¿La política se juega en las redes o en las calles?

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Pedro Brieger

Las recientes gigantescas movilizaciones en la Argentina (en reuerdo al golpe de Estado de 1976 y los miles de desaparecios, el 24/3) y Estados Unidos (No Kings, contra Trump, el 28/3) demuestran que las calles siguen siendo esenciales para la política. El discurso que las desprecia y resalta lo individual por sobre lo colectivo, fomentado por gobiernos neoliberales y medios de comunicación afines, es parte de una batalla cultural y política.  

Con la proliferación de las tecnologías digitales se suele afirmar que la política se trasladó de las calles a la comodidad individual de los hogares.  Esto es parcialmente cierto y le vino muy bien a aquellos sectores (especialmente conservadores y de derecha) que suelen despreciar las movilizaciones masivas.  En nombre de un supuesto mundo nuevo y moderno sostienen que las protestas no cambian nada, que provocan caos, que son minoritarias y que generan rechazo social porque la mayoría quiere “orden”. 

Los grandes medios de comunicación del establishment suelen amplificar estos argumentos: subrayan que las movilizaciones son ineficaces, enfatizan las molestias que ocasionan, sostienen que la calle perdió la centralidad política que tenía en otros tiempos y que la democracia se ejerce solo a través de las instituciones.

En la era de la comunicación digital pareciera que lo individual es mucho más importante que lo colectivo.  Es cierto que una persona conectada horas y horas a un dispositivo puede parecer encerrada en su individualismo.  No es menos cierto que se forman microclimas donde se cree que todo ocurre en Twitter, Facebook, Instagram o TikTok entre tantas otras plataformas de redes sociales que pueden llegar a millones de personas de manera instantánea.  

El panorama es un poco más complejo.  Existe una relación dialéctica entre los diversos mundos digitales y las movilizaciones populares, con una  retroalimentación continua entre ambos.

Veamos algunos casos      

En 1994 los zapatistas en Chiapas, México, revolucionaron la política cuando de manera planificada conformaron una red transnacional de solidaridad que el gobierno no supo cómo enfrentar.  Se crearon múltiples páginas, listas de mails y se implementaron tácticas concretas de activismo electrónico.  El ciberespacio era todavía un territorio casi inexplorado en la política y los zapatistas se lo apropiaron. 

El gobierno, desconcertado, reaccionó como si fuera otro movimiento guerrillero de los tantos que se habían desarrollado en México.  Por eso estuvo meses obsesionado con descubrir la irrelevante identidad de Marcos, sin comprender la importancia del pasamontaña como símbolo, ni que las llamadas “nuevas tecnologías” acompañaban un movimiento territorial.

El jueves 11 de marzo de 2004 hubo un atentado terrorista en la estación de trenes de Atocha en Madrid tres días antes de unas elecciones donde el Partido Popular del presidente José María Aznar encabezaba las encuestas.  Aznar quiso capitalizarlo y responsabilizó a ETA sin ninguna prueba.  Los mensajes de texto (SMS) ya eran de uso cotidiano y comenzó una campaña de envíos masivos que ponía en duda la versión oficial con la frase “nos mienten”.  El gobierno efectivamente mentía.  Dos días después del atentado hubo manifestaciones frente a la sede del Partido Popular que seguramente incidieron en la derrota de su candidato, Mariano Rajoy..

En 2010-2011, Twitter, Facebook y YouTube fueron fundamentales en Túnez para canalizar la indignación popular tras el suicidio “a lo bonzo” de un vendedor ambulante.  Pero para derrocar al presidente Ben Alí no alcanzó con las redes.  Fueron las manifestaciones masivas las que provocaron su caída y exilio.  Para la misma época estalló la revuelta en Egipto contra el presidente Mubarak. 

Lo interesante en este caso es que la batalla política se centró en la captura física de la céntrica plaza Tahrir de la capital El Cairo.  La policía reprimía violentamente, vaciaba la plaza y parecía haber ganado.  Al día siguiente de cada represión que dejaba decenas de muertos las manifestaciones eran más numerosas.  Las redes sociales contribuyeron a que se conociera la represión que expulsaba a los manifestantes y contribuía a que regresaran una y otra vez a la emblemática plaza. 

El movimiento Black Lives Matter (BLM) fue creado en 2013 por tres activistas que acuñaron el término y comenzaron a usarlo en las redes sociales con el hashtag #BlackLivesMatter para rechazar el racismo en Estados Unidos.  Luego de varios asesinatos de afroestadounidenses la consigna tomó cuerpo y se hizo muy conocida. 

La viralización de las imágenes del policía arrodillado sobre el cuello de George Floyd en 2020 impulsó la transformación de la consigna en un movimiento de protesta masivo, con convocatorias en más de 2000 ciudades.  En este caso surgió de un hashtag (#), se viralizó con un video, y desembocó en. grandes movilizaciones sin las cuales, probablemente, la consigna no hubiera tenido el mismo efecto político.

How George Floyd Was Killed in Police Custody - The New York TimesLas diversas expresiones de las redes sociales pueden ser muy intensas y expandirse. La famosa expresión de Mao, “una chispa puede incendiar la pradera”, se adapta perfectamente a las llamadas “nuevas tecnologías” por su capacidad multiplicadora.  La indignación ante un hecho social puede diseminarse de manera infinita y desde el teléfono cualquier persona puede compartirla.  En las redes cada persona decide cómo afirmar una identidad política y su participación, sin responder al llamado de ninguna formación partidaria.

A su vez, en las grandes movilizaciones existe el contacto físico, el abrazo con amigas y amigos que también participan, y la intensidad de la experiencia compartida. Encontrarse en las calles con personas que piensan como uno genera un impulso colectivo que se traslada a las redes y potencia, dialécticamente, las próximas convocatorias presenciales.

Todos los gobiernos son conscientes del efecto multiplicador de las redes sociales y que pueden instalar un tema en agenda.  Sin embargo, saben que las calles con su vibra contagiosa, tienen una potencia política imposible de superar solo con las redes sociales.  

Las recientes movilizaciones en Estados Unidos y la Argentina así lo demuestran.

*Sociólogo y periodista argentino