La trampa de Trump
Jorge Elbaum
Las próximas elecciones que preocupan a Javier Milei se celebrarán el 3 de noviembre, cuando se renueve la totalidad de los 435 escaños de la Cámara de Representantes y cerca de un tercio de las cien bancas del Senado. La devoción estadounidense del mandatario argentino, rayana en la sumisión más abyecta, parece ignorar la progresiva pérdida de apoyo de su mentor y protector geopolítico, Donald Trump.
Según una encuesta reciente de Economist/YouGov, el magnate que hoy ocupa la Casa Blanca registra una aprobación cercana a un tercio del electorado, mientras que su desaprobación alcanza el 59 por ciento. A estos datos se suma un factor más estructural: la tendencia, en las elecciones de medio término, a favorecer a las oposiciones frente al presidente en ejercicio.
En las últimas 22 elecciones de medio término, desde 1934 hasta hoy, los oficialismos solo lograron imponerse en dos ocasiones. La primera fue en 1934, durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt, en pleno impacto de la Gran Depresión. La segunda llegó en 2002, bajo George W. Bush, al calor de la conmoción política y social desatada por los atentados del 11 de septiembre de 2001. La fragilidad electoral que hoy exhibe Trump se explica por una combinación de tropiezos domésticos y decisiones geopolíticas fallidas: la escalada de las guerras comerciales, el empantanamiento en el Golfo Pérsico y una inflación en Estados Unidos que ronda el 3 por ciento.
A ese cuadro se suman los antecedentes electorales de noviembre de 2025, cuando se eligieron las gobernaciones de Virginia y New Jersey, ambas con triunfo demócrata. También impactó la victoria de Zohran Mamdani en la ciudad natal de Trump, un revés simbólico para un dirigente que desprecia abiertamente el perfil socialdemócrata del alcalde electo. Los demócratas, además, consiguieron avances en Georgia y Pennsylvania, y obtuvieron resultados de peso en Detroit, Atlanta y Cambridge con candidaturas vinculadas a los Socialistas Demócratas de América (DSA).

Pero el dato más elocuente se registró en Florida: allí, la demócrata Emily Gregory se quedó con una banca en el distrito donde Trump tiene su residencia en Mar-a-Lago. A eso se agrega un factor de alto impacto emocional: las imágenes de las cacerías humanas impulsadas por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), que difícilmente desaparezcan de la memoria de los votantes antes de noviembre.
Otra fuente de desencanto registrada por los sondeos remite a la promocionada —y frustrada— reindustrialización trumpista. En los catorce meses de la actual administración se perdieron alrededor de 75 mil empleos fabriles como consecuencia de la guerra comercial, la disrupción de las cadenas de suministro —atadas a proveedores extranjeros— y la consiguiente incertidumbre empresarial. La imposición de aranceles generalizados, presentada como una palanca para reactivar la industria, terminó por encarecer la producción nacional y restar competitividad a las empresas estadounidenses, tanto en el mercado interno como en el escenario global.

El fallo de la Corte Suprema contra los aranceles dictados por Trump, al considerar que el presidente se excedió en sus atribuciones, significó un golpe severo para su estrategia de guerra comercial contra el resto del mundo. En paralelo, la guerra en el Golfo Pérsico, todavía empantanada, ya aparece en numerosos análisis como uno de los fracasos militares más bochornosos de la historia reciente del Pentágono.
El 61 por ciento de los estadounidenses la considera un desacierto, mientras que buena parte de los aliados de Washington —sobre todo las seis monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo— empiezan a desconfiar de la capacidad estadounidense para garantizar la seguridad regional y observan con creciente simpatía a la República Popular China y a la Federación Rusa.
El saldo provisorio del conflicto revela nuevas coordenadas militares: la eficacia de las capacidades asimétricas, la centralidad de los enjambres de drones y las limitaciones de radares y misiles a la hora de doblegar a una fuerza dispersa. La llamada teoría del descabezamiento —aplicada para asesinar a Alí Hoseiní Jameneí, ensayada de manera análoga con el secuestro de Nicolás Maduro y concebida cínicamente contra Raúl Castro para extorsionar al pueblo y al gobierno cubano— no muestra, por ahora, resultados eficaces en la negociación con Teherán.
El sistema político de la República Islámica sobrevivió a los bombardeos de Washington y Tel Aviv, consolidó el control sobre el estrecho de Ormuz, abrió fricciones entre Netanyahu y Trump y obligó a las monarquías del Golfo a reclamar a los negociadores estadounidenses el fin de las hostilidades ante el riesgo de una devastación total de la infraestructura de extracción y refinación de hidrocarburos. Los costos más significativos para Irán se concentran en el denominado Eje de la Resistencia, integrado por Hamás, Hezbolá, las milicias chiíes de Irak y los rebeldes hutíes de Yemen.
La paradoja de esta guerra es que podría dejar dos ganadores militares relativos —Teherán y Tel Aviv— y un solo gran derrotado: Washington, ofuscado y en busca de culpables dentro del propio Pentágono. Las pérdidas de la República Islámica en Gaza, Siria y el Líbano encuentran una compensación parcial en el control de Ormuz y en la capacidad de dispersar, a lo largo del territorio, lanzaderas de misiles y drones.
Otra derivación probable del conflicto será la consolidación de un nuevo contrato social entre la República Islámica y la sociedad iraní: el componente religioso cedería terreno ante una versión más tecnocrática, pragmática y nacionalista, en sintonía con el entramado geopolítico de los BRICS, que celebrarán su próxima cumbre en septiembre de 2026 en Nueva Delhi.
Las disputas internas en torno al sistema de salud y al presupuesto federal —que derivaron en el cierre de gobierno más prolongado de la historia— erosionaron aún más la imagen de gestión de la Casa Blanca. A eso se suman las persecuciones políticas impulsadas desde el Ejecutivo y los escándalos de corrupción familiar que siguen alimentando la indignación tanto dentro como fuera de Estados Unidos.
En la última semana, una votación bipartidista en el Senado frustró el intento de Trump de obtener 1800 millones de dólares para indemnizar a los condenados —y luego indultados— que asaltaron el Capitolio el 6 de enero de 2021, además de otros 1000 millones destinados a financiar su salón de baile en la Casa Blanca.
Como si ese deterioro reputacional no alcanzara, en los últimos días estallaron protestas en Tirana, capital de Albania, por la concesión otorgada a Ivanka Trump y Jared Kushner para construir —como en Gaza— complejos turísticos de lujo en tierras protegidas. La respuesta fue una ola de manifestaciones, incendios de edificios gubernamentales y un repudio abierto a lo que muchos interpretaron como una cesión inadmisible de soberanía.
¿No anticipa ese fuego, en Tirana, el incendio político que se avecina para Trump y para su vástago putativo, Javier Milei?
*Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)