supuesto espíritu maligno del llamado “populismo”.
En este sentido se “asemeja” a la tradición de la izquierda revolucionaria que planteaba la toma del poder para construir un nuevo orden sobre las ruinas del anterior, el capitalismo. Hoy, las extremas derechas -como antes los bolcheviques rusos (y otros movimientos inspirados en ellos)- son disruptivas y tienen “hambre” de revolución. No se conforman con ganar una elección y gobernar con las reglas existentes. Aspiran a desplazar los límites de lo políticamente posible. Para ello están dispuestas a mentir de manera impúdica. De allí su estética y una psicología política revolucionarias, aunque el objetivo social pueda ser profundamente reaccionario. Fernando Cerimedo y “La Derecha Diario” representan esa estética con mentiras a diestra y siniestra.

Si en los años 60 y 70 se decía que muchas organizaciones guerrilleras se consideraban “vanguardias iluminadas” poseedoras de la verdad, ahora Milei reproduce ese esquema desde las antípodas ideológicas. Se presenta como la vanguardia que posee una verdad que la mayoría todavía no comprende. No lo hace desde la construcción de un partido que debe llevar la conciencia revolucionaria a las masas sino desde un aparato mediático capaz de multiplicar sus ideas con la ayuda de la tecnología.
Milei y su círculo mediático consideran que la sociedad todavía está atrapada en ideas equivocadas que representan el viejo orden. Como ellos han descubierto “la verdad” están convencidos de que tienen una misión histórica que cumplir. De esta manera resulta mucho más fácil interpretar la resistencia al cambio como complicidad con el viejo orden en vez de una diferencia política legítima. Por eso el discurso radical de odio hacia quienes los critican. Al considerarse una minoría iluminada mesiánica que se atribuye una misión histórica, tiene “hambre” de revolución.

La mayoría de las izquierdas en América Latina, después de décadas de persecuciones y asesinatos, se ha institucionalizado, defiende las instituciones que antes quería destruir y ha abandonado las referencias a “la revolución”.
Su discurso de respeto hacia las instituciones le ha quitado ese lenguaje disruptivo porque ha perdido el “hambre” de revolución y a veces apenas balbucea reformas cosméticas. Si bien las recomendaciones de casi todas las consultoras es apelar a la búsqueda del “centro”, el discurso disruptivo encuentra eco y consigue adhesiones. En el caso de las extremas derechas incluso sobre la base de innumerables mentiras.
*Sociólogo y periodista argentino