David Brooks

En cada discurso ante la “comunidad internacional”, nos informaron de diversas maneras que todo está peor que nunca. El secretario general, António Guterres, resumió el desafío: “nuestro futuro común dependerá de cuán capaz sea la humanidad de gobernar el poder con discernimiento, defendiendo el derecho antes de que la impunidad se convierta en la norma, poniendo fin a las guerras antes de que éstas acaben con generaciones enteras, combatiendo la desigualdad antes de que las sociedades se fracturen, acelerando la acción climática antes de que se traspasen los puntos de inflexión y gobernando la inteligencia artificial antes de que ella nos gobierne a nosotros”.
Nada de esto es nuevo, pero lo que más asombra es que después de que casi todos (los negacionistas de la derecha rehúsan aceptar estas realidades) nos informaron que estamos al borde del fin de todo, todos se fueron a cenar.
Casi nadie en el evento mundial se atrevió a exigir acciones concretas aquí y ahorita para salvar el futuro. Elaboraron algunas resoluciones, foros y declaraciones, e invitaciones a acciones algo ambiguas. Los mandatarios derechistas infantiles sólo se limitaron a manifestar su reprobación a la ONU y ofrecieron su visión basada en el “egoísmo, ignorancia y la crueldad” (como lo resumió el presidente español) a nombre de hacer sus países “grandes otra vez”.
La obsesión con el actual apocalipsis ya lleva tiempo. Antes de este gran concurso retórico mundial, se difundió el informe científico más reciente de la ONU en el que afirma que el mundo está por superar el tope de 1.5 grados que provocará daños irreversibles al planeta; algunos técnicos y hasta los empresarios de las empresas de inteligencia artificial advirtieron que su Frankenstein podría llevar al fin de la humanidad en pocos años y, en un nuevo libro, las críticas izquierdistas Naomi Klein y Astra Taylor nos informan que los “tecnofascistas” tienen la intención de provocar el fin de este mundo si no se actúa para evitarlo.
Ni un solo gobierno se atrevió a convocar un ya basta ante la ONU, con muchos dedicándose a ofrecer palabras varias de apoyo a los principios de no intervención, resolución pacífica de los conflictos, el multilateralismo y compromiso con portarse mejor ante la crisis climática. Muchos fueron a reunirse con ejecutivos financieros e inversionistas en esta capital del capital, donde por supuesto no les preguntaron sobre su complicidad con las amenazas existenciales.
Nadie arrestó al acusado de genocida dentro de la ONU, nadie pidió que el mayor superpoder fuera suspendido por violar la Carta de la ONU con sus guerras, asesinatos extrajudiciales o amenazas de aniquilación, ni que soltara a los niños que tiene enjaulados que llegaron de varios de sus países. Parece que nada de eso sería aceptable dentro del protocolo diplomático. Además, algunos tenían reservaciones para ir a cenar.
Pareciera que con contadas excepciones, los mandatarios y líderes del mundo reunidos aquí han aceptado la invitación a la última cena.
Pero afuera de las cuevas de las cúpulas, miles, sobre todo jóvenes palestinos y judíos, se manifestaron contra Netanyahu y ayudaron a que su viaje de días se redujera a un “comes y te vas”, que no cesan las acciones de defensa ambiental en todos los rincones del mundo, de que la inteligencia natural denuncia y provoca respuesta ante un Hal (supercomputadora de la película 2001, Una odisea del espacio, de Kubrick), de que hay resistencia a medidas antidemocráticas en diversos países, incluyendo este supuesto “faro de la democracia”, y de que hay nuevas expresiones democratizadoras tanto en el frente electoral como en la lucha contra la desigualdad y el uno por ciento.
Tal vez algunos aliados dentro de la ONU deberían salir a las calles a sumarse con estas expresiones aquí y en sus países. Son aquellos los que siguen invitando al primer desayuno de un mundo diferente.
*Periodista estadounidense, corresponsal de La Jornada de México en EEUU