Estados Unidos y el Islam: aliados, enemigos y conveniencias
Pedro Brieger
La guerra que enfrenta a los Estados Unidos y la República Islámica de Irán no comenzó con los ataques israelíes y norteamericanos en febrero de este año sino el 1 de abril de 1979. Ese día, Ruholá Musaví Jomeiní proclamó oficialmente el nacimiento de la República Islámica de Irán, después de que el 30 y 31 de marzo se realizara un referéndum en el que una amplia mayoría votó por establecerla. Jomeiní había regresado al país en febrero luego de 14 años en el exilio como la figura más popular en la lucha contra el sha Reza Pahlevi quien había huido el 16 de enero a raíz de las gigantescas movilizaciones populares en su contra.

Para esa época el islam estaba lejos de ser el enemigo número uno de occidente porque todavía existía la Unión Soviética. En todo caso, la demonización estaba focalizada en los árabes, responsables del drástico aumento del petróleo en 1973. Las caricaturas estigmatizantes en los medios de comunicación -en ese momento- solían mostrar despectivamente a un jeque obeso con túnica tradicional, una kefía y cubierto de joyas. Después de 1979 las caricaturas mutaron a alguien con barba larga y turbante, a imagen y semejanza de Jomeiní y otros líderes musulmanes. Ya Ariel Dorfman y Armand Mattelart nos habían enseñado en su famoso libro “Cómo leer al Pato Donald” la manera de utilizar las caricaturas para estigmatizar a cubanos y vietnamitas. La historia se repetía y se repite.
La relación con el islam y los movimientos islámicos de las principales potencias occidentales (Estados Unidos, Francia e Inglaterra) involucradas en la región ha variado constantemente en el siglo XX. Guiados por sus intereses les brindan apoyo político y financiero o los denuncian como «fundamentalistas y retrógrados». Antes de 1979, e incluso durante unos años después, muchos movimientos islámicos liderados por “fanaticos de barba larga y turbante” continuaron siendo aliados de los Estados Unidos en su lucha contra los soviéticos y al nacionalismo árabe.
En la década de 1950 Estados Unidos apoyó los esfuerzos del rey saudí de convertir al Islam en un instrumento de combate contra el nacionalismo árabe radical liderado por el egipcio Gamal Abdel Nasser. Respaldada por las fabulosas ganancias del petróleo la monarquía saudita construyó por el mundo entero centros religiosos y mezquitas, y financió (y aún financia) organizaciones político-religiosas. En occidente, salvo en algunos círculos políticos o intelectuales, el régimen saudí no es muy cuestionado porque abastece de petróleo a Estados Unidos y le permite utilizar su territorio como base para sus operaciones militares.
En 1970 Anuar al-Sadat asumió la presidencia de Egipto después del fallecimiento de Nasser. Sadat, quien rápidamente sepultó las ideas nacionalistas de su predecesor, tuvo que hacer frente a corrientes opositoras en los más altos estratos del régimen y a los estudiantes nasseristas y marxistas en las universidades. Para contrarrestarlas liberó a miles de prisioneros políticos, entre ellos a los principales referentes de los Hermanos Musulmanes, que estaban en la cárcel acusados de complotar contra el gobierno de Nasser en los años cincuenta y sesenta. Y en 1971 la constitución reafirmó al islam como religión de Estado y que los principios de la sharía -o ley islámica- fueran una fuente de legislación. Ocho años antes de la revolución iraní!
Tal vez el caso más contradictorio de apoyo occidental a los movimientos islámicos se produjo en Afganistán en el ocaso de la Guerra Fría. Afganistán es un país que no pertenece al mundo árabe, de mayoría sunnita (84%) y una pequeña minoría shiíta (15%). Aún antes de la
intervención soviética de diciembre de 1979 el Departamento de Estado norteamericano le había brindado su apoyo político y económico a los insurgentes islámicos que combatían al régimen prosoviético de Kabul. También se sumó a los esfuerzos de Arabia Saudí y Pakistán de reclutar miles de combatientes de todo el mundo islámico para que fueran a luchar contra el invasor soviético.
Todavía se recuerda que Ronald Reagan en 1988 los definió como “combatientes por la libertad”. La ayuda brindada a la resistencia islámica fue un arma de doble filo. Primero sirvió para luchar contra los soviéticos. Una vez finalizada la guerra contra el «enemigo comunista», se desarrolló con fuerza el fenómeno de Al Qaeda liderado por Osama Bin Laden que decidió que había que luchar contra Estados Unidos.

Al Qaeda nunca se propuso organizar a la población de un país para tomar el poder y por eso ni siquiera se construyó como un partido político. Bin Laden era saudí y se instaló en Afganistán para combatir a los soviéticos primero y a los estadounidenses más tarde. Por eso en 2011 Al Qaeda fue marginal en las revueltas árabes ya que no eran contra Estados Unidos, sino locales y pacíficas. Con el asesinato de Bin Laden y sus principales referentes, el movimiento fue languideciendo. La ambivalencia de Estados Unidos se puede ver también con las diferentes ramas del llamado Estado Islámico (DAESH por su sigla en árabe, ISIS en inglés). Mientras en algunos lugares la Casa Blanca los combate, en otros le son instrumentales.
Para la misma época el gobierno israelí alentó el desarrollo de los Hermanos Musulmanes que era el principal movimiento islámico en Cisjordania y Gaza. Lo hizo para contrarrestar a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) que combatía la ocupación de esos territorios. Lejos estaban de imaginar en Tel Aviv que en 1987 nacería el Movimiento de Resistencia Islámico (Hamás) para sumarse a la lucha contra la ocupación y se convertiría en su principal enemigo.
La gran diferencia entre los movimientos islámicos afines a Teherán y los demás -estén o no vinculados a un país- es que no son manipulables por Estados Unidos. Por eso acabar con el régimen iraní es una prioridad para Washington.
*Sociólogo y periodista argentino