¿Puede encontrar Trump una salida decorosa?
Pedro Brieger
Los teóricos de las guerras y los enfrentamientos militares sostienen que al iniciar un conflicto bélico lo más importante es poder salir del mismo.
Con el tiempo sabremos con mayor precisión por qué Biniamin Netanyahu y Donald Trump decidieron atacar a la República Islámica de Irán el 28 de febrero. Por ahora hay numerosas especulaciones basadas, claro está, en el análisis de diversas variables en juego. También con el tiempo sabremos si Netanyahu le “vendió” una rápida victoria al presidente estadounidense tomando en cuenta la experiencia militar de los israelíes (y del propio Netanyahu) frente a la ignorancia de Trump en este rubro.
Quedó claro que Trump estaba decidido a atacar aun cuando su director del Centro Nacional de Contraterrorismo –Joe Kent- sostuvo que Irán no representaba una amenaza. A Kent lo obligó a renunciar y se sumó a los ataques.
Más allá de los detalles de la planificación y/o coordinación entre ambos podemos especular que después de las recientes protestas y la represión en Irán estaban convencidos de que el régimen iraní se desplomaría ante una fuerte ofensiva militar. Por eso lo primero que hicieron fue matar a figuras importantes, creyendo que el régimen surgido de la revolución de 1979 no podría sostenerse. Las primeras 48 horas de los ataques parecían darles la razón. Netaniahu incluso grabó un mensaje en farsi instando a la población a sublevarse y a derrocar al gobierno. Fue una ilusión óptica.
Israel y Estados Unidos actúan con la misma lógica que las antiguas potencias coloniales: “venimos a salvarlos de las garras de los opresores locales”. El ejército israelí en numerosas ocasiones inundó con volantes en árabe el territorio palestino instando a la población para que se levantara contra la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) o el Movimiento de Resistencia Islámico (Hamas) acusándolos de ser responsables de su sufrimiento. Nunca tuvieron éxito. el Movimiento de Resistencia Islámico (Hamas)

Para la población palestina el responsable de su sufrimiento es Israel y no quienes luchan contra la ocupación. Esta percepción se mantiene incluso entre quienes no comparten la ideología o los métodos de esas organizaciones.
La Casa Blanca ha utilizado la misma lógica respecto del bloqueo a Cuba. En Washington siguen creyendo que provocará un levantamiento popular contra el castrismo, sin comprender que la mayoría de la población responsabiliza –en primer lugar- a Estados Unidos por sus penurias.
El poderío militar los obnubila y les hace perder de vista numerosas variables que tiene el que, aparentemente, es más débil. Le pasó a Estados Unidos en Vietnam y Afganistán, a Israel con Hamas y el Hezbolá en el Líbano, y en este momento a ambos con Irán. Aun así, siguen optando por la vía militar. Salvo unos pocos que los apoyan de manera incondicional (como Milei), el mundo está pidiendo frenar esta guerra porque se comprenden los riesgos que implica ya que –además- el cierre del estrecho de Ormuz afecta la economía mundial.

En un primer momento Estados Unidos quiso involucrar a Europa y Japón para construir una alianza internacional con cierta “legitimidad” y fracasó. Ni siquiera dos manifiestas admiradoras de Trump, como la primera ministra italiana Giorgia Meloni o la japonesa Sanae Takaichi, se sumaron a la guerra.
No es casual que Arabia Saudita, Egipto, Pakistán y Turquía hayan presionado para que Estados Unidos e Irán se sienten a negociar. Los cuatro gobiernos, de signo político muy diferente, entienden que la continuidad de la guerra y un Netaniahu descontrolado ponen en peligro la estabilidad regional y mundial. El problema con Israel es que tiene su propia agenda, no depende necesariamente de lo que diga y haga Estados Unidos, y sigue expandiendo sus fronteras sin que nadie se atreva a ponerle freno en Cisjordania, Líbano y Siria.
La guerra parece haberse reconvertido. Lo que comenzó con una fase militar (sin resolución) parece haber entrado en una fase económica. Y ésta perjudica incluso a quienes impulsaron (y/o apoyaron) los bombardeos. La importancia del estrecho de Ormuz controlado por Irán deja en un segundo plano lo militar, salvo que Trump concrete su amenaza de borrar una civilización entera.
Uno de los problemas de Trump es su incapacidad de reconocer una derrota. Como buen experto en marketing siempre se “vende” triunfante, y si pierde, como lo fue en la elección de 2020, dice que no perdió y denuncia fraude. Al comenzar los ataques afirmó que su objetivo era derrocar al régimen iraní y ahora tiene que negociar con los iraníes el paso de buques por el estrecho de Ormuz, algo que –obviamente- no estaba en sus planes. Si lo logra en buenos términos dirá que ha triunfado y que logró terminar la guerra. Si no, difícil predecir cuál será su plan de salida.
*Sociólogo y periodista argentino