Trump no sólo pierde la guerra, sino la empatía y quizá hasta el juicio

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Aram Aharonian

¿Cómo se pone fin a una guerra que, al inicio de las operaciones, se suponía que terminaría en una semana? ¿Cómo se declara el fin de una guerra en la que la victoria se ha proclamado en repetidas ocasiones?, se preguntan los analistas internacionales. El fin de una civilización, anunciado por Trump, es otra contradicción: Estados Unidos gana la guerra, pero Irán no es derrotado. Trump anuncia una victoria pírrica, y los ayatolás siguen gobernando. 

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al secretario de Defensa Pete Hegseth, habla sobre el conflicto en Irán en la sala de prensa James S. Brady de la Casa Blanca el 6 de abril de 2026, en Washington, D.C.
El dedito amedrentador de Donald Trump, junto al secretario de Defensa Pete Hegseth

El problema mayor no es que Donald Trump perdiera la guerra. Según la revista SERA (y muchos otros), ya había perdido el juicio, después que la empatía y la sensibilidad humana. Se embarcó en una guerra sin sentido contra Irán y salió derrotado. Irán fue masacrado, parte de su liderazgo fue asesinado, miles de ciudadanos fueron asesinados y una parte de su infraestructura y arsenales militares fueron destruidos. SERA señala que por suerte, también carece de inteligencia (contaminada por el narcisismo) y, con su arrogancia característica, empieza a disparar su ametralladora giratoria sin rumbo ni propósito.

En geopolítica, el fracaso de Trump agrava aún más el aislamiento de Estados Unidos. Europa ya no confía en la alianza con Washington y comienza a buscar su propio camino hacia la defensa y nuevas alianzas económicas y diplomáticas. «Esta guerra no es nuestra», declaró el ministro de Asuntos Exteriores alemán, resumiendo la declaración de independencia europea ante la guerra estadounidense-israelí en el Golfo. 

A pesar de que la prensa trasnacional trata de maquillar la realidad Trump perdió la guerra y está perdiendo el rumbo en poco más de un año en el cargo. Exalta el poder militar y aumenta la agresividad estadounidense, llevando al país al aislamiento, a la pérdida de su liderazgo global y a la destrucción de su imagen como nación democrática y socio confiable. Si dependiera de Trump, el «imperio estadounidense» se hundirá en el lodo de su propia arrogancia: eso sería beneficioso para la paz mundial.

El resultado de la guerra es un autoengaño: los estadounidenses dicen salir victoriosos. Pero los iraníes no son derrotados. El fin de una civilización, en el discurso melodramático de Donald Trump, forma parte de una retorcida narrativa que –como es habitual- poco tiene que ver con la realidad, pero en definitiva es la “realidad” que quieren escuchar , que quieren imponer los estadounidenses. Pero a pesar de Trump y el genocida Benjamín Netanyahu, Irán, como nación y como proyecto de poder civilizatorio, perdurará.

Dado su desastroso historial, su prepotencia, la agresión permanente e los migrantes, los delirios de apropiación de los países y de sus riquezas, la oposición política a su arrogante presidente está creciendo en Estados Unidos. Tras la movilización de aproximadamente ocho millones de personas en casi todas las ciudades grandes y medianas del país —las protestas No Kings—, los líderes del Partido Demócrata están empezando a reaccionar, y ya circulan en el Congreso peticiones de destitución contra el presidente.  Pero no hay que hacerse demasiadas ilusiones.

Incluso, los usuarios de las redes sociales temieron el 7 de abril que Donald Trump iniciara la Tercera Guerra Mundial y/o una guerra nuclear tras su desquiciada publicación en Truth Social en la que afirmaba que «toda una civilización morirá esta noche».

No Kings: millones de estadounidenses congtra sus políticas

El narcicista Trump sigue proclamando la victoria, a pesar de haber logrado únicamente la destrucción parcial del arsenal de misiles iraní, pero a un costo enorme en términos materiales, humanos, diplomáticos y políticos, incluyendo un daño interno significativo en Estados Unidos. Los pequeños y ricos países del Golfo Pérsico han descubierto que no pueden contar con Washington para su protección ante una posible agresión externa. China y Rusia simplemente observan y cosecharán las consecuencias de las aventuras de Trump.

Irán emergió victorioso, resistió la maquinaria de guerra más poderosa del planeta y continúa siendo gobernado por la teocracia de los ayatolás, contrariamente a lo que afirman Trump y Netanyahu. En el acuerdo de alto el fuego provisional, Teherán accedió a reabrir el estrecho de Ormuz, pero mantuvo la «soberanía iraní sobre la ruta», una prerrogativa que no tenía antes de la agresión trumpista.  Ahora Trump quiere bloquearlo.

Irán también insinuó que podría imponer un peaje como compensación por la destrucción del país, dado que los diez puntos del acuerdo de paz contemplan el pago de reparaciones por los daños de guerra. Asimismo, incluye el levantamiento de todas las sanciones (primarias y secundarias) y el desbloqueo de los activos iraníes en el extranjero. El acuerdo provisional reconoce el derecho de Irán a enriquecer uranio (disputado por Israel), e Irán se comprometió –nuevamente- a no producir una bomba atómica

El líder demócrata en la estadounidense Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries, señaló: «Está completamente desequilibrado», obviamente refiriéndose al mandatario. Incluso entre los republicanos y sus aliados, se alzan voces de protesta e indignación contra su violencia y su retórica agresiva e irrespetuosa, con la que promete devastar Irán y «eliminar una civilización entera». Destruye centrales eléctricas, carreteras, puentes, ferrocarriles y plantas desalinizadoras. 

 Diputados y senadores republicanos advirtieron que Trump podría cometer genocidio y crímenes de guerra si ataca la infraestructura civil de Irán. En uno de los ataques más duros contra el presidente, la comentarista política y partidaria de Trump, Candace Owens, lo calificó de «lunático genocida» y pidió la intervención del Congreso y las Fuerzas Armadas.

Lo peor es que en América Latina hay muchos que quieren imitar a Trump. Claro, no al derrotado, sino al que se llevaba los países por delante, saqueándolos violentamente, siempre en el sacrosanto nombre de la democracia y la “civilización” occidental y cristiana.

*Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)