Por qué ganó Nikol Pashinian en Armenia
Recrudecimiento del autoritarismo, oposición fragmentada y sin ideas
Diario Armenia
Nikol Pashinian ganó las elecciones parlamentarias de Armenia con el partido Contrato Civil en los comicios realizados el 7 de junio, en una votación marcada por denuncias de irregularidades, detenciones de opositores, presión externa de Rusia y una oposición fragmentada que no logró presentar una alternativa clara frente a la promesa oficialista de paz, estabilidad económica e integración regional.
La primera conclusión es que las elecciones tuvieron irregularidades, pero no hay elementos suficientes para afirmar que constituyeron un fraude electoral. Hubo denuncias de sobornos, compra de votos, presiones, uso de recursos administrativos y problemas en distintos colegios electorales. Sin embargo, la diferencia final a favor de Contrato Civil fue amplia y la tendencia se volvió irreversible con el avance del recuento.
Eso no elimina el problema político de fondo. Durante la campaña, el gobierno de Pashinian respondió a las denuncias de compra de votos con una política penal agresiva, que incluyó detenciones preventivas, arrestos domiciliarios y causas contra militantes, dirigentes y hasta candidatos opositores.
El caso más relevante fue Armenia Fuerte, encabezada por Samvel Karapetian, que llegó a la elección con su principal figura bajo arresto domiciliario y con seis candidatos detenidos el día anterior a la votación. Visto en perspectiva, todo ello parece reflejar la preocupación del oficialismo frente a una elección que percibía más competitiva de lo que luego mostrarían los resultados.
La ofensiva judicial también alcanzó a figuras incipientes que habían intentado construir una alternativa política al oficialismo. Karapetian, desde Armenia Fuerte, y el arzobispo Bagrat Galstanian, desde el Movimiento Tavush por la Patria, fueron dos expresiones distintas de ese intento. Ambos quedaron limitados por procesos judiciales que sus sectores denunciaron como persecución política. A eso se sumaron causas contra partidarios y militantes, muchas de ellas presentadas por las autoridades como investigaciones por llamados al derrocamiento del gobierno, aunque fueron realmente críticas políticas a Pashinian.
Ese clima generó un efecto de censura previa. En Armenia, muchas figuras políticas, comunitarias o públicas entendieron que cualquier confrontación directa con el primer ministro podía derivar en consecuencias judiciales. Las figuras políticas tuvieron que dedicar su tiempo en resolver las cuestiones judiciales en vez de preparar sus campañas. La elección se desarrolló así en un marco donde la competencia existió, pero no todos los actores participaron en igualdad de condiciones. La diferencia final fue amplia pero cuesta encontrar antecedentes de una campaña en la que el oficialismo haya utilizado tantos recursos comunicacionales y judiciales para enfrentarse con sus críticos.
Pashinyan mostró en esta última etapa de gobierno un ejercicio cada vez más duro del poder. Su discurso contra la oposición, sus amenazas contra Robert Kocharian, Samvel Karapetian y Gagik Tsarukian, y el uso del aparato estatal en plena campaña mostraron rasgos autoritarios y profundamente problemáticos para una democracia. Sin embargo, esa dureza no necesariamente le restó apoyo. Para una parte importante del electorado, lo que desde afuera puede verse como un deterioro democrático fue interpretado como capacidad de decisión, firmeza y voluntad de enfrentar a las viejas élites.
Esa es una de las claves del resultado. Pashinian logró presentarse como un dirigente dispuesto a tomar decisiones duras en un país agotado por la guerra, la emigración, la dependencia de Rusia y la incertidumbre económica. Sus formas confrontativas, incluso cuando incluyeron maltratos públicos o discusiones con ciudadanos o desplazados de Artsaj (Nagorno Karabaj), no lo debilitaron. En muchos casos reforzaron la imagen de un líder que no retrocede y que defiende sus convicciones sin cálculo diplomático.
La oposición denunció en reiteradas oportunidades el uso de fondos públicos y recursos estatales para favorecer al oficialismo. También señaló una diferencia visible en la logística de campaña, en los actos, en la publicidad y en el despliegue territorial. Contrato Civil fue la fuerza con mayor presencia publicitaria, aunque no quedó completamente claro cómo se financió ese nivel de exposición. En paralelo, investigaciones periodísticas recientes señalaron donaciones coordinadas de directores de hospitales y centros médicos al partido gobernante.
Otro factor central fue la comunicación. Pashinyan utiliza sus redes personales, especialmente Facebook, no solo como herramienta partidaria sino también como canal institucional de gobierno. Durante años, esa práctica mezcló comunicación estatal, propaganda política y construcción de liderazgo personal. Su cuenta creció hasta superar ampliamente a las de sus principales rivales: mientras Pashinian acumuló una audiencia de más de un millón de seguidores, Samvel Karapetian y Robert Kocharian quedaron muy por debajo en alcance digital.
El estilo de Pashinian en redes también tuvo un peso propio. Sus videos informales, muchas veces improvisados, con un tono poco profesional o incluso incómodo, generaron altos niveles de interacción. Ese contenido, que en otro contexto podría ser visto como una debilidad, funcionó como un mecanismo de cercanía y repetición permanente. Mientras la oposición comunicó con estructuras más tradicionales, Pashinian instaló mensajes todos los días, en primera persona y con llegada directa.
La presión rusa también jugó a favor del oficialismo. Las señales de Moscú, las amenazas económicas, la posibilidad de aumentos en el precio del gas y las referencias indirectas de Vladimir Putin a Samvel Karapetian ayudaron a Pashinian a ordenar el escenario bajo una lógica simple: Armenia frente a una potencia externa que intenta decirle qué hacer. En una sociedad con una memoria reciente de abandono ruso durante la guerra de Artsaj, ese factor tuvo un efecto de cohesión.
En sentido inverso, el oficialismo también recibió un respaldo político y económico visible de Europa, especialmente de Francia. La Unión Europea buscó sostener el giro occidental de Armenia con asistencia financiera, apoyo diplomático y cooperación frente a la presión rusa, mientras París se convirtió en uno de los principales defensores europeos del gobierno armenio. Emmanuel Macron mantuvo una relación política directa con Pashinian y Francia reforzó su lugar como socio estratégico de Ereván en seguridad, diplomacia y proyección internacional. Ese respaldo no explica por sí solo el resultado, pero ayudó a presentar al oficialismo como la opción con mayor capacidad de conseguir apoyo externo, inversiones y protección política frente al aislamiento regional.
Pashinian también construyó durante la campaña una sensación de “partido ganado”. Difundió encuestas que lo mostraban como amplio favorito, aun cuando algunas tenían muestras pequeñas o márgenes discutibles. Esa estrategia buscó instalar la idea de inevitabilidad: si Contrato Civil iba a ganar, muchos votantes podían optar por acompañar al ganador, y parte de la oposición quedaba obligada a discutir no solo contra Pashinian sino contra la percepción de que el resultado ya estaba definido.
Esa lógica llegó a su punto máximo la noche electoral, cuando Pashinian se autoproclamó ganador con apenas una parte menor del escrutinio oficial. La oposición salió a cuestionarlo con dureza y habló de presión sobre la Comisión Electoral Central. Sin embargo, con el avance del recuento, la tendencia terminó confirmándose.
Esa secuencia dañó a la oposición: denunció una maniobra real y prematura, pero el resultado final dejó otra vez a Pashinian en el lugar del dirigente que se muestra sobrado, se adelanta a los hechos y finalmente consigue imponer su relato. Cuando anunció su victoria, lo hizo con un porcentaje mucho mayor al 50%, distinto al 49,85% final, que no da esa sensación de «la mitad más uno» que daba el porcentaje provisorio.
La fragmentación opositora fue decisiva. Si los partidos chicos que quedaron fuera del Parlamento hubieran competido unidos, habrían sumado cerca del 13% de los votos y se habrían convertido en la tercera fuerza nacional, por encima de la Alianza Armenia de Robert Kocharian. En ese escenario, Contrato Civil no habría alcanzado los 61 escaños que obtuvo y Pashinian habría quedado al borde de perder la mayoría simple, con una Asamblea mucho más ajustada y una capacidad de gobierno bastante más limitada.
De hecho, podría haber perdido la reelección si uno o dos diputados de Contrato Civil lo «traicionaban». La dispersión de esos votos terminó favoreciendo al oficialismo: al no superar el umbral, quedaron fuera del reparto y elevaron artificialmente el peso parlamentario de las fuerzas que sí ingresaron.
La oposición tampoco logró despegarse de la etiqueta que Pashinian le impuso durante toda la campaña: “los partidos de la guerra”. El oficialismo presentó a sus rivales como representantes del pasado, de la dependencia rusa, de los viejos clanes y de una política que condujo a Armenia a la derrota. Frente a eso, la oposición no consiguió comunicar un plan claro que combinara paz con Azerbaiyán, defensa de los intereses nacionales y una alternativa económica concreta.
Robert Kocharian y la Alianza Armenia, integrada entre otros espacios por la Federación Revolucionaria Armenia (FRA-Tashnagtsutiún) fueron el ejemplo más claro de esa dificultad. Su campaña se concentró demasiado en defender su propio gobierno y su gestión pasada. Tiene un piso electoral consolidado, porque conserva un núcleo de votantes leales, pero también tiene un techo muy bajo por la mala consideración que mantiene en amplios sectores de Armenia. Para muchos votantes, Kocharian no representó futuro sino el pasado.
Karapetyan intentó ocupar el lugar de una novedad política, con más capacidad económica, menos desgaste electoral y un discurso de reconstrucción. Pero su asociación con Rusia, su situación judicial y la falta de tiempo para consolidar una estructura nacional limitaron su potencial. Galstanian y el Movimiento Tavush habían logrado instalar una protesta con contenido identitario y religioso, pero tampoco pudieron transformarse en una alternativa de gobierno al ser desactivados rápidamente por Pashinian encarcelando a su líder.
En contraste, Pashinyan caminó entre la gente. Sus recorridas, discusiones y videos en contacto directo con ciudadanos le permitieron mostrar presencia territorial. No siempre lo hizo con buenas formas, pero sí con una exposición constante. En la política armenia actual, esa visibilidad tuvo más peso que la moderación.
También hay una explicación estructural. Las elecciones en Armenia se deciden con un padrón relativamente pequeño y con una participación que, aunque alta para esta elección, implica poco menos de un millón y medio de votantes. En ese contexto, la organización territorial, el control del aparato estatal, la movilización del electorado propio y la percepción de quién tiene más chances de ganar se vuelven factores determinantes. Desde la independencia, los oficialismos tuvieron ventaja en muchas elecciones justamente por esa capacidad de
ordenamiento.
El triunfo de Pashinian no se explica solo por el aparato, la presión sobre opositores o la comunicación. También se explica por una propuesta sencilla y previsible: aceptar buena parte del marco regional impuesto por Turquía y Azerbaiyán a cambio de paz, apertura de rutas, integración económica y fin de la guerra permanente. Es una hoja de ruta discutible, dolorosa para muchos armenios y cuestionada por sectores que la ven como una cadena de concesiones. Pero fue una hoja de ruta clara.
La oposición no ofreció una alternativa igual de comprensible. Criticó las concesiones, denunció la persecución y cuestionó la política exterior del gobierno, pero no logró responder de manera convincente qué haría con Azerbaiyán, cómo evitaría una nueva guerra, cómo sostendría la economía y qué relación concreta propondría con Rusia, Occidente, Turquía e Irán.
En ese punto estuvo el núcleo de la elección. La sociedad armenia votó después de años de derrota, crisis, bloqueo, limpieza étnica de la República de Artsaj (Nagorno Karabaj), incertidumbre y emigración. Para una parte importante del electorado, la prioridad no fue castigar a Pashinyan por sus errores o sus rasgos autoritarios, sino elegir una posibilidad de estabilidad. La economía y la expectativa de terminar con la guerra permanente pesaron más que las denuncias de abuso de poder.
La oposición no desapareció del mapa político armenio. Armenia Fuerte y la Alianza Armenia obtuvieron y conservaron bancas parlamentarias, lo que garantiza que los cuestionamientos y diferencias seguirán presentes en la vida política del país. Pashinian ganó porque leyó mejor que sus rivales el cansancio de la sociedad armenia. Ofreció un camino concreto. La oposición denunció muchos de los problemas reales del proceso, pero no logró convertir esas denuncias en una alternativa de poder. En esa diferencia se definió la elección.